Dragón 9
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CAPÍTULO IX

Nepociano acababa de abandonar el edificio del pretorio con un humor de mil demonios.

Lo había llamado el prefecto Corvino, y había tenido que soportar que, con arrogancia, le afeara su conducta durante los últimos meses, achacándole el no haber sabido cumplir sus órdenes de añadir nuevos alanos a sus filas. «¡Como si fuera fácil!», se decía.

Airado, sin tan siquiera avisar a Marcial o al resto de oficiales, se había dirigido sin tardanza al puerto, y desde allí esperó a que una de las navis lusoriae lo llevara al otro lado del río.

Durante la breve travesía, la brisa, cortante, hacía que el navío cabeceara más de lo habitual y que la cubierta se anegara de agua.

Sin embargo, el crecido caudal consiguió, si no reconfortar al tribuno, sí serenarlo en parte, más preocupado por llegar de una pieza al otro lado del río que por la estupidez de su superior.

Recordó cuánto odiaba el mar cuando se levantaba la tempestad.

Y también lo que decía Marcial al respecto: un buen romano no ha nacido para luchar a caballo ni para hacerlo a bordo de un cascarón, sino para hacerlo a pie, como en los gloriosos tiempos del príncipe Augusto.

Por fortuna, su padre nunca había servido en la classis del Istro, porque, en caso contrario, no hubiera tenido más remedio que seguir sus pasos y haber servido en la flota que vigilaba el enorme recorrido del río hasta desembocar en el mar.

Al llegar al sencillo embarcadero, muy cercano a la puerta sur del fortín, se encontró con Gunderedo, el burgundio que ostentaba el mando de la guarnición desde el inicio del invierno.

–Tribuno, ¡no esperábamos veros por aquí tan pronto! –lo saludó éste, con una expresión seria que Nepociano no acertó a descifrar.

Uno de los marineros lo ayudó a desembarcar, y cuando sintió los estables maderos bajo sus pies, suspiró agradecido.

–Gunderedo, imagino que ningún nuevo alano ha caído en nuestras redes, ¿me equivoco?

El burgundio negó con la cabeza, pero su rictus serio se relajó de inmediato al comprender cuál era el motivo por el que Nepociano estaba allí nuevamente.

Había sido imposible encontrar no ya un alano, sino tampoco a cuados, vándalos o sármatas.

Apenas unos pocos mercaderes se habían atrevido a acercarse hasta allí, pues el frío y la nieve habían arreciado como no recordaba en mucho tiempo.

Cada día, cuando despertaba, se acercaba a la muralla sur, y desde allí contemplaba no la lejana silueta de Brigetio, sino la más cercana superficie del río, temeroso de que llegara a congelarse.

Si aquello llegaba a ocurrir, nada los separaría de quienes vivían al otro lado, y, aunque entonces no se dejaran ver, poco tardarían en hacerlo con tal de atravesar el cauce y adentrarse en tierras del Imperio.

Eso mismo había sucedido en Oriente, aunque desde luego sin necesidad de que las inclemencias del clima se aliaran con los invasores, y en cada fortín, en cada guarnición, desde Panonia hasta Germania superior, los hombres temían que volviera a ocurrir también en el futuro.

–En todos los años que llevo aquí nunca había visto la frontera tan tranquila –reconoció Gunderedo, encogiéndose de hombros–. Ningún alano, pero tampoco un triste corzo. Nada más que árboles oscuros y nieve, montones de nieve, joder. Eso es todo lo que hemos visto.

–¿Y nuestros muchachos, nuestros alanos? –preguntó Nepociano entonces, asintiendo.

–Bien, tribuno, los he mantenido alejados de las patrullas, como me ordenasteis. Son buenos chicos, aunque muy jóvenes aún.

El romano sonrió. Sí, todos habían sido jóvenes alguna vez.

–Está bien. Pues disponemos de dos semanas para encontrar unos cuantos alanos o sármatas más. A estas alturas, me trae sin cuidado.

–Los muchachos dicen que con el viejo Flaco todo era mejor... –apuntó el burgundio, socarrón.

Nepociano se permitió lanzar una tímida carcajada. Todos los oficiales de la legión, pero también los de las unidades auxiliares, habían comprendido qué clase de arribista era Corvino. No era muy difícil de adivinar.

–La juventud, Gunderero, la juventud a la que tú tan bien has recurrido antes, es una enfermedad que sólo se cura con el paso del tiempo. Venga, vayamos al edificio principal. Me muero de frío.

* * *

Marzo del 380. Provincia de Macedonia

La suerte había sonreído a Gundebaldo y a los suyos, al menos, tal y como el tervingio consideraba que debía hacerlo.

Llevaban largos meses en la diócesis de Macedonia, y durante aquéllos nadie se había atrevido a hacerles frente.

Habían saqueado a placer cuanto habían querido, al menos lo que sus habitantes no habían conseguido llevar consigo en cuanto se enteraban de que los temibles bárbaros estaban en las cercanías.

La primavera estaba a punto de comenzar, y el escenario no podía resultar más halagüeño para el balto, pues sus seguidores aumentaban día a día.

Por si fuera poco, cuatro jornadas antes, la mayor de las urbes a las que habían osado acercarse, Filipos, había claudicado ante ellos.

Los habitantes habían entrado en pánico al verlos, y, pese a disponer de unos muros infranqueables, pidieron negociar.

El obispo convenció con facilidad a los suyos de que era mejor que sacrificaran sus bienes materiales antes que ver como sus hijos e hijas eran convertidos en esclavos por unos bárbaros malnacidos.

Quizá porque él no los tenía, y había sido el único que no había aportado ni una mísera moneda.

Gundebaldo se había acercado a las puertas seguido de un par de decenas de hombres y aún mayor número de carromatos.

Al contemplar el botín, no dio crédito, mas se guardó de demostrarlo ante un obispo que, como garante de que aquel sacrificio valiera para que los bárbaros se marcharan, se había quedado extramuros.

Caminó alrededor de las montañas de oro, plata y todo tipo de abalorios, dudando si las carretas serían suficientes para transportar todo aquello.

Pero al fin, cargadas hasta los topes, bamboleantes y achacosas, éstas abandonaron el lugar mientras él dedicaba una última mirada al religioso antes de volver hacia donde lo esperaban los suyos, una muchedumbre, centenares, miles de combatientes, que se habían dispuesto a cierta distancia de los muros de forma intimidatoria.

No pudo evitar sonreírse. Debían largarse antes de que quienes los observaban desde la muralla repararan en el ardid: la mayor parte eran mujeres a las que habían entregado cascos y armaduras.

Una jornada de camino después, los hombres, envalentonados y felices por lo ocurrido, habían exigido a Gundebaldo que les permitiera disfrutar de sus nuevas riquezas.

Almacenaban inmensos tesoros ya, pero querían más, muchos más.

Hasta hubo quien, cegado por la ambición, había propuesto que tras el banquete debían atacar Tesalónica, la capital de la provincia, de la que se habían mantenido alejados hasta entonces.

El balto los entendía. Hacía semanas que nadie osaba atacarlos, más bien al contrario: quien los veía huía despavorido.

Pero no terminaba de fiarse de que la fortuna les sonriera durante mucho más tiempo.

Llevaban allí meses, y los romanos habían tenido tiempo de organizarse y hacerles frente, pero no lo habían hecho.

Aquello le parecía inexplicable. Así que ¿hasta cuándo?

Eran apenas tres millares de hombres capaces de luchar, y se habían adentrado peligrosamente en el interior del Imperio.

Ahora que disponían de mayores riquezas de las que hubieran podido imaginar, se preguntaba si lo más inteligente no sería volver al norte, buscar más guerreros que le juraran fidelidad y luego volver a saquear.

Si conseguía eso, sí estarían en disposición de ir a esa Tesalónica de la que hablaban sin parar los más audaces.

Pero el momento no había llegado, y así se lo trasladó a los suyos, de manera tan elocuente que consiguió convencer a sus principales seguidores.

Al alba de la tercera jornada, cuando Gundebaldo creía que hombres y mujeres se preparaban para volver a los caminos, comprendió que ese día no lo harían.

Desde muy temprano, el delicioso olor a carne asada y el sonido de la música y la algarabía de unos y otros se apoderó del campamento.

Ese día tampoco habría marcha, y Gundebaldo no podía negarse.

Les debía que pudieran disfrutar un día más; después, seguirían su camino hacia el norte.

Por eso, había organizado los turnos de guardia alrededor del campamento, pero en cuanto había regresado a éste, había descubierto que varios de los centinelas se habían unido al resto de los suyos alrededor de las hogueras.

Resignado, se dijo que poco más se podía hacer.

Al amanecer del día siguiente volvería a ser el líder inflexible que los había mantenido con vida hasta entonces. Al día siguiente.

Cuando la tarde había llegado ya a su fin y sólo la luz de las fogatas iluminaba la noche, pese a que el jolgorio continuaba, Gundebaldo había enfilado el camino de regreso hasta su tienda.