Dragón 7 #4
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Palaco evitó por un instante la mirada de Alateo y observó los alrededores.

El campamento había crecido; en realidad, al contrario de los últimos meses, en los que aquél se había ido vaciando paulatinamente, parecía aumentar a cada nuevo día.

El punto de inflexión había sido la decisión de abandonar la persecución de la bruja.

A partir de ese momento, y conforme se alejaban de la zona donde los hunos se habían asentado, decenas de hombres y mujeres de distinto origen se habían unido nuevamente a ellos, incluso algunos de los que los habían abandonado las lunas anteriores.

En ese momento, eran más de diez mil almas reunidas en el campamento.

Como si pudiera leer en la mente del joven, Safrax tomó la palabra.

–Aguardaremos hasta que contemos con los guerreros suficientes para lanzarnos al ataque o para forzarlos a negociar de forma favorable a nuestros intereses. Si vemos que se encuentran preparados y nuestro éxito se ve comprometido, regresaremos.

Alateo asintió, aunque una mueca de disgusto cruzó su rostro ajado por el paso de los años y los sinsabores.

Sí, aquél había sido el acuerdo, aunque él haría todo lo posible para que no hubiera necesidad de dar marcha atrás.

Había llegado el momento de recoger los frutos que hasta entonces se les habían negado, de conseguir un lugar donde asentarse, donde gobernar como si de reyes se tratara.

Si alguien lo merecía, pensaba, era él, pues tantos sacrificios había realizado para mantener juntos a los últimos supervivientes de su pueblo.

Él sería rey, y Ataúlfo lo sucedería llegado el momento.

–Verás que a partir de ahora todo nos irá mejor, Safrax. Y no te preocupes... Más adelante, si esa perra malnacida se atreve a ponerse a tiro, le rebanaré el cuello y liberaré al crío. Te lo juro.

A Palaco no le pasó desapercibido el gesto serio del alano ante las palabras del godo, quien, tras palmearlo en el hombro, se puso en pie y se marchó. Se quedó entonces sólo con Safrax, en silencio, durante unos segundos, hasta que éste le indicó que tomara asiento.

–Alateo no sólo es un gran líder para los suyos, sino que también es un buen hombre.

Todo irá bien, te lo prometo; pero, para eso, tú debes ser nuestros ojos y nuestros oídos cuando lleguemos a Panonia.

Conoces el idioma de esos romanos, sus costumbres, también su forma de pensar y de luchar.

Quiero que, en todo momento, me cuentes lo que crees que ocurrirá, no lo que Alateo quiere escuchar. Tú y yo debemos ayudarlo.

Palaco asintió. Ése era su destino, y lo aceptaba.

Sus dioses habían vuelto a reconocerlo como a uno de los suyos.

Había vuelto a enterrar su espada en la tierra junto a otros alanos de larga cabellera, como hicieran sus antepasados.

A cada paso, a cada nuevo día, todo parecía cambiar a su alrededor, y no sólo el paisaje, pues su pueblo, siempre en movimiento, había abandonado de forma definitiva la gran pradera para adentrarse en el interior del mayor y más rico imperio.

Nada había sido igual desde que, cinco años atrás, comenzara aquel largo viaje.

En ese tiempo, había vivido varias vidas, y ahora deseaba que aquélla fuera la última.

Que sus dioses tuvieran la benevolencia de llevárselo a lomos de su caballo en batalla antes de verse obligado a abandonar a los suyos una vez más.

Era un alano y lo seguiría siendo hasta el mismo día de su muerte.

El joven desvió por un instante la mirada de las brasas y se dio cuenta de que los azules ojos de Safrax no perdían detalle de su expresión.

Claro que lo ayudaría, pues su vida también estaba en sus manos, como las de aquellos miles que lo seguían.

Lo que no llegaba a entender era el motivo por el que se dirigían a Brigetio.

Panonia era la puerta de entrada a las tierras occidentales siguiendo el curso del Istro, pero Brigetio era una ciudad pequeña, hasta donde él sabía.

–Por supuesto que lo haré.

Safrax asintió, satisfecho. Él sabía que no había sido justo con aquel joven en el pasado, como con tantos otros, pero estaba dispuesto a arreglarlo. Nadie volvería a sufrir por su egoísmo, si podía evitarlo.

–Te lo agradezco, Palaco. He hablado con Tasio, y él me ha informado de que has dado muestras de ser un gran guerrero. Un guerrero leal, además. Por ese motivo, a partir de mañana, serás uno de mis lugartenientes.

–Gracias –respondió Palaco, sorprendido.

Hubo un breve silencio, hasta que Safrax lo rompió.

–¿Sabías que mi padre luchó junto a las águilas, como tú?

Palaco dudó qué responder. Había escuchado habladurías entre los hombres, pero prefería que Safrax no supiera que estaba al tanto de ellas.

–No.

El caudillo alano llevó la cabeza de un lado a otro.

–Sí, pero él nunca regresó junto a su pueblo, junto a sus hijos, no como tú, Palaco.

–Safrax sintió que las palabras le abrasaban la garganta, como si ese reproche nunca expresado entonces le hiciera más daño que cuando era niño, cuando Beuca, su abuelo, estaba a su lado, ocupando el lugar del padre que no había tenido.

Tratando de que su compañero no se percatara de su turbación, desvió el rostro ligeramente hacia las llamas–.

Ignoro si murió en tierras de Roma añorando a los suyos o si simplemente olvidó cuanto había conocido, cegado por la codicia; sin embargo, en tu caso, los dioses te han dado una segunda oportunidad, y sé que serás digno de ella.

Ahora, ve a descansar, nos esperan unos días ajetreados.

Palaco asintió y se puso en pie, sorprendido y halagado. Safrax, el altivo y solitario caudillo, parecía haberse abierto a él, y parecía un hombre distinto al que él había conocido hasta entonces.

–¿Puedo hacer una última pregunta? –preguntó.

Safrax, que se había estirado en busca de un nuevo leño que añadir a la lumbre, se volvió hacia él y le hizo un gesto con la mano para que hablara.

–¿Por qué Brigetio, pudiendo elegir cualquier otro lugar de Panonia? Hay ciudades mucho más importantes que podrían reportarnos mayores riquezas, o que nos servirían para que las autoridades accedieran a entregarnos lo que quisiéramos con tal de que nos marcháramos.

Safrax esbozó una ligera sonrisa.

–Llevo unas pocas semanas pensando en que, si Goar hubiera sobrevivido, ¿a qué otro lugar se hubiera dirigido más que allí?

Al momento Palaco comprendió el verdadero motivo por el que Safrax había aceptado seguir a Alateo hacia las tierras occidentales del Imperio.

El mismo mocoso engreído al que tanto había detestado durante años de dura instrucción y que se había convertido en su único amigo durante unos pocos meses, volvía a cruzarse en su camino.

Confiaba en que siguiera respirando y disparando el arco con la maestría que lo caracterizaba.

Por su bien, por el de Safrax y el de todos los que lo seguían.