Dragón 12
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CAPÍTULO XII

Muy cerca del amanecer, Palaco sudaba bajo la manta en el cajón de transporte del carromato del mercader cuado.

El calor era sofocante, pese a las bajas temperaturas que sufrían desde hacía varios meses.

El viento ululaba, y parte de la fina escarcha que había ido posándose sobre la tela a lo largo de la noche había terminado por filtrarse a través antes de convertirse en miles de pequeños cristales de hielo, de modo que el olor a humedad era intenso.

Junto a Palaco, Safrax, Tasio y otros cinco alanos trataban de contener los nervios y la lengua.

De repente, el molesto y ruidoso traqueteo de la carreta se detuvo.

Allí escondidos, era imposible adivinar si ya había amanecido y, por tanto, si se encontraban cerca de su destino.

No tenían más remedio que seguir sin moverse y sin protestar.

–¡Por fin has regresado, Marbod, viejo truhan! ¡Creí que te habías olvidado de nosotros! –exclamó el burgundio que se encontraba sobre el camino de ronda de Kelemantia.

Safrax, que no dominaba la lengua de los romanos tanto como quisiera, miró a Palaco, por su expresión le ayudaba a comprender qué ocurría.

Éste le respondió con un imperceptible gesto de cabeza, tratando de aparentar una tranquilidad que en su interior distaba mucho de sentir.

Aun así, por el momento, todo marchaba como esperaban.

Pasados unos minutos, el carromato volvió a moverse, y entonces sí, los alanos echaron mano de sus arcos.

No solían encordarlos hasta instantes antes de entrar en combate, pues la tensión que debía de soportar la cuerda provocaba que, a cada instante que se mantuviera encordado, la fuerza con la que escupirían las flechas fuera menor; sin embargo, ese día no habían tenido otra opción.

El sonido de los goznes del gran portalón norte de la muralla retumbó en el interior del carromato, de manera que, aun sin verlo, Palaco pudo imaginarse a la carreta entrando en el fortín de Kelemantia.

Con los ojos cerrados, recordó los muros almenados, los tejados de pizarra oscura de los edificios donde se hacinaba la guarnición, las torres adosadas a la puerta que daba acceso al interior del recinto.

Había tratado de que Safrax, sin haber estado jamás allí, conociera cada uno de los rincones de la fortaleza, pues de ello dependía el éxito de aquella empresa que se traían entre manos.

Aún rememoraba su tiempo entre los romanos cuando el carromato volvió a detenerse.

Los alanos se miraron entre sí, atenazados por los nervios.

Palaco se aferró a su arco, buscando en la primorosa madera de abedul la tranquilidad con la que sobrellevar la espera.

Safrax, en la esquina en la que, en un viaje normal, se hubiera colocado la mercancía, cerró los ojos y sacudió la cabeza, tratando de apartar de su mente la imagen de Baddo.

No podía permitirse un solo instante de duda o de distracción, pues él sería el primero de los suyos en salir.

Contó hasta diez, y el inconfundible traqueteo de la segunda carreta situándose junto a la que había conducido Marbod se apagó igualmente. «Ya estamos dentro», pensó, satisfecho.

–Un mercader tiene poco más que su palabra –oyó la voz del cuado, a la vez que éste aferraba la tela que cubría la supuesta mercancía y tiraba de aquélla con fuerza.

Safrax, atento, se puso en pie como una centella, con el arco ya dispuesto, y el auxiliar más cercano a la puerta cayó al suelo al momento con una flecha en la garganta.

El alano tomó un nuevo proyectil y disparó hacia el segundo hombre, que para entonces miraba el cuerpo de su compañero, sorprendido.

El también asombrado burgundio que había visto a Marbod en primer lugar fue el único que tuvo tiempo para reaccionar, pero fue demasiado lento.

Trató de recorrer con rapidez el espacio que lo separaba del interior de la torre, pero la superficie, cubierta por una fina capa de hielo, era traicionera, y resbaló.

Fue cuestión de tan sólo un instante, pero suficiente para que Safrax volviera a recargar y disparar.

El germano cayó con estrépito, aferrando entre sus dedos el astil que le sobresalía del hombro.

Safrax echó un vistazo al cuerpo, molesto por su escasa puntería en un momento tan delicado como aquél, pero el burgundio ya estaba muerto. Se había partido el cuello en la caída.

Mientras aquello ocurría, Marbod y su cuñado, quien había accedido a acompañarlo ese día como conductor de la segunda carreta, corrían hacia la torre más cercana, seguidos por dos parejas de alanos, que debían hacerse fuertes allí e impedir que nuevos enemigos atacaran a sus compañeros desde las alturas.

Fuera, Tasio hizo una seña a quienes habían quedado con él, y entre todos volcaron ambos carromatos y los colocaron a modo de barricada defensiva a pocos pasos de la puerta, a medio cerrar.

Luego depositaron los centenares de flechas que transportaban sobre el empedrado.

Era tal el número que habían decidido utilizar protecciones de cuero para los brazos y las manos, sabedores de que el roce de los proyectiles terminaría por desollarles la piel a medida que disparaban.

–¡La puerta, la puerta! –exclamó Safrax, sin dejar de vigilar el interior de la fortaleza.

Era muy temprano todavía, y la mayor parte de la guarnición aún debía de estar durmiendo.

Ellos, en cambio, habían salido del campamento en noche cerrada, poco después de que Tasio avisara a Safrax de la llegada del mercader cuado.

El motivo no había sido otro que llegar a la fortaleza cuando el primer turno de guardia estuviera a punto de finalizar, de manera que los hombres estuvieran más aburridos que cansados, y cuando el resto de sus compañeros aún durmiera.

Marbod conocía muy bien la rutina del campamento, no los había engañado.

Tasio y otros dos arqueros se encargaron de abrir la puerta y dejar el camino expedito, antes de regresar con el resto de los suyos junto a la barricada.

De repente, el sonido de la lucha en el interior de las torres que quedaban a su espalda los sorprendió, pues no habían esperado encontrar resistencia allí. Contrariado, Safrax hizo una seña a Tasio para que pusiera remedio a aquel contratiempo cuanto antes.

Sin embargo, todo lo demás parecía tranquilo.

Nadie parecía haber reparado en su irrupción.

Safrax se giró: todavía no había rastro de la nutrida tropa de caballería que debía seguirlos para tomar la fortificación.

Alateo y sus jinetes se habían quedado lejos de la fortaleza, a cierta distancia de las carretas, por temor a que ese día, fuera de lo habitual durante las últimas semanas, los exploradores imperiales hubieran salido de los férreos muros.

El sonido del aire al ser atravesado por una flecha a toda velocidad, a poca distancia de su oreja, hizo que dirigiera la vista hacia el frente.

Acertó a distinguir la figura de un hombre saliendo de uno de los edificios cercanos, poco más, pues un segundo más tarde éste caía atravesado por el proyectil.

A su izquierda, Palaco, que era quien había disparado, tomaba una nueva flecha.

–¡Atilio, Atilio! –se escuchó de pronto en el patio, cuando el compañero del caído, que aún se encontraba dentro del edificio, se percató de lo ocurrido.

Como respuesta, un coro de voces comenzó a elevarse en la distancia, secundando a la de aquel hombre, y enseguida el campamento entero pareció volver a la vida.

Tasio, que salía en ese instante de la torre más cercana, chasqueó la lengua al comprender la situación.

–Ahora es cuando en verdad echo de menos a ese godo engreído –dijo, colocándose con la espalda contra el carromato y envainando la espada, presto a tomar su arco.

Safrax asintió, antes de coger un nuevo proyectil y sentir como la suavidad de las plumas acariciaba la yema de sus dedos.

La celada había sido descubierta, pero ya estaban en el interior de la fortaleza.

Así que no les quedaba otra que resistir hasta la llegada de Alateo.

Los dioses quisieran que no fuera demasiado tarde.

* * *

Marzo del 380. En algún lugar de Mesia

Goar despertó cuando las primeras luces asomaban por entre las mullidas nubes que amenazaban tormenta.

Sentía la boca pastosa, y en su cabeza todavía resonaba la amalgama de sonidos del campamento godo la jornada anterior.

Al igual que ésta había quedado atrás, los gritos también habían cesado, y en ese momento sólo se escuchaban los aullidos de los lobos en la distancia, deseosos de disfrutar de su propio festín.

El alano se había dormido allí mismo, sobre la hierba húmeda, con las frondosas copas de los árboles como única protección frente a la fina lluvia que había caído durante buena parte de la noche. Le había bastado con arrebujarse en una gruesa manta para caer dormido.

Al incorporarse, a cierta distancia localizó al joven godo.

Tampoco él ni la mujer, ni por supuesto la pareja de armenios que Arsaces había dejado a su cargo, habían buscado las comodidades de una tienda.

Ni la lumbre ni la suavidad de una sábana iban a restañar, en manera alguna, la tristeza, el miedo o la rabia vividas la noche anterior.

Alarico clavó sus ojos azules en los del alano, desafiante.

Tenía los párpados hinchados a causa del llanto y del cansancio.

Goar comprobó, a la luz del día, que no se había equivocado la noche anterior con el muchacho.

No podía tener más de diez años, por mucho que su expresión fuera la de alguien mayor, la de alguien que había sufrido demasiado.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó el alano en la lengua de los tervingios, desperezándose.