Dragón 8 #3
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El burgundio sonrió y tomó asiento en una silla.

–Nunca había escuchado hablar de la cerveza vándala. Todos esos vándalos son unos cabrones, lo único que saben hacer es joder y pelear.

–Te dejaré probarla y quedarás rendido a sus encantos, ya verás.

Gundemaro se rascó la cada vez más monda coronilla.

–Yo me bebería hasta el meado de una cabra, así que déjalo para el intendente. Te llevaré hasta él, y ya veremos lo que dice. Por mi parte, la cerveza es un bien del que nunca se tiene suficiente.

El mercader dejó el cuenco sobre la mesa y esbozó una sonrisa.

–Espero que no todos los hombres de la guarnición tengan tu apetito, amigo, o no podré satisfaceros a todos. ¿Cuántos sois?

–Unos ochenta.

–No creo tener para todos, pero, si tu intendente está interesado, yo mismo me rebajaré a hablar con ese vándalo hijo de perra. ¡Todo sea por los muchachos de Roma!

En el mismo instante Fariban entró en la habitación y cerró con un portazo.

–¡Qué alivio! –exclamó Gundemaro–. Anda, Fariban, muchacho, toma asiento y también un poco de vino. Entre tu amigo y Marbod no te han dejado ni sentar el culo en toda la mañana.

Malvar examinó el rostro del mercader. No recordaba su edad, pero parecía haber envejecido aquel último invierno.

Sus mejillas estaban hundidas, y su cabello, antiguamente color zanahoria, parecía entonces casi blanco, aunque aquello último podía deberse a los copos de nieve que habían quedado enredados entre sus rizos.

–Marbod –preguntó el joven alano–, ¿son cosas mías o todo está demasiado tranquilo ahí fuera?

El mercader no respondió de inmediato. Aguardó hasta terminar el contenido de su cuenco, tras lo que eructó de forma sonora.

–Es esta jodida nieve. Nadie se atreve a salir de casa. Además, los caminos, los pocos que hay, se encuentran impracticables.

Malvar palmeó el hombro de Fariban, convencido de que a partir de entonces él iba a dejar de ser el centro de las pullas de la mañana.

–Y decíais que yo me había convertido en un jodido romano... ¡Qué serán entonces nuestros amigos cuados, que hace tiempo que parecen tiernos corderos!

Aunque Malvar lo esperaba, el burgundio no sonrió. No, él nunca provocaría a quienes vivían al otro lado, pues en no pocas ocasiones había visto como cuados, pero también sármatas y otras tribus, se lanzaban como una jauría animal contra aquellas murallas que entonces parecían infranqueables.

–Mi gente tiene sus propios problemas. Esperemos que el clima nos dé una tregua, o el verano será duro, muy duro... –razonó Marbod sin mirar al joven alano a la cara.

Consciente de que el burgundio seguía examinándolo y de que su comentario no había provocado el resultado esperado, Malvar tomó un trozo de pan con queso y abandonó la estancia.

Una vez fuera, mientras caminaba sobre los copos aún sin cuajar, se lamentó por ser incapaz de mantener la boca cerrada.

Sin darse cuenta, llegó hasta donde Fariban había dejado atado al buey.

Una nubecilla de vaho surgía de los hoyares del pacífico animal, que ni tan siquiera se inmutó por su llegada.

Aburrido como estaba, Malvar levantó la tela que ocultaba el cargamento de Marbod por una esquina y echó un vistazo.

Tan sólo acertó a ver barriles, apilados unos sobre otros, y, por debajo, una serie de maderos escrupulosamente cortados. Volvió a echar la manta.

–A veces debería estar tan callado como tú, amigo –susurró al oído del buey.

Luego, lo palmeó en la cabeza y, cuando se disponía a regresar al puesto de guardia, algo similar a un bastón situado tras el pescante llamó su atención.

Se subió y metió la mano en el hueco que quedaba entre el asiento y el cajón donde se almacenaba la carga.

Sacudió la cabeza, sorprendido, al recorrer con los dedos la familiar silueta de un arco alano.

Miró hacia la puerta, pero no había señal de que sus compañeros fueran a aventurarse a salir.

Llegó hasta uno de los extremos, y allí palpó el hueso con el que había sellado el arco.

Con hueso y tendón, para hacerlo flexible.

Tiró de éste, y lo dejó a la vista. Hasta donde él sabía, los cuados no pasaban por ser más que mediocres arqueros, y desde luego no usaban arcos como aquél.

De repente, la puerta se abrió, provocando que el alano descendiera del carromato de un salto y que sus botas quedaran anegadas en barro. Gruñendo por lo bajo, compuso la mejor de sus caras para el oficial burgundio.

–Fariban, lleva uno de esos barriles hasta el comedor mientras Marbod y yo hablamos con el intendente.

Malvar ayudó a su amigo a descargar uno de los barriles, y, una vez en el suelo, lo tumbaron sobre el empedrado para empujarlo por del patio.

No tardaron en regresar el burgundio y Marbod, y la expresión de ambos convenció a Marval de que el trato había resultado satisfactorio para las dos partes.

–Siempre es un placer hacer negocios con los chicos de la Adiutrix, oficial –afirmó el cuado, contento, al llegar junto a la carreta–. Pero aún más hoy. Dejadme unas semanas y vendré con el resto de lo prometido.

–No te demores, o aquellos que se queden sin su ración poco tardarán en protestar.

–Descuida, trataré de regresar lo antes posible. Aunque, ahora que lo pienso, no querría que cuando eso suceda ya no estuvierais vosotros, sino vuestro reemplazo. Sería una descortesía por mi parte, pero por otro lado no me gustaría que los nuevos se negaran a pagar lo acordado por mis servicios.

Mientras el mercader hablaba, Fariban apareció de nuevo, aferrándose al oscuro manto del que llevaba meses sin separarse.

–Despreocúpate, Marbod, todavía tenemos un largo y aburrido mes por delante antes de que llegue el reemplazo.

Un jodido mes... –anunció Gundemaro, haciendo una seña a los dos alanos–.

Venga, muchachos, es hora de que entréis en calor.

Descargad la carreta y llevadlo todo al almacén, antes de que esa madera comience a brotar, y tú, Marbod, acompáñame a tomar un último trago mientras dejamos a los jovencitos trabajar. Están anquilosados por el invierno...

Malvar siguió con la mirada los pasos de Gundemaro y del mercader. En unas horas, si seguía granizando, toda la piedra pulida que revestía el suelo de la fortaleza quedaría bajo un manto blanquecino y resbaladizo.

–Mierda... –exclamó Malvar.

Fariban alargó una mano y sacudió el cabello húmedo de su amigo, para luego dar un paso en dirección contraria a la carreta.

–Empieza tú, yo tengo que ir a mear –le dijo, marchando hacia la torre contigua para resguardarse del aguanieve.

Malvar comprendió que Fariban tardaría mucho en regresar. Quizá no lo hiciera. Se lo tenía merecido, razonó.