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Goar se volvió y observó alternativamente al muchacho y a la joven.
El primero le devolvió la mirada sin tan siquiera parpadear, pese al cansancio y la costra parduzca que se adivinaba en sus pestañas.
Su expresión era altiva y parecía retarlo a que lo soltara.
Había logrado zafarse del agarre de Arsaces durante la huida, pero Goar había estado atento y había conseguido atraparlo.
A partir de ese momento, el alano había dado permiso a Arsaces para golpearlo cuando lo considerara necesario.
El alano sonrió, y dejó entrever una perfecta hilera de dientes blancos que destacaban aún más en aquel rostro tiznado.
El pequeño no le devolvió el gesto, al contrario, cerró con más fuerza aún las mandíbulas, marcando los hoyuelos.
Goar se dijo que, en el fondo, le gustaba ese muchacho, sobre todo porque creía entenderlo.
Había presenciado el asesinato de su padre y había visto cómo su hermana se quedaba en manos de Modario.
Pero aquello no lo había achantado, al contrario, y ni siquiera había dejado escapar una sola lágrima que no fuera de rabia, de impotencia.
Parecía duro como la aleación con la que se había forjado la scrama con la que amenazara a Modario, la misma que aún pendía del cinto de Arsaces.
Cuando él tenía diez años, la misma edad que le suponía a Alarico, había aguardado la llegada de la caballería huna con un canto en la mano como única arma.
Por fortuna, nada había sucedido, pero, aun así, él había permanecido junto a Safrax, armado con tan ridículo proyectil.
No hubiera abandonado su puesto ni aunque un centenar de aullantes hunos hubieran aparecido.
Y entonces hubiera muerto allí, como le habría sucedido a ese muchacho si él no hubiera aparecido.
Por eso sabía que éste no soñaba con salvar a su padre o a su hermana, claro que no.
Él sabía que moriría a manos de Modario, pero era lo que debía hacer, lo que el honor le dictaba, aunque fuera su fin.
El alano cambió entonces el gesto. Borró el amago de sonrisa y dedicó una mirada cargada de reconocimiento al muchacho.
No era un alano, pero hasta Beuca hubiera estado orgulloso de él.
Al poco, se volvió hacia la mujer. Ésta continuaba sentada en la hierba, con la vista perdida, pero parecía haber recuperado el resuello.
No la había escuchado decir una palabra, ni siquiera cuando aquel borracho estúpido arremetió contra ella.
Apenas había reparado en su aspecto, y sólo ahora se fijaba en que se trataba de una joven de edad indefinida, de tez oscura más allá del hollín, con unos rasgos delicados y unos ojos color miel, claros, en comparación con el tono de su piel.
Preguntándose cuál sería su origen y qué haría en aquella tienda en la que la había encontrado, se acercó a ella y le tomó el mentón entre el pulgar y el índice.
Aquella mujer no podía pertenecer a la tribu de Modario, aunque quién sabía cuántos pueblos más habían unido su destino al de los godos en medio de la espiral de violencia en que vivían.
Romana o no, en todo caso, su vida allí siempre sería mucho mejor de lo que le hubiera deparado una junto a Modario.
Al menos, sería más larga, de eso estaba seguro.
–No, el chico viene conmigo. Hace un tiempo me dijiste que necesitaba el concurso de un escudero, y creo que por fin he encontrado uno que pueda servirme de forma adecuada.
Estilicón sonrió y dedicó una mirada curiosa al muchachito, que le respondió con un gesto desafiante.
–¿Y la mujer? Dudo que sea parte de su familia... Si es romana, debemos liberarla.
El alano se encogió de hombros.
–Tú, mujer, ¿quién eres y qué hacías en aquella tienda?
Caris tardó un instante en reaccionar. Hacía semanas que nadie se dirigía a ella en latín.
Miró al hombre que la había salvado, y de inmediato sintió un nudo en la garganta.
Era libre, la pesadilla que había vivido durante la última luna había terminado, pero ¿qué haría en adelante?
Estaba sola. Sus padres, esclavos también, habían muerto tiempo atrás en Alejandría, y su hogar durante los últimos años, si es que un esclavo podía llamar así al lugar que en que vivía, había sido arrasado hasta los cimientos por los hombres de Gundebaldo. Nadie la esperaba en ningún lugar.
–Me llamo Caris, y era esclava en la finca de Lucio Escauro. Mi amo y todos los que vivían allí fueron asesinados por los godos hace unas semanas, y desde entonces he servido a la familia de este muchacho. Hasta hoy.
Estilicón arrugó la nariz. Con aquel aspecto, y tan lejos de las provincias meridionales, debía haber sabido al instante que se trataba de una esclava.
Aquello cambiaba las cosas: si encontraban a un esclavo y éste ya no tenía dueño, su deber era llevarlo para ser vendido nuevamente al mejor postor.
–Ellos me han tratado bien –continuó la mujer, señalando a un Alarico que, por primera vez, dejó de mirar a los romanos para centrar su atención en ella, asombrado–.
No nos separéis, por favor, sé cocinar y conozco todo tipo de ungüentos y preparados a base de semillas para mitigar las dolencias humanas, pero también de los animales.
–Por ese motivo Escauro la había llevado consigo hasta su propiedad al otro lado del océano, abandonando el museion de Alejandría, en el que había nacido.
El romano pareció dudar.
–Por favor, señores, por favor –insistió Caris, arrodillándose frente a Estilicón, quien creía que era el líder de aquel grupo.
No tenía a donde ir, no tenía a nadie más, y aún quedaba Gosvinta, la dulce niña que la había acogido casi con cariño.
Mientras viviera, habría esperanza de salvarla.
Era lo menos que podía hacer por ella, y también por la memoria de Gundebaldo, quien, pese a todo, la había tratado con respeto.
Y por lo poco que había llegado a conocer a Alarico, estaba convencida de que el muchacho trataría por todos los medios de vengar a su padre y recuperar a su hermana, y ella había decidido quedarse a su lado.
El silencio fue roto por la cansada voz de Goar:
–Está bien, está bien... Puede quedarse conmigo también. Necesitaré a alguien que cocine para mí...
Caris suspiró, aliviada y, sin levantarse, aún de rodillas, dirigió el rostro hacia el alano, agradecida.
Estilicón no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios, divertido por la escena.
–Pues no ha sido fácil, pero veo que por fin has decidido seguir los consejos de mi padre, Goar.
Ahora, amigo, descansa, te lo has ganado con creces, pero deja que alguno de los armenios vele al menos hoy tu sueño.
Los esclavos necesitan su tiempo para hacerse a la mano de su dueño. Créeme, sé lo que me digo.
La mirada cargada de odio que le dedicó Alarico convenció a Estilicón de que había visto jabalíes en apariencia más dóciles que ese muchachito.
Más le valía a su amigo dormir con un ojo abierto, al menos, durante un tiempo.
Podía convertirlo en un buen escudero, pero antes tendría que domarlo, y no se le antojaba tarea fácil.