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Ante la terrible derrota militar, en las grandes ciudades de Tracia y de Macedonia eran los obispos quienes se habían arrogado el poder, y el emperador debía asegurarse su apoyo.
Un nuevo orden se establecía poco a poco en las tierras del Imperio, y, pese a los reparos de Buteo, esto era algo inexorable.
Debían encontrar a esa ingente partida de godos y acabar con ellos.
Y, para conseguirlo, tenía que servirse de salvajes como el joven alano y del maduro armenio que lo secundaba.
Sí, ése era ahora el glorioso ejército de Roma, plagado de hombres nacidos al otro lado de las fronteras, jóvenes y viejos, no sólo quienes formaban la turba, sino también los oficiales, como el salvaje Modario o el más distinguido Flavio Constancio.
Pero Buteo confiaba en que aquello fuera pasajero, pues nadie mejor que él sabía cuán traicioneros podían ser quienes nacían al otro lado de la frontera.
Si bien comprendía que, después de Adrianópolis, debían servirse de esos extranjeros, luego combatirían el fuego con más fuego, hasta que todo ardiera y el territorio se purificara, como en Britania.
Entonces, derrotarían a Fritigerno y volverían a cerrar la frontera del Istro.
Y el ejército de Roma sería, nuevamente, el asombro del mundo.
–No os molestéis. Partiremos mañana –sentenció.
* * *
Febrero del 380. Puesto avanzado de Kelemantia
Malvar abandonó el barracón muy temprano, aun con desgana. Por la noche había seguido nevando, como durante todo el día anterior. El tejado de pizarra oscura del edificio lucía entonces blanco, también la calle que atravesaba el campamento de norte a sur.
Se arrebujó lo mejor que pudo en el capote y ascendió hasta el camino de ronda de la muralla de planta cuadrada que circunvalaba la fortaleza. También allí la nieve se había apoderado del empedrado en el que unos pocos soldados se apostaban en aquellas primeras horas del día.
Saludó al primero de los burgundios con los que se encontró, sin tan siquiera saber si aquél lo había visto, cubierto como estaba por su gruesa capa, y continuó su camino.
En un momento dado, se detuvo y echó un vistazo al exterior.
También el doble foso que cercaba el campamento por tres de sus cuatro caras, todas salvo aquella que daba hacia el río, se encontraba cubierto por al menos cuatro pies de nieve.
Visto el poco trabajo que habían tenido durante los últimos meses, estaban convencidos de que nadie iba a atacarlos, y que el foso se hubiera cubierto de nieve tampoco sería un problema, pues en pocos días, si es que la nevada cesaba, se convertiría en un lodazal impracticable.
Cuando llegó cerca de la puerta norte, la que se abría hacia el Barbaricum, Malvar comprobó como la pareja de burgundios que habían pasado allí la noche se desperezaban, ateridos por el frío. Contentos por ver llegar a su relevo, se marcharon sin emitir palabra.
El alano los siguió con la mirada mientras descendían, con mucho cuidado, por las resbaladizas escaleras. Al pie de éstas, se encontraba Fariban, que lo saludó con un movimiento del brazo.
–Pensé que te tocaba el turno de tarde –elevó la voz, pues en ese instante la nevisca volvía a arreciar con fuerza.
Sin otra opción que ponerse a resguardo, Malvar corrió a situarse en una de las torres rectangulares que flanqueaban la puerta.
Una vez dentro, ahogó un reniego y se sacudió, dejando un reguero de escarcha a sus pies.
A continuación, miró por la tronera, pero al otro lado no había nada más que árboles y nieve hasta donde alcanzaba la vista
–Eh, Malvar, ¿quieres vino? –lo llamó Fariban desde el piso inferior.
La promesa de algo caliente que llevarse al estómago lo animó. En pocos instantes, se llegó junto a su viejo amigo y al burgundio con el que compartiría turno en el portalón.
En el piso inferior de la torre se había dispuesto una mesa y varias sillas, donde los hombres comían, jugaban a los dados o simplemente dejaban pasar el tiempo hasta que acabara el turno.
–Joder, vaya frío de mierda –protestó, y notó como su propia voz temblaba.
Fariban sonrió y le tendió un cuenco del que ascendían unas tenues volutas de humo. En poco tiempo desaparecerían por completo.
–Te estás ablandando –le espetó, lo que provocó que el burgundio estallara en una carcajada.
Malvar ignoró la chanza y tomó el recipiente con ambas manos, para calentarse con él. Dejándose envolver por aquella agradable sensación, creyó volver a la vida.
–Juro que pocas veces he sido más feliz que en este momento.
El burgundio, un veterano de barba entrecana, le arrojó un trozo de pan duro y mohoso que Malvar no dudó en atrapar en el aire antes de que cayera al suelo. Con el movimiento, derramó parte del contenido del cuenco.
–Un alano al que le molesta un poco de nieve y al que le gusta el vino. Lo que tenemos aquí es un jodido romano, Fariban.
Ambos rieron, y enseguida Malvar los imitó. Todavía lo hacían cuando escucharon que el único vigía que había quedado en el piso superior de la torre contigua les gritaba.
–Eh, los de abajo, ¡viene una carreta! ¡Creo que es Marbod!
Las risas terminaron de forma abrupta, y tanto Fariban como Malvar se miraron con extrañeza.
Marbod era un mercader cuado que cada cierto tiempo se acercaba hasta el fuerte con la esperanza de vender parte de su mercancía o de hacerse con productos elaborados al otro lado del río que podría vender más tarde entre los suyos.
Hacía casi tres lunas desde la última vez que se había dejado ver por allí, demasiado tiempo para lo acostumbrado, lo que había provocado que más de uno en la guarnición se preguntara si el viejo había pasado a mejor vida durante el invierno.
Lo cierto era que, desde poco antes de que se iniciara la estación más fría del año, apenas había trabajo en la fortaleza.
Al finalizar el otoño, los mercaderes cuados y alamanes habían dejado de llegar, también los grupos de hombres y mujeres que trataban de cruzar al otro lado del río, desesperados. Todo estaba demasiado tranquilo.
Para los alanos, aquella inactividad resultaba un tormento.
Ni tan siquiera podían unirse a sus compañeros en las rutinarias partidas que, cada cierto tiempo, recorrían el margen del río al este y al oeste, pues Nepociano había dejado claro que nadie podía abandonar el fuerte, salvo para regresar a la ciudad cuando terminara su guardia.
Eran demasiado valiosos para perder a uno solo de ellos, más cuando el emperador requería alanos con los que formar su nueva guardia personal.
Malvar apuró el vino, sin importarle que el líquido le abrasara su garganta, para seguidamente meterse de forma apresurada un trozo de pan en la boca.
Adelantó a Fariban a la carrera y abrió la mirilla del portalón.
Allí, a menos de veinte pasos, estaba el viejo Marbod, con su conocida carreta cubierta con una gruesa tela y una capa aún más gruesa de nieve.
–¿Qué demonios se te ha perdido hoy por aquí, Marbod? Tendrías que estar en tu casa, calentándote con tu mujer o con cualquiera de tus esclavas –preguntó en voz alta.
–Abre, alano, antes de que se me congele el culo –protestó el cuado con voz de pocos amigos.
El veterano burgundio apartó a Malvar y escrutó el horizonte, más allá del mercader.
Allí no había más que nieve y árboles, así que hizo una seña a Fariban para que procediera a retirar el madero de la puerta.
Al momento, una ráfaga de viento helado atravesó el abierto portalón, y los alanos volvieron a cerrarlo con rapidez, como si al otro lado se aproximara una turba armada y vociferante.
–Joder, Marbod, creíamos que la habías espichado –lo saludó el burgundio.
Éste lo ignoró, pues ya había reparado en el hogar que refulgía en la habitación cercana, y se dirigió a ella sin tan siquiera preocuparse de liberar al abnegado buey uncido a la carreta.
Malvar miró a Fariban, se encogió de hombros y le hizo una seña para que se ocupara del animal, mientras él seguía al burgundio y al mercader. Le debería una en adelante, pero se encontraba demasiado adormilado para permanecer en el patio un solo instante más.
–Estoy seguro de que mis valientes muchachos me han echado de menos –soltó el cuado mientras se servía un poco de vino.
El burgundio arrugó la nariz ante la atrevida conducta del mercader, pero no protestó. La llegada de Marbod, al menos, había animado una mañana de lo más tediosa.
–¿Te has perdido? –le preguntó el burgundio, volviendo a rellenar su cuenco–. Hacía mucho que no venías por aquí.
El cuado se estremeció al beber el líquido, tibio, y sus espesas y grises cejas parecieron desplegarse en su ancha frente.
–La de años que llevo recorriendo esta mierda de caminos, para que un burgundio amaestrado me venga a decir eso ahora.
Gundemaro, en lugar de molestarse, volvió a rellenar el cuenco del mercader.
–¿Y por qué demonios has salido de tu agujero en medio de esta jodida nevada?
–Soy mercader... Si fuera un jodido soldado como tú lo tendría más fácil, pero yo tengo que ganar dinero.
Antes de que empezara esta mierda de frío, un jefezuelo vándalo me entregó un cargamento de leña y de cerveza para saldar una deuda.
El muy cabrón salió ganando con el cambio, créeme, pero no hubiera sido muy inteligente por mi parte quejarme.
Así que llevo meses viendo cómo esos maderos se humedecen sin remedio, y debo deshacerme de ellos antes de que se pudran...
Pensé que llegaría sin problemas a la aldea de Chroco, el alamán, que está a dos días de camino hacia el oeste, pero llevo arrepintiéndome de la idea desde que salí de mi hogar.
Así que me acordé de los valientes muchachos de las águilas.
Imagino que, con este frío, un buen cargamento de leña nunca estará de más, como tampoco lo estará la fuerte cerveza que preparan los vándalos.
Estoy seguro de que no sabéis que ése es el mayor manjar que se puede degustar al norte del limes ...