12 #2
El muchacho alzó el mentón, orgulloso, pero no se dignó a contestar.
Goar lo miró, serio. Se dio cuenta entonces de que de su tobillo izquierdo asomaba una argolla de metal.
El extremo de la cadena había sido enterrado profundamente en la tierra por medio de una estaca.
El alano comprendió rápidamente que el pequeño habría tratado de escapar también durante la noche y que Arsaces había decidido recurrir a aquella estratagema para asegurarse de que no lo conseguía.
Entonces, suavizó su semblante. Le gustaba aquel pequeño godo orgulloso.
–Yo soy Goar, muchacho, y nada debes temer de mí en adelante, si haces lo que te digo –le dijo, antes de volverse y quedar frente a la mujer, que se encontraba tumbada de lado, con la manta cubriéndolo del todo a excepción de la cabeza.
Si durante la noche le había sorprendido su apariencia, a la luz del sol la sorpresa fue aún mayor.
Su piel era oscura, aún más que la de los árabes que seguían a Víctor, pero las líneas de su rostro, aún surcado por el hollín, eran delicadas, en nada parecidas a las de aquellos temibles soldados del desierto.
Goar tragó saliva, pero la sequedad y el sabor a ceniza no desaparecieron.
Pensó que era incapaz de decidir si era hermosa o, simplemente, sus rasgos, demasiado exóticos, provocaban que no pudiera desviar la mirada.
Una esclava condenada a seguir siéndolo pese a que sus dueños hubieran perdido la vida.
Definitivamente, había cosas de los romanos que nunca entendería.
–Y tú, mujer, anoche dijiste que sabías cocinar y ocuparte de los animales, ¿es cierto? –Caris se incorporó con rapidez y ahogó un bostezo, avergonzada por haber sido capaz de dormir en aquellas circunstancias.
–Sí –respondió, aún ronca por el humo inhalado.
–¿Y qué es lo que sabes hacer? ¿Sabes ordeñarlos? ¿Hacer queso? –preguntó el guerrero, imaginando que era una de tantas campesinas.
–Sé sanarlos –respondió ella, tímida.
Goar abrió mucho los ojos. Aún estaba por verlo, pero, a su entender, todo aquel que fuera capaz de tratar con mimo y dedicación a los animales, principalmente a los caballos, tenía no sólo todo su respeto, sino también su admiración.
No había conocido a nadie que amara a los caballos y fuera un ser malvado.
Modario, sin ir más lejos, trataba a sus monturas con crueldad, como si fueran esclavos rebeldes.
En eso, por mucho que intentara evitarlo, seguía obedeciendo los dictados del pueblo de su madre.
–¿Dónde aprendiste eso? No es muy habitual que una mujer sepa sanar animales. –«Si no eres una sabia», pensó, pero se guardó de decirlo.
–Me enseñaron en Alejandría, y después continué aprendiendo en la villa de mi difunto señor, a varias jornadas de aquí.
Aquel nombre, tan exótico para Goar como el aspecto de la mujer, no le dijo nada.
Asintió, intrigado, y de inmediato sintió los ojos de Alarico fijos en algún punto a su espalda.
Se volvió, para descubrir la maciza figura de Arsaces caminando hacia ellos.
De su cinto aún pendía la scrama del chico, y era eso exactamente lo que perseguía la anhelante mirada del muchacho.
–¡Has sobrevivido a la noche! –exclamó el armenio, divertido.
Su barba, negra como el carbón, rizada y frondosa, se veía cubierta de hierba por doquier por haber dormido al raso.
Hizo un gesto con la mano, y al momento sus compañeros se levantaron y se marcharon a descansar, agradecidos.
Quedó él solo con el muchacho y la mujer–.
El tribuno me envía para asegurarse de que no te habían rebanado el cuello...
Al reparar en el ceño fruncido del chico, por primera vez Goar pareció comprender el lío en el que él sólo había decidido meterse, y no sólo por tomarlo a su cargo.
–¿Ha regresado Modario? –preguntó, aunque conocía la respuesta.
–¡Vaya que si ha regresado! Ha ido directo a la tienda del tribuno, y hablaba tan rápido que sus palabras se atropellaban unas con otras. Tenías que haberlo visto... Si no fuera tan hijo de perra, hubiera sido hasta divertido.
Goar asintió. Sí, Modario no era un buen enemigo al que ganarse, aunque lo cierto era que tampoco le gustaba como aliado.
–¿Y qué ha dicho el tribuno? –Se temía que Arsaces hubiera llegado hasta allí para decirle que debía entregar al muchacho al tervingio.
–Tranquilo, puedes quedarte con tus nuevos juguetitos.
Ese cabrón malnacido apenas dejó a nadie con vida anoche...
Más le valía haberse callado, porque el tribuno estaba tremendamente furioso.
Esos hijos de perra, después de nuestra huida, se dedicaron a matar a todo el mundo.
Los únicos prisioneros son los que pudieron huir y luego fueron atrapados por los sirios.
Creo que tu intervención ha cabreado de veras a ese hijo de perra...
–¿Y mi hermana? –intervino Alarico, sorprendiéndolos, atento a la conversación.
Arsaces miró a Goar.
–La muchachita regresó al campamento con Modario. No sé decir si ha tenido más suerte que el resto de los suyos.
Alarico se dejó caer sobre la tierra de nuevo, aliviado al saber que su hermana continuaba con vida, pero también angustiado al saber que estaba con el hombre que había asesinado a su padre.
–Y bien, ¿qué ha dicho Flavio Constancio?
–Que Modario podía meterse la lengua en el culo y hacer música con ella, si era lo que quería.
Estaba enfadadísimo. Creo que nunca lo había visto así.
Se negó en redondo a entregar al muchacho y lo avisó de que, como vuelva a insistir en su reclamación, él mismo hará que llegue a oídos del emperador su actuación de anoche.
Hasta el aguilucho intervino en favor del tribuno, imagínate el cariz que tomó la conversación...
–Mejor así... –reconoció Goar, más tranquilo. No había pensado en las consecuencias de sus actos hasta entonces, tan sólo en salvar la vida del temerario muchacho, y, con ello, dar una lección a Modario.
Arsaces sacó la espada de Alarico y se la dio a Goar.
–Toma, tu único botín. No tuviste una buena noche, que se diga...
–¡Esa arma es mía! –exclamó el joven.
Arsaces rio mientras Goar, como ya había hecho la noche anterior, sopesaba el peso y el equilibrio de la hoja.
Pasó un dedo por la bruñida superficie, donde estaban grabados una serie de símbolos desconocidos.
Era, sin duda, un arma extraordinaria, muy difícil de ver al sur de la frontera de piedra.
Parecida a la suya. Eran pocos los romanos que usaban entonces espadas tan cortas, muy pocos, mucho menos entre la caballería a la que él pertenecía.
–¡Es lo único que me queda de mi padre! –insistió Alarico y, por primera vez, la voz se le quebró–. Por favor...
Goar sintió una punzada en el pecho. Su scrama también era el único recuerdo que tenía de su progenitor, Geiseric, cuyo rostro jamás había sido capaz de imaginar, por mucho que lo había intentado.
Alzó la mirada hacia el muchacho. Sus ojos, de un azul muy similar al de Safrax, eran expresivos, en ese momento arrasados por las lágrimas; los de un muchacho asustado que se había visto obligado a actuar como un hombre.
Lo mismo que él tuvo que hacer desde que cruzara la frontera de piedra.
Recordó las palabras de Estilicón sobre su padre, por qué había decidido tomarlo a su servicio y tratarlo como a un hijo más.
El veterano tribuno había presentido que el destino le ponía delante a un joven excepcional, valiente hasta la locura, pero también a un joven que había pertenecido a su propio pueblo y el hijo de alguien con su mismo nombre cuando vivía entre los vándalos.
Eran demasiadas casualidades como para que Constancio mirara hacia otro lado.
¿Acaso estaba ocurriendo lo mismo ahora entre él y ese godo?
–Devuélvemela, alano, por favor... –Por primera vez, la voz de Alarico no sonaba cortante ni imperiosa.
Goar se levantó y acomodó el arma en su cinturón.
–Es tuya, muchacho, pero yo te la guardaré hasta que sepa que puedo fiarme de ti.
Ahora necesito que me digas quién era tu padre y por qué Modario quería matarlo a él y a tu familia.
Es más que posible que lo intente de nuevo, por lo que debemos buscar una manera de mantenerlo alejado.
Sé que eso ahora te trae sin cuidado, pero no me arriesgué a salvarte anoche para ver cómo te rajan el cuello el día menos pensado.