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CAPÍTULO X
Caris apenas había tenido que esperar para convencerse de que Gundebaldo dormía a pierna suelta.
Al fin, se puso en pie, sin dejar de sujetar la pequeña mano de Gosvinta, y oteó hacia el único lugar de la tienda por el que la luz se colaba desde el exterior.
Estaba nerviosa, el corazón le latía con fuerza, pero debía ponerse en marcha, no fuera a ser que Ginta regresara y diera al traste con sus esperanzas.
Cuando comenzaba a dejar que los dedos de Gosvinta se escurrieran de entre los suyos, escuchó a una pareja de borrachos discutiendo fuera.
A aquellas voces acaloradas las siguió el sonido de una trifulca, y en pocos segundos la tela de la tienda se curvó bajo el peso de uno de los borrachos.
La esclava volvió a agarrar con rapidez la mano de la pequeña y se acurrucó a su lado.
Definitivamente, debía esperar y rezar para que a Ginta no se le ocurriera regresar antes del alba.
Desde que Caris tenía recuerdo, había sido esclava; jamás había sido libre, aunque pocas veces se hubiera preocupado por eso hasta entonces, porque ni en el peor de sus días anteriores se había sentido tan vulnerable y desgraciada como lo era en esos momentos, por mucho que la intervención de Gundebaldo, en parte, hubiera servido para mejorar su situación.
–¡Maldita sea! –farfulló Alarico desde su lecho.
Caris se alertó. La disputa de los borrachos había despertado al pequeño.
Molesto, el hijo de Gundebaldo, agarró el mullido y suave almohadón y se tapó los oídos con fuerza; ni siquiera así consiguió evadirse del escándalo proveniente del exterior, así que terminó por lanzarlo todo lo lejos que pudo, sin reparar en que el cojín cayó a los pies de la esclava.
Gosvinta se removió en el lecho, y Caris apretó ligeramente la manita de la niña.
Necesitaba que Alarico volviera a dormirse, o sus esperanzas de fuga quedarían en nada, así que, confiando en que el joven se percatara de su expresión pese a la oscuridad reinante, le dedicó un gesto tranquilizador con la cabeza.
En lugar de disminuir, el escándalo aumentó, y las risas de los borrachos pronto dieron lugar a un coro de gritos y voces inconexas.
Alarico se incorporó en el mismo instante en el que Caris se revolvía sobre las alfombras.
Ambos se miraron, como preguntándose qué ocurría.
Desde antes del mediodía se festejaba a lo largo y ancho del campamento, y las riñas eran habituales; pero ahora algo parecía haber cambiado.
Eso presentía el hijo de un Gundebaldo que seguía roncando de forma sonora y placentera en el extremo más alejado de la tienda.
Los gritos parecieron sobreponerse súbitamente a las risas, a las melodías y a las chanzas; gritos agudos, desagradables.
Y, poco a poco, el olor a humo se hacía más intenso.
Caris se incorporó y se sentó en el borde del camastro de Gosvinta, sin perder de vista al muchacho.
Inspiró, y el aire que se colaba por la abertura de la tienda dejó de recordarle al que se escapaba hacia el cielo desde los vivaques donde los hombres espetaban la carne y junto al que se calentaban.
Era más espeso y picante, como si de repente un incendio voraz se estuviera extendiendo en un bosque cercano.
Sin embargo, el calor estival aún no había llegado.
Acababa de comenzar la primavera, y el clima era todavía húmedo tras un invierno lluvioso.
Hacía semanas que allí por donde pasaban los árboles habían recuperado las hojas, de un verde intenso, fresco y llamativo.
–¿Alarico? –preguntó Gosvinta, frotándose los ojos, somnolienta.
–No pasa nada, hermanita –respondió el chico. Si bien intentaba demostrar tranquilidad, se incorporó y fue a buscar la pequeña espada que le regalara su padre. Una vez con la empuñadura fuertemente agarrada, la situó a su espalda, de forma que quedara oculta a ojos de Gosvinta.
Caris atusó con la mano libre el rubio cabello de la pequeña. Quería hablar, calmarla, pero fue incapaz. El rumor de las botas golpeando el suelo de tierra se hacía cada vez más intenso, y el siguiente aullido que escucharon pareció tan cercano que hasta Gundebaldo protestó entre sueños.
–Caris, ¿qué sucede? –preguntó Gosvinta, pero nadie le respondió, pues, súbitamente, la cortina que daba acceso a la tienda se abrió, y por ella apareció a trompicones la figura de una mujer.
Casi de inmediato, tanto Caris como Alarico reconocieron a Ginta.
Si la primera lo hizo con pesar, el segundo, esperanzado, dio dos pasos hacia ella, dispuesto a preguntarle qué demonios ocurría.
Al tercero, se detuvo en seco: la reluciente hoja de una espada surgió de la nada y atravesó limpiamente el pecho de la mujer desde su espalda.
–¡Ginta! –exclamó, tan sorprendido como atemorizado.
El cuerpo de la vieja aya rodó sin vida sobre las alfombras, con la boca aún abierta por el asombro, y al instante accedieron al interior de la tienda cuatro hombres armados hasta los dientes.
Alarico sintió que las fuerzas le fallaban. El griterío aumentó de repente, como una marea que lo arrasara todo a su paso. Venció la necesidad de cubrirse los oídos y, en su lugar, enarboló la scrama en dirección a los recién llegados, aun sin entender quiénes eran ni qué sucedía.
Aquellos cuatro hombres vestían protecciones impropias de los romanos, de aspecto rudimentario, con yelmos provistos de largas crines.
No, él no las había visto antes por esa zona, sólo mucho más al norte, cuando su padre aún servía a Atanarico.
Tanto éste como el resto de quienes lo seguían entonces utilizaban desde la gran batalla cascos y armaduras mucho más refinados, provenientes de las fábricas imperiales.
–¡Padre! ¡Padre! –gritó el muchacho, haciendo acopio de toda su valentía para evitar que el temblor de la mano delatara sus nervios.
De inmediato, Gosvinta unió su vocecilla a la de su hermano y comenzó a gritar con todas sus fuerzas.
Por toda respuesta, tres de los recién llegados se dispersaron, ganando terreno, y se dirigieron hacia los pequeños, mientras el último en acceder al interior de la tienda, un individuo de gran tamaño y de yelmo rematado por una crin color carmesí, examinaba la escena con interés.
Alarico consiguió reaccionar. Reculando, empujó a su hermana hacia el fondo de la tienda, hacia el rincón en el que su padre aún dormía, y blandió la scrama con firmeza.
–¡Padre! –volvió a gritar. Sentía las miradas de los recién llegados fijas en la hoja de su espada, tratando de adivinar si aquel pequeñajo en verdad sabía utilizar el arma.
El tipo de la crin carmesí dio un puntapié al cuerpo sin vida de Ginta y avanzó hacia el muchacho con una sonrisa en los labios. Alarico quedó prendado de aquellos ojos azules, fríos y luminosos, como el hielo que se apodera de los lagos del norte en lo más profundo del invierno.
–¡Es él, mi señor! –escuchó de pronto a su espalda.
Al girarse, Alarico descubrió que el cuarto de los guerreros se había acercado al lecho donde descansaba su padre y lo iluminaba con una tea. La sonrisa del tipo de la crin carmesí se hizo aún más patente, y dejó caer la mano izquierda.
–¡Padre! –gritaron a coro ambos hermanos con desesperación.
El guerrero que estaba junto a Gundebaldo había dejado caer la tea a los pies de la cama y las llamas comenzaban a trepar con lentitud por la manta.
Entonces, Gundebaldo pareció reaccionar.
Embotado por el efecto de la bebida y la falta de sueño, se incorporó lentamente.
Arrugó la nariz al percatarse del intenso olor que desprendía la tea, y en cuanto sus ojos parecieron acostumbrarse de nuevo a la oscuridad, se puso en pie de un salto y golpeó la manta contra el suelo, dispuesto a apagar las aún exiguas llamas.
Lejos de importunarle que el balto despertara, el guerrero de la crin carmesí soltó una risotada que hizo que Alarico se estremeciera y se aferrara aún más a la empuñadura de su scrama .
–Así que no me habían mentido: aquí está Gundebaldo, el balto, ¡el gran guerrero!
Alarico sacudió la cabeza; seguía sin entender nada.
Miró al recién llegado y a continuación a su espalda.
Caris se encontraba a pocos pasos, sin saber qué hacer, pues el cuarto de los hombres le impedía reunirse con una Gosvinta que, en ese instante, se aferraba con toda la fuerza de la que era capaz a la pierna de su padre, de manera que sus pequeños nudillos parecían haberse vuelto completamente blancos.
El joven miró entonces a su padre, con la esperanza de ver en su rostro la valentía, la ira, la determinación, la fiereza de quien se siente acorralado, pero aún lejos de rendirse; cualquier cosa que pudiera insuflarle ánimos para enfrentarse a su propio pánico, de ofrecerle la mínima esperanza de salir de aquella situación con vida.
Sin embargo, Gundebaldo estaba pálido, demudado el rostro, temblorosas las manos.
Pareciera que hubiera visto un espíritu.
–Modario... –acertó a susurrar el balto el nombre de su viejo enemigo.
A una señal de Modario, los dos hombres que rodeaban a Alarico se interpusieron entre éste y su padre, obligando a Caris a correr hacia allí para intentar ayudarlo.
El muchacho sopesó el arma y lamentó no ser más que un niño, un mocoso estúpido que había jugado a ser un guerrero.
Nada podía hacer contra aquellos hombres, por mucho que empuñara un arma.
Nada para salvar la vida de los suyos cuando lo necesitaban.
–Debiste morir hace mucho tiempo, Gundebaldo, pero supiste burlar al destino; al menos, durante un tiempo.
–¡Qué haces aquí, maldito! –exclamó el balto, sacudiendo la cabeza, como si con aquello quisiera despertar y alejarse para siempre de la pesadilla, como si aún continuara sumido en el sueño.
–Cumplir mi palabra. Juré hace mucho tiempo que te mataría, y para eso he venido.