Dragón 9 #3
27%

9 #3

Las miradas del alano y de Estilicón se encontraron, y, sin necesidad de palabras, se explicaron el desagrado que les provocaban tanto el caudillo godo como el enviado imperial.

–A mi señal, nos dirigiremos al campamento sin hacer ruido.

Dejaremos aquí los caballos y sólo tomaremos armas ligeras, nada de lanzas.

Recuerda que dos centenares de sirios se encuentran cortándoles la retirada, así que no podrán ir muy lejos.

Mujeres, ancianos y niños deben ser respetados, así como también todos aquellos que se rindan.

Además, nada de pillaje. Cuanto recuperemos debe regresar a sus dueños, salvo aquello que hayan traído consigo los bárbaros, también sus armas y armaduras –aseveró Flavio Constancio.

Modario miró a los ojos al veterano vándalo cuya cabellera, cada vez de forma más evidente, se teñía de gris.

–A los animales se les trata como a tales, romano. A los ruines se les castiga, hasta la muerte si es necesario, y a los fieles se les recompensa. Y a nadie se le ocurriría quitar un hueso a un can cuando lo tiene en la boca.

Los ojos de Constancio parecieron atravesar al godo, pero fue Buteo quien intervino:

–El tribuno tiene razón, Modario. Debemos devolver cuanto podamos a sus dueños. Eso hará que quienes viven en la provincia vuelvan a confiar en quienes servimos al emperador.

–Pero yo no sirvo a tu emperador –repuso el godo, altanero.

El rostro de Buteo, hasta el momento hierático, se contrajo en una mueca de desagrado. Agarró al godo por el brazo y lo hizo acercarse a él para hablarle al oído sin que nadie más se enterara.

–Estás aquí para servir a tu señor, y éste jurará lealtad al mío o morirá en esas malditas montañas en las que se oculta como un animal. No lo olvides, Modario; no olvides el trato que te ha traído hasta aquí.

Modario se apartó al momento, pero se guardó sus palabras. Todo lo que hizo fue emitir una suerte de bufido, antes de marcharse apartando nuevamente a Goar de malos modos a su paso.

–Ese hombre es un salvaje, en nada mejor que sus compatriotas –protestó Constancio, mostrando su descontento.

–Por eso mismo al emperador no se le ocurre nadie mejor para acabar con ellos. Dejad que se maten entre ellos como esos perros rabiosos de los que él mismo habla. Pero estáis en lo cierto, tribuno: debemos asegurarnos de que la mayor parte del botín regrese a manos de sus propietarios.

–Con esa banda de sabuesos libres de cadena alguna, ¿cómo queréis que lo hagamos? –preguntó Estilicón, situándose junto a su padre.

Buteo abrió los labios y dejó entrever unos afilados y blanquísimos colmillos.

–El emperador os ha puesto a su lado para que los controléis, así que lo dejo en vuestras manos. Sé que lo conseguiréis, pues el augusto no se equivoca cuando decide depositar su confianza en alguien.

El tribuno sostuvo la mirada de Buteo, pero no creyó detectar rastro alguno de sorna. Por su parte, el emisario le dirigió un saludo marcial y se perdió de nuevo en la oscuridad.

Allí quedaron los tres, y el silencio volvió a apoderarse de aquel rincón del bosque, mientras la suave brisa nocturna transportaba hasta ellos los sonidos de la llanura cercana, donde la fiesta no parecía decaer un ápice.

Estilicón comprobó que a su espalda tan sólo estaba el reducido grupo de antiguos protectores que jamás se separaban de su padre para volver a hablar:

–No me gusta ese tipo. Nosotros podríamos hacer esto solos.

–A mí no me gusta ninguno de los dos –secundó Goar las palabras de su amigo.

Constancio asintió y les hizo una seña para que lo siguieran. Avanzaron en silencio entre los matorrales de espino, y hasta ellos llegó el agradable olor a carne asada desde el cercano campamento. El estómago de Goar rugió, y Estilicón le propinó un golpe en el hombro, divertido.

–A mí tampoco me gustan, ninguno de ellos.

Modario es un salvaje, y a los salvajes se les debería tratar con rudeza, hasta civilizarlos.

Buteo, en cambio, es más peligroso, aunque no lo parezca, pues es muy cercano al emperador.

Fue a él a quien recurrió Teodosio para informar a Víctor de que debía abandonar el ejército y regresar a Palestina.

Los ojos de los dos jóvenes se abrieron por la sorpresa.

–¡Maldito aguilucho! –protestó Goar, indignado, aunque su compañero no lo estaba menos.

–Maldito y peligroso, así que será mejor no atraer sus ojos de rapaz hacia nosotros –convino Constancio–.

Ordenaré a los hombres que, una vez los godos sean vencidos, se aseguren de que nuestros aliados tan sólo toman una parte del botín.

Goar, tú, con unos cuantos muchachos, no perderás de vista a ese cabrón de Modario durante el ataque.

Quiero que sepa que, a este lado de la frontera, no es él quien manda.

Parece olvidarlo con demasiada frecuencia...

El alano asintió y se dispuso a cumplir las órdenes, pero al momento sintió que Estilicón lo sujetaba por el brazo.

–Lleva a Arsaces contigo y evita quedarte a solas con Modario. No me fío de él...

–Ninguno de nosotros debería hacerlo –sentenció Flavio Constancio.