Dragón 11 #2
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11 #2

El alimento para el ganado comenzaba a escasear.

La primavera debería haber comenzado ya, pero aún no había rastro de la hierba que, a esas alturas, tendría que estar creciendo sobre el terreno.

Aquello, al menos, era lo que ocurría en la gran pradera, o eso era lo que decía Amage, que había vivido en la tierra entre los dos mares, y eso también era lo que él había visto al este de las grandes montañas; pero allí, tan cerca de la frontera de piedra, todo era diferente.

Safrax nunca había visto bosques tan profundos como aquéllos, oscuros y densos, en los que la niebla, como si se tratara de alargados dedos fantasmales, se introducía entre los troncos, cubiertos aquí y allá, de vaporosos líquenes.

Cuando al fin había conseguido calmar al animal, retumbó un estruendo.

Un trueno repentino. Hasta él se encogió sobre sí mismo, y a la vez que acariciaba nuevamente al caballo miró al cielo.

Sin embargo, aún no había rastro de lluvia.

La tormenta se encontraba todavía lejana, pero pronto caería sobre ellos.

El sonido de unos pasos a su espalda lo hizo volverse.

No pudo evitar que su mano derecha recorriera el corto camino de su cadera hasta el muslo, en busca del puñal.

No lo necesitaba allí, entre los suyos, pero no por ello se había confiado jamás.

Llevaba cinco años permanentemente alerta, cuando de primeras había creído que no sería capaz de mantener aquella tensión durante más de unos pocos días.

Se había subestimado, como también había subestimado a quienes lo seguían, pues todos habían dado muestras de una fortaleza como nunca hubiera imaginado.

Aun así, nunca era suficiente, tendrían que seguir demostrándola, todos ellos, al menos hasta que pudieran encontrar un lugar en el que, si no sentirse a salvo, sí saberse fuertes.

–Me he despertado y soy incapaz de volverme a dormir –arguyó Baddo como saludo.

El alano llevó la mano derecha nuevamente al cuello de Tormenta, ya más tranquilo, y miró a la mujer.

Hacía tiempo que había dejado de pensar en ella como una extranjera, como en la hija de Gundebaldo.

Era una de ellos, y como tal vestía; incluso un cuchillo afilado pendía también de su cadera.

Su rostro, atractivo y sereno, ahora mostraba arrugas de preocupación, y la palidez era tal que llegaba a rivalizar con el color de la propia luna.

–Es curioso que seas tú quien me lo diga, cuando gracias a ti yo he conseguido volver a dormir, al menos unas pocas horas al día... ¿Acaso tu magia no surte efecto contigo misma?

–No es magia, estúpido, es tan sólo un preparado a base de hierbas. ¿Los animales hacen magia? Claro que no, utilizan lo que tienen alrededor cuando lo necesitan. Si necesitan purgarse toman ortiga, y nosotros somos iguales, sólo que debemos tomarlo en mayores cantidades.

Safrax se llevó una mano a la cabeza, como si nunca hubiera barajado tal posibilidad. Pero aquello tampoco sirvió para relajar el ceño de la mujer.

–¿Una pesadilla? –tanteó, dubitativo.

El escalofrío que recorrió el cuerpo de Baddo fue más elocuente que cualquier respuesta.

–Quizá pasear sirva para cansarnos y caer rendidos luego. Venga, paseemos, nos vendrá bien. –Safrax palmeó con suavidad el cuello de Tormenta a modo de despedida.

Sí, era una buena idea. Odiaba la noche y la soledad que aquélla traía consigo.

Desde que emprendieran la marcha hacia el oeste, prefería el día, el bullicio, las cabalgadas, también los combates.

Cualquier cosa antes que encerrarse a solas en el interior de su tienda y enfrentarse a los recuerdos.

Cuando cerraba los ojos, eran dos los rostros que se le aparecían.

El primero, el de un niño al que jamás había visto, pero que imaginaba sería de su hijo en unos años, un hijo al que había condenado a vivir junto a un monstruo.

El otro, en cambio, lo había visto en el pasado, pero sólo una única vez: aquel alano ya veterano al que había abatido a los pies de la colina.

Aquel día no había reparado en él más que en cualquier otro enemigo.

Pero era peor, pues compartía su sangre.

Un traidor a su pueblo. Un traidor que, días más tarde, además, se había dado cuenta de que se parecía demasiado a él, sólo que mayor.

–¿Qué es lo que te preocupa? –preguntó cuando los primeros árboles que marcaban el fin del campamento se encontraban a menos de un centenar de pasos.

No pudo evitar mirar hacia la floresta con desconfianza. No le gustaban aquellos bosques tan tupidos y sombríos. Él, como los caballos que los seguían, había nacido para correr libre sobre la hierba, el horizonte despejado, el sol en lo alto.

–Terminaría antes diciéndote lo que no me preocupa –respondió Baddo.

–Toda preocupación es superflua, salvo hacer lo posible para mantenerte con vida hasta el día siguiente. Y ya queda muy poco para que eso ocurra, así que te felicito, Baddo. ¡Casi has conseguido ver la luz del nuevo día!

La goda se detuvo y lo miró a los ojos. Pese a todo, le gustaba el tono distendido con el que le hablaba.

Vio de nuevo en él al joven que conociera tiempo atrás, sólo que ahora era un hombre: grande, poderoso y temido, con una sempiterna sombra oscura bajo sus párpados, producto de las largas noches en vela, de los estragos de tanto dolor.

Además, sabía que el alano también tenía un gran corazón, en el que cabían todos y cada uno de los que lo amaban.

Amage y su familia, pero también quienes combatían por él, Tasio y otros tantos alanos y greutungos que hubieran dado la vida en su nombre.

Sí, Safrax se estaba esforzando por regresar del helado y oscuro mundo de Hel, donde la locura arrebata la razón hasta al más cuerdo.

–Sabes que siempre puedes contar conmigo. También ahora... –apuntó, más serio.

–Ojalá pudieras hacer algo, pero nadie puede. He soñado por primera vez en mucho tiempo con mi padre.

Safrax se detuvo en seco. Frente a él, el bosque.

–¿Con Gundebaldo?

Ella asintió, y el alano percibió en sus ojos, entonces sí, angustia, miedo.

–Lo he visto morir, Safrax –respondió, con voz entrecortada, con la vista fija en algún lugar a la espalda del alano–. He visto su rostro cubierto por la sangre, sus ojos velados, incapaces ya de ver...

Safrax tembló, pero no por la ventisca que se había levantado repentinamente y agitaba las ramas de los árboles, sino por la imagen del jinete alano con aquel crucifijo de plata y nácar sobre la brillante malla de metal.

–Sólo ha sido un mal sueño, Baddo –dijo, aunque él mismo era consciente de que sus palabras sonaban vacías–. La distancia con nuestros seres queridos nos juega malas pasadas.

Ella sacudió la cabeza y concentró su mirada en los azulados ojos del alano. Sus labios temblaban. El miedo, el dolor y el vacío habían vuelto a hacer presa en ella.

–Amage dice que los sueños nos conectan con quienes amamos, pero que sólo unos pocos somos capaces de entenderlo así, de percibirlo. Ella posee el don, como lo poseía su madre, y parece que yo también, al menos eso es lo que ella cree después de tanto tiempo juntas.

El alano se revolvió, incómodo. Jamás había revelado a su abuela el contenido de los sueños que lo atormentaban.

Él era un hombre, un guerrero, y de él se esperaba que dirigiera a los suyos a la batalla y que muriera en ella si era necesario.

Lo otro, en cambio, pertenecía al mundo de las sabias, un mundo incierto y tan alejado de él como podía estarlo la misma luna.

¿Acaso compartía el mismo don de su abuela o se trataba tan sólo de una pesadilla?

–Hace casi dos años que me separé de ellos, Safrax, y sé que ha muerto. Lo sé. Sentí el frío del acero atravesándome la piel, la carne; sentí cómo el leve hilo que mantenía mi existencia unida a la suya era segado sin compasión...

Baddo no pudo continuar hablando. Comenzó a llorar con desconsuelo.

Safrax dudó qué hacer. Gundebaldo, ¿muerto?

Era un guerrero; desde que lo conociera no había rehuido un combate, por duro que fuera, y ése era el final que merecían todos ellos.

Si así era, se alegraba por él: sólo esperaba que Alarico y Gosvinta no hubieran compartido su final.

Ellos sí le preocupaban. Pero sabía que aquello no era lo que Baddo quería escuchar.

Ningún hijo querría escuchar tales palabras, jamás, salvo que hubiera nacido y crecido entre alanos, entre los que no podía existir mayor honor.

Al cabo, venciendo sus reticencias, Safrax se acercó y la rodeó con los brazos.

Apenas la rozó, pero al sentir el contacto la joven se dejó caer sobre su pecho, sollozando, inconsolable.

Aquella sensación y la calidez que desprendía el cuerpo de la goda, lejos de incomodarlo como imaginaba, pues llevaba sin acercarse así a una mujer desde la marcha de Hilduara, le agradó de inmediato.

Baddo, en cambio, no reaccionó. Su mente estaba muy lejos de allí, en muchos lugares a la vez.

Recordó su infancia en la pequeña isla del río, el terrible cruce del Istro, la muerte de su madre y la espiral de autodestrucción en la que se había sumido a su padre.

Recordó el oscuro y maloliente cobertizo, incluso revivió las arcadas.

El dolor, el asco, la rabia y el odio, todo concentrado en la figura de aquel romano malnacido y del padre que había dejado que todo sucediera.

Y, sin dejar de sollozar, sin darse cuenta, golpeó a Safrax en el pecho con toda la rabia.

Poco a poco, las fuerzas la abandonaron, y recordó el instante en el que su padre y sus hermanos se habían despedido de ella, poco antes de la gran batalla.

Para entonces, Baddo ya había perdonado a Gundebaldo.

Pero nunca se lo había dicho, por orgullo. Y ya nunca podría hacerlo.

–¡Safrax, Safrax! –escucharon de pronto que un coro de voces lo llamaba desde el campamento.