Dragón 11
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CAPÍTULO XI

El grito desconsolado de Alarico murió en sus labios en el mismo instante en el que Caris, al traspasar el lienzo, se daba de bruces contra un nuevo e inesperado guerrero. Ambos cayeron hacia atrás.

–¡Padre, padre! –aulló entonces el joven.

Pero Gundebaldo ya no podía escucharlo. Había conseguido pillar desprevenidos a sus enemigos, golpear a los dos hombres que le cerraban el paso y agarrar a Modario por el cuello, haciéndolo caer.

En realidad, todos cayeron al suelo, también Gosvinta.

Entonces había pugnado por retenerlos todo lo posible, sabedor de que cada instante resultaba precioso.

Golpeó con los puños, con las rodillas, incluso mordió el cuello de Modario hasta hacerlo sangrar.

Pero al fin uno de los enviados de Atanarico había conseguido incorporarse y recuperar su espada, que enterró al instante en la espalda del balto.

–¡Padre, padre! –gritó a su vez Gosvinta, libre al fin, aunque apenas dio dos pasos hacia Alarico cuando el segundo de los esbirros de Modario se abalanzó sobre ella.

El guerrero que había irrumpido en la tienda dedicó un breve vistazo a Caris y a Alarico, aún en el suelo, sin que su gesto denotara expresión alguna.

Miró a continuación hacia Modario, que trataba de sacudirse el peso de Gundebaldo para levantarse.

Entonces, dos individuos más aparecieron a su espalda.

Por primera vez, Alarico examinó a quienes les cerraban el paso.

El primero, que esgrimía una larga espada en su diestra y una tea ardiendo en la siniestra, portaba una armadura como jamás había visto antes.

Se trataba de una protección, compuesta por centenares de escamas brillantes, que le cubría desde las rodillas hasta las muñecas, pero, a pesar de lo voluminosa que parecía, el guerrero, tocado con un casco de reflejos dorados, se movía con total soltura.

Sus dos compañeros, sin embargo, eran claramente soldados imperiales, por sus escudos ovales y coloridos y los cascos con largas lengüetas.

Por un momento, dudó si su inesperada aparición podía llegar a ser ventajosa para ellos.

El muchacho tanteó el suelo en busca de su scrama , pero, antes de que lograra ponerse en pie con ella, Goar lo desarmó con pasmosa facilidad.

–Arsaces, vigila bien a este rufián –ordenó, y el armenio agarró sin cuidado alguno al muchacho, mientras su compañero indicaba a Caris que se estuviera quieta.

–¡Suéltame, suéltame! ¡Asesino, asesino! –gritó Alarico una y otra vez, y sus palabras reverberaron de forma interminable en los oídos de Goar.

El alano dio tres pasos al frente y se fijó en que las llamas de la tea que portaba destellaban en un extraño objeto metálico a sus pies.

Se agachó, sin perder de vista a un Modario que aún pugnaba por apartar el cadáver de Gundebaldo, y envainó su arma.

Acercó la antorcha, maravillado, sin poder creer que se tratara del crucifijo, bañado en nácar y plata, que el general Víctor le había entregado a Pablo poco antes de su muerte.

–Vaya, vaya, el alano y sus sabuesos... –oyó que decía Modario, recuperando parte de su compostura, al tiempo que uno de sus compañeros lo ayudaba a ponerse en pie–. Si lo que buscas es botín, márchate a otra parte, jovencito. Hoy hay suficiente para todos, y lo que hay aquí dentro es mío.

Goar no se inmutó. Se guardó el crucifijo en el cinturón y miró hacia atrás. El muchacho al que había sorprendido en su fuga pugnaba por desembarazarse de Arsaces, cuya expresión parecía trasladarle al alano que lo mejor habría sido dejarlo inconsciente de un buen mamporro en la cabeza.

–¡Lucha conmigo, lucha conmigo! –chilló Alarico, enloquecido.

La valentía que desprendía aquel niño, la pasión que transmitía, conmovió al alano. Gustosamente hubiera dicho a Arsaces que lo soltara, pero sabía que nada tenía que hacer frente a Modario. Moriría sin conseguir su objetivo.

–¡Qué tierno! El cachorro quiere compartir el destino de su padre... –se burló Modario, y al momento se volvió de nuevo hacia Goar–: Ahora márchate, alano. ¿Acaso no me he explicado bien?

Goar, airado, evitó a tiempo que su mano, de forma inconsciente, asiera la empuñadura de la espada.

Debía evitar provocar a Modario en demasía, pero, sobre todo, debía evitar por todos los medios cruzar las armas con él.

Inspiró lentamente y dio dos pasos hacia atrás.

Recogió la scrama que se encontraba a pocos pasos de Alarico y la blandió con suficiencia.

La hoja estaba equilibrada y muy bien afilada; era muy parecida a la que él guardaba envainada sobre su muslo derecho.

–Márchate –insistió el tervingio–, y antes entrégame al muchacho.

Goar miró al pequeño a los ojos. No descubrió miedo, tampoco rastro de duda.

Sólo rabia y un deseo irrefrenable de matar.

Él había visto esa mirada antes muchas veces en el campo de batalla, pero jamás en alguien tan joven.

Si se lo entregaba a Modario, moriría irremediablemente, estaba convencido, y una vida como ésa, un luchador como ése, no merecía un final tan prematuro.

Además, Constancio le había dicho que hiciera comprender al godo que allí quien mandaba era Roma, y no él.

No encontraría una mejor ocasión que aquélla para hacérselo entender.

–El tribuno ordenó que mujeres y niños fueran respetados. Ellos se vienen conmigo –anunció, señalando al joven y a la esclava–. Y la niña también.

Con toda su furia, Modario escupió en dirección a Goar, sin poder creer que un jovenzuelo impertinente se creyera capaz de enfrentarse a él, y entre la saliva se le escapó una esquirla proveniente del esmalte de sus dientes.

–Me importa una mierda lo que diga tu tribuno. Este hijo de puta –dijo, propinando un puntapié al cadáver de Gundebaldo– era enemigo de mi señor, y ese crío y la niña son sus hijos. Sólo a él se los entregaré, así que déjamelo y quédate con la puta, si es lo que quieres. –Señaló a Caris.

–¡Cabrón! ¡Maldito asesino! –gritó Alarico con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.

Goar ignoró al chico y, sin atreverse a dar la espalda a Modario, se acercó a Arsaces y colocó la scrama del joven godo en el cinturón del armenio.

–¿Enemigo de qué señor, Modario? Estás en tierras de Roma, y dudo que el augusto sepa quién era ese desgraciado...

Modario arrancó a Gosvinta de los brazos del hombre que la sujetaba, y le hizo una seña a éste y a su compañero para que se movieran hacia Goar y los armenios. Conseguiría hacerse con aquel niño, aunque tuviera que llevarse la vida del alano por delante.

Goar abrió las piernas, asentando los pies con firmeza, pero se obligó a no desenvainar su espada.

Con un suspiro, se preparó para marcharse.

Poco más podía hacer por la pequeña, a menos que quisiera dar comienzo a un combate de incierto resultado, pues, aunque estaba convencido de vencer en el interior de aquella tienda, la lucha podía extenderse al exterior, cuando los tervingios que los apoyaban comprendieran que había acabado con la vida de su líder.

Dedicó una triste mirada a Gosvinta. Esperaba que Modario le respetara la vida, aunque apostaba a que no.

Entonces, antes de que los godos se acercaran más, Goar se situó junto al pequeño e hizo una seña al segundo de los armenios para que se marchara de allí con la mujer.

Luego, agarró por el mentón a Alarico y lo obligó a mirarlo.

De cerca, creyó adivinar que, debajo de toda aquella rabia, se escondía un muchacho de poco más diez años, una edad muy similar a la que él tenía cuando su abuelo lo entregó a Torcuato, el mercader de Vindobona.

Alarico se resistía, pero no le quedó más remedio que obedecer.

Había escuchado que Modario se dirigía a ese soldado como «alano», pero no vio en él los ojos rasgados de Safrax o de Amage, y de todos aquellos que, en esos días, imaginaba, seguían siendo el pueblo de su hermana Baddo.

Aquel joven guerrero magníficamente ataviado guardaba mayor parecido con él mismo que con los alanos que había conocido.

–Sé que no es lo que quieres, pero algún día me agradecerás lo que estoy haciendo hoy, muchacho. –Con un ligero empujón, lo hizo ir hacia la puerta, aun repitiendo el nombre de su hermana una y otra vez.

–¿Qué te propones? ¡Ese chico es mío, maldito estúpido! –exclamó Modario, empujando a la pequeña Gosvinta hacia atrás para acercarse de forma amenazadora hacia el alano que, ahora sí, desenvainó su espada y apuntó con ella, alternativamente, a cada uno de los tervingios.

–Los esclavos que se obtengan hoy aquí se repartirán a partes iguales entre godos e imperiales, ésas fueron las órdenes.

Tú tienes a la muchachita y yo, al niño, así que estamos en paz –sentenció Goar, antes de, aún con la espada desenvainada, seguir a la voluminosa figura de Arsaces más allá de la cortina.

* * *

Marzo del 380. Barbaricum, alrededores de Kelemantia

Tormenta, el más joven e impetuoso de los caballos de Safrax, cabeceó intranquilo. De inmediato, el cielo se iluminó con el destello cegador de un nuevo rayo.

El alano, que en ese momento se encontraba fuera de la misma tienda en la que entonces descansaba solo, cuando años antes la había compartido con Hilduara y Tulga, se acercó al semental, le acarició el lomo, le susurró a su oído y, por último, lo recompensó con un trozo de manzana curtida por el paso de las semanas.