Dragón 10 #2
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10 #2

Gundebaldo intentó serenarse y evaluar la situación.

La aparición de su viejo enemigo lo había desconcertado por completo.

Ignoraba cómo se podía haber presentado en el interior de su campamento, pero ya no importaba.

Estaba allí, y él debía buscar la manera de escapar y de salvar a su familia.

Sólo después, si es que lo conseguía, ya llegaría el momento de descubrir qué había sucedido.

El balto buscó con la mirada dónde habían quedado sus armas, y descubrió su tahalí a poca distancia, sobre las alfombras, en el lado derecho del catre.

Nadie parecía haber reparado en ello, quizás a causa de la escasa luz que había en el interior de la tienda.

Se obligó a alejar todo pensamiento y concentrarse.

Miró a Alarico, espada en mano pese al terror que destilaban sus ojos, y sintió una punzada de orgullo que le hizo inclinar la cabeza hacia él en señal de reconocimiento.

Le había enseñado bien. Alarico había sido un guerrero, desde su nacimiento, nunca lo había defraudado, no como él, que había fallado a su familia en el pasado.

No lo haría ahora, al menos, mientras su corazón continuara latiendo.

Dirigió la vista hacia Gosvinta y le pidió sin palabras que aflojara la presión sobre su pierna.

La niña, al contrario, se aferró con más fuerza, asustada, así que no le quedó más remedio que alargar el brazo y pinzar la clavícula de la pequeña, que rápidamente se vio obligada a soltarlo.

Llegado ese instante, Gundebaldo no se lo pensó dos veces.

Con la rapidez que otorga la desesperación, se agachó y agarró la tea con la que habían prendido la cama, apagada entonces.

Con el extremo de ésta, golpeó al individuo que se encontraba más cerca, tan fuerte que se escuchó el crujido de la mandíbula al quebrarse.

No se detuvo, sino que saltó hacia el otro lado de la cama y liberó su espada del tahalí.

Antes de que el hombre al que había golpeado se recuperara y sus compañeros tuvieran tiempo de acercarse más, ya le había rebanado el cuello con el filo de la hoja.

–Si querías arrebatarme la vida, podías haberlo intentado tú solo, Modario, ¿o no tienes arrestos? No los tuviste entonces, cerca del río, así que no debería extrañarme que tampoco los tengas ahora –sentenció, mientras le hacía una seña a una aturdida Gosvinta para que se alejara cuanto pudiera.

La pequeña continuaba confundida y llorosa; Alarico, en cambio, sintió renacer la esperanza y apuntó con firmeza su espada hacia los otros dos hombres.

Su padre continuaba allí, a su lado. El fiero guerrero que había sido capaz de derrotar a Roma en el mayor de los combates permanecía en pie y parecía lejos de rendirse.

–¡Cobardes! –gritó el pequeño, envalentonado, lo que irritó a Modario, que obligó a sus secuaces a ir hacia Gundebaldo.

El muchacho trató de atacarlos, pero éstos lo ignoraron y pronto ganaron su espalda, situándose entre él y su progenitor.

–Usaré tu cabeza para adornar las bridas de mi caballo de regreso a casa –escupió el esbirro de Atanarico, desenvainando su espada.

Alarico, que se interponía en su camino, elevó la guardia como Segga le había enseñado.

A ése no lo dejaría pasar como había ocurrido con los otros dos.

Pero Modario no estaba por la labor de perder el tiempo con un niño.

Aun así, Alarico no se achantó. Arremetió con la punta de su arma, y Modario se vio obligado a desviarla, sorprendido por el empuje de su joven contrincante, y a aquélla la siguió otra no menos atinada.

Esta vez, Modario tuvo que esforzarse para detener el golpe.

Alarico continuó bailando a su alrededor, acosándolo sin pausa, pero a la vez tratando de alejar su hoja corta de la mucho más larga de su oponente, contentándose con, como si se tratara de un alacrán, atacar sólo cuando quedaba fuera de su alcance.

Gundebaldo no perdía detalle del desigual combate.

Pese a que el muchacho se batía con una bravura inusitada para su edad, era consciente de que sólo era cuestión de tiempo que perdiera energía y quedara a merced de su enemigo.

Así que se lanzó a fondo hacia los dos hombres que se habían situado entre él y su hijo, con la esperanza de vencer su guardia y auxiliarlo sin tardanza.

El grito de guerra del balto y el entrechocar de armas a su espalda desconcentró a Alarico, que no pudo evitar lanzar una mirada hacia su padre.

Modario aprovechó aquel instante de vacilación para lanzar una patada al frente que alcanzó al joven en el pecho, haciéndolo caer sobre las alfombras a varios pasos de distancia.

–¡Lucha conmigo! –bramó entonces Gundebaldo, iracundo.

La aparición de Modario a sus espaldas hizo que sus dos secuaces dieran un paso atrás y se situaran junto a su señor, aliviados al saberse lejos de la mortífera hoja del balto.

Modario sonrió de nuevo y evaluó la escena.

El muchachito que había osado enfrentarse a él continuaba tumbado en el suelo, y en el otro extremo de la habitación destacaba el rubio cabello de una aterrada niña.

Comprendió que, pese a toda la bravura de la que pudiera hacer gala el balto, la victoria no podía escapársele.

–¡Coged a los niños! –aulló Modario.

La angustia que atenazó el pecho de Gundebaldo al escuchar aquellas palabras lo hizo reaccionar más lentamente de lo que hubiera deseado.

Para cuando se había lanzado de nuevo hacia delante, espada en mano, uno de sus enemigos pasaba ya por su derecha, alejándose de él, en dirección a la aterrorizada Gosvinta.

El aullido de la pequeña al ser levantada en volandas hizo que tanto Gundebaldo como su contrincante detuvieran por un instante la lucha para mirar hacia allí. El balto sudaba y sentía que le faltaba el aire, pero la rabia, el miedo a perder a los suyos, eran acicate suficiente para no rendirse.

–¡Es a mí a quien quieres, hijo de perra! –gritó mientras los chillidos de la pequeña resonaban en el interior de la tienda.

Aprovechando aquel instante de vacilación, Caris, que hasta ese momento había permanecido junto al lienzo de la tienda sin que nadie pareciera reparar en su presencia, corrió hacia un aún aturdido Alarico.

Modario, satisfecho por cómo se desarrollaban los acontecimientos, decidió retirarse el yelmo para que su enemigo le viera bien la cara antes de arrancarle la vida.

Vio un arcón a su izquierda, a pocos pasos, y cuando dejaba el pesado casco sobre la tapa de cedro, descubrió un extraño brillo sobre ella.

Se trataba de una cruz de madera, del tamaño de su mano, recubierta primorosamente de plata y nácar.

La sostuvo ante sus ojos y la examinó con interés.

Era la señal del mismo Cristo que adoraban aquellos que habían traicionado a su señor, como Fritigerno y, o mucho se equivocaba, también Gundebaldo.

Así que la lanzó hacia atrás, asqueado, como si su solo contacto le desagradara.

–Había olvidado que Hild era cristiana... ¿Dónde está ahora? Quizás a ella no la mate. Siempre me pareció hermosa. Demasiado para un tipo como tú, cuyo valor sólo reside en la sangre de su familia.

Gundebaldo no podía desviar los ojos de Gosvinta, que lo llamaba entre lágrimas mientras forcejeaba inútilmente entre los brazos del esbirro de su mortal enemigo.

La empuñadura de la espada parecía quemarlo, traspasar su piel y chamuscarle la carne.

¿Qué debía hacer? ¿Qué demonios debía hacer?

, se preguntaba una y otra vez, incapaz de hallar la respuesta.

–Y esa preciosidad –continuó Modario, como si supiera lo que pasaba por la mente del balto– debe de ser Gosvinta, tu hija. Veo que has entendido que, si das un paso más, te despedirás para siempre de ella.

Un poco más allá, Caris había conseguido que Alarico recuperara el sentido. En cuanto se sintió con fuerzas, el chico comenzó a tantear las alfombras en busca de su espada, ignorando los ruegos de la esclava para que aprovecharan el momento y huyeran.

El sonido del metal hendiendo el aire a su espalda llamó la atención de Modario, que pareció recordar de pronto al molesto muchacho que había tratado de detenerlo.

–Y ese mocoso estúpido debe de ser Alarico...

¿Dónde está el resto de tu prole, Gundebaldo?

Me gustaría ocupar el lugar de un padre para ellos, ahora que tú, por desgracia, ya no podrás hacerlo...

–Hizo una seña al tipo que había atrapado a Gosvinta para que se acercara, y éste llevó a la pequeña junto a su señor sin apartar el filo de su espada del cuello de la niña.

Gundebaldo se obligó a permanecer en su sitio, sin desviar un instante la mirada de su hija.

–¿Dónde están tu madre y tus hermanos mayores, muchachita? –le preguntó Modario con voz calmada.

Gosvinta temblaba y gimoteaba, y cuando Modario le acarició el brillante y largo cabello con aquellas manos callosas y hediendo a cuero húmedo, trató de apartarse, sin éxito.

–¡Padre, padre! –aulló, y la voz sonó extrañamente ronca en sus labios, extenuada como estaba.

Modario, exasperado, respondió a aquella llamada de auxilio con un sonoro bofetón. De inmediato, Gundebaldo dio un paso hacia el frente, espada en mano, con las fosas nasales dilatadas.