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–Un paso más y morirá –lo amenazó el emisario, mientras dejaba que el filo de su puñal cortara uno de los dorados mechones de la pequeña. Luego, dedicó una mirada desafiante a su rival, y se deleitó con la rabia, pero también con el temor, que reflejaban sus ojos.
–Yo te maldigo, Modario, ¡yo te maldigo! –bramó Gundebaldo, fuera de sí. Cerca, Gosvinta lloraba cada vez más alto, cada vez con menos lágrimas–. ¡Que la bendita sangre de los baltos te arrebate la vida en un mar de sufrimiento!
Los dos hombres que servían de pantalla a Modario, pese a su superioridad, se removieron, nerviosos.
–Tu hija tiene un cabello precioso –continuó Modario, y esta vez su mano descendió por la cabeza de la niña hasta detenerse en el cuello–.
También tiene una piel suave y hermosa. Sería una lástima tener que poner fin a su vida...
, aunque quizá sea la única manera de que me digas dónde se encuentra el resto de tu familia.
Aquello fue suficiente para que Alarico se atreviera a intervenir.
–¡Todos murieron! –gritó el muchacho, atrayendo toda su atención sobre sí, para desesperación de Caris.
Modario detuvo por un instante su mano y se volvió hacia la entrada de la tienda. El muchacho ya no importaba. Tenía a Gundebaldo a su merced, y lo mismo ocurriría con aquel mocoso a no más tardar.
–Así que murieron... –respondió, quedo. Agarró entonces a Gosvinta con violencia del cuello, sobre el que deslizó, entonces sí, la hoja de su espada por la suave piel, haciendo manar un hilillo de sangre.
–Júralo, mocoso, o tu hermana morirá ahora mismo.
Alarico miró a su padre, y en sus ojos sólo leyó desesperación. Gundebaldo, pese a estar libre de ataduras y armado, era incapaz de actuar. Si lo hacía, su pequeña moriría ante sus ojos, y ellos, después.
–Lo juro. Mi madre murió hace dos años, y Gundebaldo no tiene ya más hijos que los que están en el interior de esta tienda.
¡Puedes preguntar a quien quieras! –afirmó Alarico, muy serio, tratando de no parpadear siquiera.
Aquello, en parte, no dejaba de ser cierto, se dijo, para calmar así su conciencia por su vano juramento y alejar el mal fario que tal circunstancia pudiera acarrearle a ojos de los dioses.
Modario, con estudiada lentitud, apartó la hoja de la espada de Gosvinta.
–Una verdadera lástima, pues me hubiera gustado poder consolar a Hild y a tu primogénita, al menos –dijo al fin, mirando al pequeño Alarico–.
Ahora, Gundebaldo, acabemos de una vez con esta farsa.
Arroja el arma, y tus hijos vivirán. El juez sólo tenía órdenes de arrancarte a ti la vida, no a ellos.
Si lo haces, te prometo que tu muerte será rápida.
Gundebaldo sopesó la guarda de su espada. De pronto, parecía pesar una barbaridad. Sus ojos volaron de Gosvinta a Alarico; sabía que, si hacía lo que Modario le ordenaba, todos estarían sentenciados. Él moriría, y sus hijos, si no lo hacían también, pasarían a ser esclavos.
–Debemos marcharnos, pequeño –murmuró Caris al oído de Alarico, pasándole un brazo por el hombro.
«Es la única oportunidad que tendremos», pensó la esclava. Si continuaban allí, el muchacho moriría, y ella, con suerte, volvería a ser el juguete de aquellos salvajes. Aún estaba por ver lo que encontrarían fuera de la tienda, pero no tendrían otra ocasión mejor.
Alarico sacudió la cabeza y plantó con fuerza las piernas sobre las alfombras.
Miró a su padre a los ojos, y sintió que los suyos se humedecían, fruto de la rabia.
En cambio, Gundebaldo parecía sorprendentemente tranquilo.
Aferraba la espada con fuerza, con los músculos en tensión, pero no bufaba como antes.
Había encontrado la serenidad de quien nada tiene que perder, pues ya lo ha perdido todo.
Dedicó un gesto de cabeza hacia su hijo, indicándole la salida que quedaba a su espalda.
–Vámonos –volvió a decir Caris, asintiendo hacia el balto, agradecida.
–¿Y bien? –preguntó Modario, sarcástico, mientras Gosvinta sollozaba al sentir nuevamente que la afilada hoja de su espada resbalaba por su cuello.
Gundebaldo agarró su arma por la empuñadura y dirigió la punta hacia el suelo, como sabía hacían sus ancestros mucho tiempo atrás, en el gélido norte.
No podía salvar a sus dos hijos, pero sí al menos intentar que uno de ellos escapara de aquella trampa.
Cerró los ojos y pidió a Donar que le concediera en aquella hora postrera ser rápido como el trueno y letal como el rayo.
Sólo así le daría una oportunidad a Alarico.
En el caso de Gosvinta, esperaba que lo perdonara.
Y en el futuro, que Alarico los vengara a ambos.
Tras una última mirada cargada de tristeza a su hija, apoyó la rodilla derecha en el suelo y, junto a ella, enterró la punta de su espada.
–Perdóname, Hild, perdóname... –susurró.
–¡Padre, no! –gritó Alarico, pero Caris tiró con él con toda la fuerza de la que fue capaz y lo arrastró hacia la salida.
En ese mismo momento, Gundebaldo, tomando por sorpresa a sus enemigos, se abalanzó con las manos desnudas sobre ellos con la esperanza de retenerlos el tiempo suficiente para que su hijo consiguiera abandonar la tienda.