Dragón 8
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CAPÍTULO VIII

Flavio Constancio y su columna de caballería llevaban tres meses ya con los mil jinetes godos llegados desde el norte, comandados por Modario.

Desde entonces, habían estado recorriendo los caminos lejos de la capital, en unas comarcas donde la paz ahora se había convertido en una palabra vacía.

Los habitantes de Macedonia eran testigos, por primera vez en décadas, de los estragos de la guerra.

Asistían, atónitos, a cómo desgajadas bandas de bárbaros del contingente que había acabado con la vida de Flavio Valente llegaban incluso hasta allí, cubriendo todo a su paso con un velo de oscuridad y muerte.

Oscuridad que se reflejaba en el color de los edificios, devorados por las llamas; en el dolor irreparable que consumía los corazones de los supervivientes, y en el llanto inconsolable de quienes, atados de pies y manos, eran obligados a sumarse a sus interminables reatas de esclavos.

Fincas, aldeas, pueblos enteros, todo quedaba en silencio, convertido en páramo, tras el paso de los bárbaros.

El mundo que Goar había descubierto a aquel lado de la frontera de piedra, y del que poco a poco se había creído parte, parecía agonizar lentamente ante sus ojos.

Allí no había físicos que pudieran suturar heridas o entablillar miembros rotos, ni siquiera siervos ni sacerdotes que se atrevieran a preparar y oficiar los funerales por el alma de los caídos. Allí sólo estaban ellos, y sus armas.

El joven alano había llegado a perder la cuenta del número de escaramuzas.

Nunca grandes batallas, pues no podían permitírselo.

Eran apenas dos millares de soldados, y sus enemigos siempre terminaban por confiarse.

Se unían cuando encontraban una pieza grande a su paso, cuando comprendían que solos no serían capaces de obtener el botín que, como el aire que respiraban, parecían necesitar para seguir existiendo, para después volver a separarse y disfrutar de su parte.

Como sabuesos que no quieren compartir la pieza que habían cazado conjuntamente.

Y, precisamente por eso, eran vulnerables ante los rápidos y letales de jinetes de Flavio Constancio.

Muchos habían sido los combates, pero Goar jamás olvidaría el primero.

Y no por el arrojo de los godos, algo que no lo había sorprendido, sino por la crueldad de quienes ese día eran sus aliados.

Modario era arrogante y autoritario, y sus hombres parecían tener más cuentas pendientes con Fritigerno y los suyos que los propios imperiales.

Pasadas las primeras semanas, Goar se había dado cuenta de que aquellos godos le provocaban repulsión.

No había sido así en un primer momento, pues su aspecto no era desarrapado ni de simples saqueadores.

Existía cierta disciplina entre ellos, a diferencia de las hordas contra las que habían combatido hasta entonces.

Pero, más allá de su porte marcial, eran iguales; quizás incluso peores, pues cuando entraban en batalla se comportaban con una brutalidad capaz de horrorizar al más experimentado de los jinetes de Flavio Constancio.

Aquel día, que a Goar le quedaba ya muy lejano, mientras junto a medio centenar de jinetes armenios ordenaba a los godos que habían cercado que depusieran sus armas y se entregaran, Modario y los suyos se habían lanzado como animales hambrientos sobre sus indefensas familias.

Goar escuchó a lo lejos, atónito, el lejano murmullo de decenas de voces agudas y graves, niños, mujeres, ancianos; también el sonido de las armas hendiendo el aire y matando a aquellos con los que compartían sangre y origen.

El alano no tuvo tiempo para pensar mucho más.

De inmediato, los últimos godos, llevados por la desesperación, arremetieron contra los jinetes imperiales sin importarles el resultado del envite.

Goar había sido descabalgado, pero Arsaces, el fiel armenio que pusiera Constancio a su cargo, había atravesado a su agresor de parte a parte cuando apenas había conseguido dar dos pasos.

Tras un primer momento de vacilación, los veinte infantes que acompañaban a Goar habían formado un frente y detenido a los godos en su avance.

Goar se había incorporado con rapidez, espada en mano, pero, a los pocos instantes, todo había terminado.

Sus hombres habían matado a todos los defensores mientras las voces de los suyos se apagaban al otro lado del muro de carromatos.

Fue consciente entonces de que, al caerse, había dejado atrás su yelmo de reflejos dorados, obsequio de Estilicón, y volvió a buscarlo, con lentitud, escuchando por primera vez no gritos, sino sollozos al otro lado de la barrera de carretas.

Tras sacudir la tierra del casco, se lo volvió a calar y, esa vez sí, se lo cerró bajo el mentón con ayuda de las tiras de cuero revestidas de metal.

Caminó entonces hacia el hueco que quedaba en la improvisada muralla, con varias parejas de armenios siguiendo sus pasos.

Y Goar descubrió una escena descorazonadora.

Por las armas de sus aliados godos corría la sangre, pero no la de quienes se habían enfrentado a ellos, sino la de los centenares de inocentes masacrados.

Nadie quedaba en pie más allá de los hombres de Modario y de algunas jóvenes a las que éstos arrastraban, dispuestos a convertirlas en sus próximos juguetes.

Un vistazo le sirvió para convencerse de que aquellas mujeres hubieran preferido seguir la suerte del resto de los suyos.

Al contemplar aquel horror, sin saber cómo, a su mente acudieron las palabras de Zandipo para referirse a los terribles hunos.

Él era entonces un crío, pero no se le habían olvidado: «Mitad humanos mitad demonios, más parecieran espíritus asesinos, jinetes de otro mundo, figuras sin alma capaces de los crímenes más atroces, que atravesaban la gran llanura marchitando a su paso la hierba que pisaban».

Por muy terribles que fueran aquellos malditos jinetes llegados desde naciente, pensó, no debían ser muy distintos a esos godos malnacidos junto a los que a partir de ese momento, a su pesar, no tenían más remedio que luchar hombro con hombro.

–Tenemos visita –le espetó, de repente, Arsaces desde la entrada de la cueva.

La voz del armenio, amplificada en las paredes, asustó a los seis caballos que se hacinaban al final de la cueva. Enseguida, uno de los hombres que hasta entonces descansaba en los alrededores se acercó para calmarlos.

–¿Godos? –preguntó Goar, abalanzándose sobre la scrama que había ocultado bajo el capote que le servía como almohada.

Arsaces negó con la cabeza, pero Goar creyó vislumbrar que el ceño del veterano se fruncía en un mohín de disgusto.

–El aguilucho, ni más ni menos que el jodido aguilucho.

Goar asintió. Así era como llamaban en el campamento a Tito Buteo, el siniestro emisario imperial que les había traído a Modario y a los suyos, para marcharse al instante siguiente junto al augusto.

–Ojalá eso signifique que va a llevarse a Modario bien lejos.

Arsaces esbozó una sonrisa que elevó la ancha y blanquecina cicatriz que le cruzaba el rostro desde la oreja hasta el mentón. A él tampoco le gustaba Modario; a nadie le gustaba aquel godo cabrón.

El sonido de pasos anticipó la llegada de Buteo, vestido de pies a cabeza con ropas oscuras, como era habitual en él.

El romano tiritó ligeramente, pues en el exterior hacía frío y la lluvia arreciaba con fuerza.

Con esos ojos situados muy cerca de la nariz aguileña recorrió el interior de la oquedad e ignoró a los presentes, dirigiéndose hacia la primera de las teas.

Allí se desprendió del capote y lo colocó junto a la llama.

–¿Dónde está vuestro superior? –preguntó con su voz susurrante, desagradable, recuerdo, según las habladurías de algunos, del intento de los bárbaros de Britania de ahorcarlo.

Arsaces miró a Goar. Allí sólo estaban ellos, cinco armenios y un alano. Se habían desgajado del grupo principal tres días antes para reconocer lo que ocurría al este de su posición. Aun así, no estarían a más de veinte millas del campamento de Flavio Constancio.

–Tito Buteo, ¿verdad? Puedes dirigirte a mí, soy Goar, hijo de Geiseric, y sirvo a Flavio Constancio.

El enviado imperial escrutó con interés al alano.

Fue incapaz de reconocer en sus facciones la de ningún pueblo conocido, aunque bien sabía que allí, tan al este, había tribus que jamás había visto hasta entonces.

Apreció, eso sí, que era muy joven, pero también grande y fuerte.

Si servía a Roma lealmente, como hasta entonces, el emperador podría valerse de él y moriría en paz y cubierto de riquezas; en cambio, si decidía traicionarlos y unirse a sus salvajes congéneres, debía morir, y cuanto antes.

–Goar, pareces demasiado joven... ¿Eres sármata, alano? –preguntó el romano, indeciso, aunque no veía en el muchacho los típicos ojos rasgados que se decía que tenían esos pueblos nómadas.

–Alano, en parte –puntualizó Goar, orgulloso de su origen–. El tribuno se encuentra a un día de distancia. Podemos guiaros ahora mismo hasta él o, si preferís, al alba, después de que hayáis descansado.

Para secundar sus palabras, Arsaces hizo un gesto y dos de los suyos se pusieron en pie con pesadez.

Buteo movió la mano para indicarles que continuaran en sus jergones.

Podía esperar. Allí no había partidas godas de consideración; sólo una, por la que él se encontraba allí, una a la que debían encontrar y destruir antes de que sus líderes se envalentonaran aún más y se atrevieran a dirigirse a Tesalónica, cuyo obispo había alertado al emperador de su presencia.

Y el augusto debía responder con rapidez.