Dragón 9 #2
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9 #2

Estaba agotado, mareado y la cabeza le dolía horrores.

Había bebido y comido en cada vivaque, incluso de camino entre unos y otros.

Había reído, cantado, bailado, y apenas le quedaba un hilo de voz.

Lo primero que agradeció al entrar en su tienda fue que no hubiera luz alguna.

También el escándalo parecía atenuarse tras las gruesas telas de cuero, pero aquello provocó que el mareo que sentía, en lugar de disiparse, se agudizara.

Se agarró a una de las estacas que sujetaban la tienda y cerró los ojos, tratando de mantener a raya las arcadas.

Entonces, creyó escuchar un ligero canturreo, mas fue incapaz de adivinar de dónde procedía, ni siquiera si era producto o no de su imaginación.

Con la vista aún poco habituada a la oscuridad, se puso en marcha hacia donde intuía que estaba su cama.

Allí no había rastro de movimiento alguno.

Sus hijos estarían dormidos, si es que se lo había permitido tanto alboroto, y Ginta se encontraría en el exterior.

Al imaginar a la tosca y severa anciana bailando frenéticamente alrededor de una hoguera, no pudo menos que sonreírse.

Aquella mínima distracción fue suficiente para que su pie derecho resbalara y perdiera el equilibrio.

Ahogó un reniego, y en ese mismo instante una sombra oscura pareció removerse junto a él.

Ebrio y mareado como estaba, se apartó a un lado, temeroso, hasta que comprendió que no podía ser sino la joven de tez negra a la que había liberado para que se encargara del cuidado de sus hijos, que se había cubierto con los brazos, temerosa de que la golpeara por haberlo hecho caer.

Caris, como se llamaba la esclava, se había visto obligada a quedarse junto al lecho de Gosvinta hasta que ésta se quedara dormida.

Gundebaldo alargó el brazo y agarró a la joven con fuerza por la barbilla, para contemplarla bien.

No sabía decir si era hermosa, pero sí, al menos, que no había visto a nadie como ella hasta entonces.

Le había costado una pequeña fortuna, pero le traía sin cuidado, pues ahora era más rico de lo que hubiera podido imaginar.

Gosvinta se había quedado sin madre desde muy temprano, y Gundebaldo sabía que la pequeña apenas toleraba a Ginta y sus desabridas maneras.

Desde que la joven de tez oscura estaba allí, la pequeña al menos dormía sin sobresaltarse.

Gosvinta, al percatarse de que la cálida mano de la esclava ya no estaba sobre la suya, gimoteó.

Gundebaldo, sobresaltado, soltó el mentón de la joven con rapidez y continuó su accidentado camino hacia el lecho.

Al momento, se quedó profundamente dormido.

Caris comenzó a canturrear de nuevo, con la esperanza de tranquilizar a Gosvinta.

Los dedos de la pequeña se relajaron poco a poco, y la esclava volvió a desviar la mirada hacia la entrada de la tienda.

Al oír los ronquidos de Gundebaldo, el ceño de Caris pareció relajarse.

Llevaba horas escuchando los sonidos de los festejos de esos salvajes, y había comprendido de inmediato que aquélla podía ser, quizá, la única oportunidad que tenía para intentar escapar.

En medio de aquel alboroto, y con la ausencia de Ginta, le resultaría sencillo abandonar la tienda, pero también lo sería que cualquiera de los borrachos que se encontrara en el camino la atrapara.

Podía intentarlo entonces, o también esperar hasta poco antes del amanecer, cuando tanto la luz de las hogueras como la música llegaran a su fin.

Quizás entonces, cuando la mayor parte de aquellos extranjeros durmiera, vencidos por el vino y el cansancio, sería el momento que durante semanas había esperado pacientemente.

* * *

A menos de una milla de distancia, como desde hacía unos pocos días, quienes componían la tropa de caballería de Modario y de Flavio Constancio se encontraban agazapados en el interior del bosque.

Desde el regreso de Tito Buteo, llevaban semanas siguiendo los movimientos de aquel enorme grupo de godos que aterrorizaba la provincia.

Lo habían hecho siempre desde lejos, evitando ser vistos, sin intervenir en ningún momento, ni siquiera cuando los habitantes de Filipos les habían entregado cuanto tenían.

No podían inmiscuirse si querían tener éxito.

No disponían de tantos hombres como para atreverse a un combate a campo abierto, pues el obispo de Filipos aseguraba que aquellos salvajes contaban con más de seis mil guerreros, así que no les quedaba más remedio que emboscarlos o esperar a que bajaran la guardia.

Y por fin parecía que la oportunidad se les presentaba.

–No pueden ser tan estúpidos como para no haber dispuesto centinelas –protestó Estilicón, junto a su padre en primera fila.

Los exploradores imperiales habían avisado de la ausencia de guardias en los alrededores del campamento godo; ni siquiera parecía haberlos sobre los carromatos que lo circundaban, protegiéndolo.

Confiaban tanto en su número que parecían haber olvidado toda precaución.

Más de diez mil hombres y mujeres, entre los que imaginaban habría también muchos esclavos.

Ninguno de ellos se ponía de acuerdo en el número de combatientes que podría haber allí, pero todos tenían claro que debía de ser mayor que los apenas dos mil suyos, por lo que sorprenderlos resultaba vital para sus intereses.

–El exceso de confianza puede convertirse en el peor de los enemigos –aseguró Flavio Constancio, aunque, pese a todo, tenía las mismas dudas que su hijo.

Lo habían estado hablando desde que el jolgorio se apoderara del campamento. La situación resultaba tan propicia que parecía irreal. Constancio se resistía a pensar en que podían estarse dirigiendo a una trampa, principalmente porque la decisión ya estaba tomada.

El corpachón de Modario apareció de repente por detrás de Goar, y el godo apartó al alano para situarse junto a Flavio Constancio y su hijo. Tras él llegó la siniestra figura de Tito Buteo.

–Son peores que animales: estúpidos y traicioneros –dijo el secuaz de Atanarico en su extraño latín.

Estilicón, consciente de que el godo le había dado la espalda de manera ostensible, saludó a Tito Buteo con un gesto de cabeza y se movió unos pasos, situándose junto a Goar y dejando que los hombres que comandaban aquella columna quedaran a solas.

Si el liderazgo había recaído en el enviado de Atanarico, a Estilicón no se le escapaba que su padre tan sólo estaba allí para asegurarse de que las tropas godas no decidieran unirse a sus compatriotas llegado el momento.

El papel de Buteo, en cambio, era un misterio, pues parecía mantenerse equidistante entre los dos comandantes.

Sólo tenía un señor, y ése era el augusto; aquello era algo que, a esas alturas, todos sabían.