Dragón 11 #3
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El alano dudó. Una parte de él se resistía a separarse de la mujer, pero algo importante debía pasar si alguien se había preocupado de llegar hasta allí en su busca.

–¡Safrax! ¡Por fin te encontramos! –exclamó un excitado Tasio, apareciendo a pocos pasos de la pareja.

Baddo ya se había separado y se alisaba los pliegues de la falda con aire indiferente. El joven lugarteniente se sorprendió al encontrarlos a solas, pero se guardó de hacer cualquier comentario. La noticia que traía consigo era demasiado importante.

–¿Qué es lo que sucede, amigo?

Tasio jadeaba, tenía el cabello cubierto de escarcha y de su boca se elevaban ligeras volutas de vaho. Al momento, una ancha sonrisa le iluminó el rostro.

–¡El cuado está aquí! ¡Por fin ha llegado el momento que estábamos esperando!

* * *

Marzo del 380. En algún lugar de Macedonia

El interior del campamento de Gundebaldo se había convertido en una inmensa y llameante trampa de la que unos trataban de escapar y otros rebuscaban cuanto de valor hubiera.

Goar no se había detenido, ni siquiera cuando no le había quedado más remedio que reconocer que se había perdido en aquel humeante laberinto.

Por mucho que se esforzaba en recordar el camino de salida, era incapaz de orientarse.

Sus ojos, enrojecidos por el humo, apenas eran capaces de ver más allá de un palmo de su propia nariz, y el fulgor anaranjado de las llamas en tiendas y carretas ofrecía una visión fantasmagórica, irreal, rodeada de toda clase de gritos y de lamentos.

No les había resultado difícil despistar a Modario y a los suyos, pues el campamento, pese a todo, era un hervidero de hombres y de mujeres.

Habían echado a correr, confundiéndose con unos y otros, y nada habían vuelto a saber del godo, aunque para entonces, tras horas vagando sin rumbo, o eso al menos le parecía al alano, comenzaba a temer que en cualquier momento pudieran volver a darse de bruces con él.

Cada paso en aquel infierno no había estado exento de peligros.

No porque los tervingios, a los que habían sorprendido, estuvieran dispuestos a defenderse, como había pensado, sino porque los suyos, enfebrecidos por la victoria, se habían convertido en una amenaza para todo aquel que se interpusiera en su camino.

Ya había tenido que golpear en el rostro a uno de los godos de Modario cuando, completamente ebrio, había intentado llevarse a la joven esclava.

No había llegado muy lejos: el alano lo había dejado tendido sobre el terreno, inconsciente, con una grotesca mueca en el rostro.

A continuación, había tendido la mano hacia la esclava, y a partir de ese instante no había vuelto a separarse de ella.

Llegado ese momento, la opresión que Goar sentía en el pecho comenzaba ciertamente a incomodarlo.

El espeso humo, además de provocarle que los ojos le ardieran y no pudiera ver lo que tenía a pocos pasos, también empezaba a dificultarle respirar.

Con los sentidos aletargados y la cabeza embotada, era incapaz de pensar con claridad, hasta que una inesperada bocanada de aire fresco le azotó el rostro.

Comprendió de inmediato que por fin debían encontrarse cerca del borde del campamento.

No tardaron en encontrar uno de los carromatos que, a modo de muralla, marcaba el límite del campamento.

El alano suspiró, aliviado, y echó a correr en dirección contraria a las llamas, obligando a la mujer a seguirlo en su carrera, y no se detuvo hasta llegar a los primeros árboles del cercano bosque, allí donde los suyos habían dejado las monturas a cargo de unos pocos hombres.

Al llegar, la mujer se dejó caer en el suelo, extenuada, y las arcadas y el mareo por fin la vencieron.

Goar, por su parte, boqueó repetidas veces mientras buscaba a su espalda las figuras de Arsaces y de los demás.

–¡Goar, amigo! –Una voz lo llamó desde la espesura.

El alano se alegró de escuchar a Estilicón. También había tomado parte en el asalto, pero, al contrario que él, que se encontraba no sólo agotado, sino también mugriento y desprendiendo un olor pestilente, su armadura y sus ropajes lucían impolutos. Ni rastro de hollín, tampoco de sangre.

–Esos tervingios son alimañas, ¿eh? –continuó hablando Estilicón, palmeando el hombro de su amigo. Reparó entonces en los armenios que acompañaban a Goar.

–¿Cuáles de ellos? –acertó a preguntar el alano, que no sabía si se refería a los que habían llegado junto a ellos, o a los que estaban siendo masacrados en la llanura.

–Todos –zanjó Estilicón–. ¿Qué tal nuestro amigo Modario? ¿Y quiénes son esos que te acompañan? –preguntó, señalando con extrañeza a la mujer y al niño.

Goar hizo amago de responderle, pero la bilis se le acumulaba en la boca. Se apartó unos pasos y escupió sobre la hierba, asqueado. Lejos de sentirse aliviado, la garganta le seguía ardiendo.

–Mañana te lo explicaré con calma. Ahora necesito descansar –reconoció, a punto de derrumbarse.

Estilicón lo miró con inquietud, pero se tranquilizó en cuanto comprobó que no había señal alguna de sangre en su vestimenta. Aun así, le preocupaba la lividez de su rostro.

–Ha sido una noche larga –convino–. Pero ¿qué harás con ellos? –Señaló a su espalda–. ¿Les digo a los muchachos que los lleven al vallado, junto al resto de cautivos?