Dragón 12 #3
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12 #3

Alarico dedicó una última y lastimera mirada al pomo de la scrama , y exhaló un suspiro. ¿Que quién era Modario? Él apenas lo sabía...

Cerró los ojos con fuerza y trató de recordar su infancia entre los suyos.

Se acordó entonces de cuando su padre fue enviado con el ejército que debía enfrentarse a los hunos, la batalla que había originado todas las desgracias posteriores.

Él estaba jugando con el caballo de su padre cuando éste recibió la orden de partir hacia el este.

Gundebaldo lo había hecho bajarse del semental, pues Hilda parecía nerviosa, pero pronto se habían olvidado de él.

Recordó la angustia que se había apoderado de la voz siempre dulce de su madre, la respuesta cortante de su padre y la huida poco después, él, su madre y sus hermanos, junto con los dos mejores amigos de su progenitor, hacia los bosques cercanos al río.

Su padre había partido y, durante semanas, su madre había creído que no regresaría de allí con vida.

No temía a Balamir ni a la salvaje horda que lo seguía, sino al hombre que comandaba su propio ejército, el favorito del juez Atanarico: Modario. Sí, tenía que ser él.

–Mi padre era Gundebaldo, el balto, y por sus venas corría la más pura de las sangres de las tribus godas, compartida con el juez de nuestro pueblo, el traidor Atanarico, que abandonó a los suyos en cuanto los hunos asomaron por el horizonte.

Arsaces resopló, divertido, pero Goar no se tomó la historia como si fuera una chanza. Los hunos, otra vez aquellos demonios llegados desde naciente... El muchacho, él y otros tantos estaban allí, de una manera o de otra, por la aparición de esos salvajes.

–¿Y por qué iba a querer Modario acabar con vosotros, si sois familia de su señor?

Según terminaba la frase, Goar fue consciente de la respuesta.

–Porque sabía que mi padre podía ocupar el lugar de Atanarico cuando éste faltara. La sangre de los baltos es sagrada para los nuestros, y serían muchos los que lo seguirían llegado el momento.

–Has pescado un buen besugo –apuntó Arsaces, hincándole el codo en las costillas al alano.

Goar guardó silencio. Habían arrancado de las garras de Modario, sin saberlo, un importante rehén.

Un joven que, llegado el momento, podría reunir a los suyos bajo su mando.

Si conseguían que lo hiciera para favorecer los intereses de Roma, habrían ganado algo más que una simple batalla.

Sonrió para sí mismo. Empezaba a pensar que pasaba demasiado tiempo junto a Estilicón y sus intrigas y poco junto a Arsaces y sus rudos armenios.

* * *

Marzo del 380. Fortaleza de Kelemantia

–¡Arriba! ¡Arriba! –Una voz cargada de nerviosismo se apoderaba del barracón.

Esa noche, a Malvar le había costado conciliar el sueño. El frío había hecho presa de sus pies, y había estado hasta muy tarde mirando hacia el techo, con la esperanza de que el aburrimiento lo venciera. Sin mucho éxito.

Abrió un ojo, pensando en que tal vez aquellas voces sólo eran parte del sueño tardío en el que se había sumido, pero enseguida vio que sus compañeros corrían en todas direcciones.

Alarmado, se incorporó, sin recordar que una de las vigas que atravesaban el techo de un lado al otro de la estancia se encontraba muy cerca de su cabeza.

–¡Mierda, joder! –exclamó, dolorido al golpearse, tal y como había aprendido a blasfemar en los peores garitos de Brigetio.

–Arriba, arriba... ¡Nos atacan! –volvió a escuchar.

Sacudió la cabeza, un poco aturdido. Un chichón de considerables dimensiones comenzaba a salirle en la frente, y golpeó la viga con el puño, furioso.

–¡Levántate de una jodida vez! ¡Vamos! –lo instó Fariban apareciendo a su lado.

El adusto alano no había conseguido atar los cierres de su armadura, y ésta colgaba sobre sus hombros como si se tratara de una pesada y ruidosa capa.

Esquivando, esa vez sí, la madera, Malvar se puso en pie y buscó a tientas su espada y su arco, aún sin encordar.

Cuando se disponía a recoger su armadura, los primeros burgundios y francos listos para el combate abrieron las puertas del barracón, y por ellas penetró el inconfundible vocerío de toda batalla.

Consciente de que no disponían de tiempo que perder, no tuvo más remedio que seguir a Fariban sin mayor protección que la ropa con la que se había metido la noche anterior en el catre.

Fuera, los charcos que, semana tras semana, mes tras mes, parecían apoderarse por completo del patio de armas, dejándolo impracticable, habían comenzado a teñirse con la sangre de los caídos.

Malvar miró los cuerpos tendidos sobre el pavimento, apenas media docena, pero no era momento de cavilaciones.

Sólo gracias al empujón que le propinó Fariban, y a que terminó dando con sus huesos sobre el gélido suelo, no murió ensartado por una larga flecha rematada con plumas de oca.

El dolor de la frente y de sus rodillas desolladas, el sueño, todo, cualquier sensación desapareció en ese mismo instante. Despertó, al fin, y rodó sobre el barro hasta quedar a cubierto tras una pared.