Dragón 7 #3
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Incluso a varios días de distancia del Istro, Palaco ya era preso del nerviosismo.

La primera vez que se había enfrentado al ancho cauce, los romanos los habían transportado en unas embarcaciones grandes y estables.

Aquel día una única idea pasaba por su mente: la de escapar.

Sin embargo, era un mocoso demasiado asustado como para ni tan siquiera planteárselo de verdad.

Sin voluntad para nada más, se había agarrado con fuerza a la borda de la embarcación, y tan siquiera se molestó por las mofas que los marineros les dedicaban a él y a sus compañeros.

A los pocos días, en la primera ciudad en la que se habían detenido al otro lado de la frontera de piedra, sí había tratado de escapar, aunque sin éxito.

–Estás aquí, Palaco –escuchó la voz Tasio y se sobresaltó.

–Vaya susto me has dado... –respondió con una sonrisa.

El lugarteniente de Safrax era uno de los pocos que lo había acogido sin reparos casi desde el principio, desde el mismo instante en que lo sacó de aquel apestoso vallado en el que se pudrían los cautivos imperiales.

Apestoso por el hedor que acompañaba a los prisioneros, pero también por el olor a derrota que emanaba de ellos.

–No creo que aquí debamos temer por los espíritus, no al menos como en el norte, donde no me hubiera extrañado que pulularan a nuestro alrededor en espera de poder arrancarnos el alma... –repuso Tasio–. Safrax me ha enviado en tu busca: quiere verte.

Palaco tardó un instante en reaccionar. Al fin, casi después de un año, su caudillo volvía a requerir de sus servicios.

Tasio se encogió de hombros y le dedicó una seña para que lo siguiera.

De vuelta en el campamento, mientras caminaban entre las fogatas, Palaco recordó la única ocasión en la que se había encontrado frente a frente con Safrax.

Había sido poco después de la gran batalla, durante la interminable cacería que los había llevado muy al norte, a tierras de la bruja, como murmuraban todos a espaldas del alano.

Aquel día lo había interrogado acerca de su vida junto a los romanos, interesado, pues su primo había sido uno de los muchachos que habían marchado con Torcuato años antes.

Palaco no podía dar crédito a aquello, mucho menos cuando todas las pistas conducían a que era Goar, su Goar, su mocoso, el primo de Safrax, aunque físicamente apenas se parecieran.

Safrax había dado gracias a sus dioses, incrédulo por su fortuna de encontrarlo, y pidió a Palaco que le repitiera el nombre de la ciudad en la que se habían instalado, dispuesto a no olvidarlo en el futuro.

Aquél fue el peor momento para Palaco, pues no tenía más remedio que informar a un esperanzado Safrax de que su primo no se encontraba en aquella Brigetio de nombre impronunciable para él, sino que, muy probablemente, su cuerpo descansaba en la colina donde había tenido lugar la gran batalla, junto al de otros miles de hombres del orgulloso ejército imperial.

Safrax había sentido como si una parte de sí mismo le hubiera sido arrancada sin remedio.

Su humor, el escaso que le quedaba, se agrió de inmediato, y sus ojos dejaron de buscar los de Palaco.

Le hizo jurar sobre su espada que jamás revelaría nada sobre el destino de su primo a su abuela o a sus hermanas, a nadie más.

Y, de inmediato, indicó a Tasio que ambos, junto con una pequeña y discreta escolta, abandonaran la búsqueda de Hilduara y regresaran sin tardanza a la colina, con la esperanza de encontrar el cuerpo de Goar, si es que aún era posible.

La visión de todo campo de batalla es algo terrible, pero más si días después los contendientes no han recuperado los cuerpos de los caídos.

Tal era el caso en Adrianópolis. El ejército romano se había encerrado tras las murallas, dejando a los suyos en el campo, pudriéndose al sol y a merced de los animales salvajes.

Palaco prefería no recordar nada de los casi dos días en los que, en compañía de Tasio, recorrió el frente de batalla de un extremo al otro, deteniendo sus ojos en cada armadura, en cada rostro sin vida.

Aunque lo intuía, sólo entonces fue consciente de las verdaderas dimensiones del desastre.

Y, pese a todo, el cuerpo de Goar no había aparecido.

Al menos esas terribles jornadas, pensaba Palaco, le habían servido para conocer a Tasio.

Al igual que Safrax, era demasiado joven para sobrellevar tanta responsabilidad, pero no por ello la rehuía.

Apenas quedaban alanos veteranos en la hueste, pues la mayor parte habían muerto luchando contra los hunos en tiempos anteriores.

Ahora eran los hijos y nietos quienes defendían a su pueblo, y sus vidas dependían de un joven poco mayor que él mismo.

De vuelta al campamento, Safrax lo recibió con frialdad, pero, gracias a la intercesión de Tasio, Palaco había sido aceptado entre sus guerreros, y poco a poco fue sintiéndose parte de un pueblo que poco le recordaba al suyo; había alanos, sí, pero también godos, incluso gentes de otras tribus que, durante las últimas semanas, al escuchar que se proponían irrumpir nuevamente en tierras de Roma, habían decidido unirse a ellos.

–Safrax, aquí está –lo informó Tasio, dando un suave empujón a Palaco en cuanto llegaron a la fogata principal.

El joven tragó saliva. Ignoraba cuál podía ser el motivo de que el alano lo llamara después de tanto tiempo.

–Palaco, éste es Alateo –anunció Safrax, señalando al rubicundo godo que se encontraba sentado frente a él.

El interpelado asintió. Por supuesto que sabía quién era, aunque jamás había hablado con él.

–Así que tú eres el que vivió entre los romanos –comentó el godo a modo de saludo.

–Sí –respondió, nervioso, sin hacerse aún una idea clara del motivo por el que lo habían hecho llamar.

–Además, estuvo una temporada en Panonia, la provincia que hemos escuchado que marca el inicio de esas tierras del oeste a las que tanto anhelas dirigirte –le explicó Safrax, para inmediatamente dirigirse de nuevo al alano–. Creo que la ciudad se llamaba Brigetio, ¿verdad, Palaco?

Palaco esbozó un amago de sonrisa. En verdad, Safrax no había olvidado aquel nombre.

Miró con curiosidad a los dos hombres, sin entender qué se les había perdido a ellos en Occidente, en Panonia, teniendo las provincias orientales a su merced, pues habían escuchado que, pese a los desesperados intentos del nuevo emperador, las bandas godas seguían devastando el territorio a su antojo.

Antes de que Palaco acertara a expresar sus dudas, Alateo tomó la palabra:

–¿Y cómo es que, proviniendo del oeste, acabaste en aquel jodido cementerio romano de la colina, hijo?

Palaco tragó saliva. Sacudió la cabeza para alejar de su mente el recuerdo de los miles de cadáveres que él y Tasio habían visto allí. La mayor parte de armaduras y armas les habían sido arrebatadas, de manera que les era imposible reconocer a qué unidad habían pertenecido.

–El emperador Graciano envió refuerzos a Oriente, y yo estaba entre ellos.

–Sí. –Alateo sonrió–. El estúpido de Graciano se cree muy importante; cree que nada debe de temer en sus tierras, y por ese motivo sigue prestando ayuda a ese títere que ha puesto en Constantinopla.

Safrax asintió. Hacía días que discutía con Alateo sobre los próximos planes.

Le debía al greutungo una compensación por lo ocurrido en el norte, por su testarudez, que a punto había estado de llevarlos a todos a la tumba.

Llegado ese momento, no tenía más remedio que secundarlo en su aspiración de intentar adentrarse en Occidente, al menos, si era posible.

Ésa había sido su condición: si los romanos se encontraban en situación de responder a su ataque, dirigirían sus pasos al este.

Se lo debía y, de alguna manera, aquello quizá también pudiera convenirle.

Esa vez sí, Palaco se animó a hablar, aun imaginando que lo que iba a decir no era lo que querían escuchar.

–Señores, permitidme, pero ¿por qué queréis marchar a Occidente cuando todavía tenemos Oriente a nuestros pies? –Eso, al menos, había escuchado de los que se les habían unido a ellos durante las últimas semanas.

Alateo lanzó un nuevo madero a la hoguera, y un sinfín de ascuas se elevaron hacia el cielo.

–Precisamente por eso. Hemos sabido que buena parte de las tropas de Graciano continúan apoyando al sustituto de Valente, y por eso entendemos que sus tierras estarán mal defendidas.

Es nuestra oportunidad, la misma que tuvo ese malnacido de Fritigerno en su momento, sólo que nosotros no tendremos que pasar antes por la humillación que él infligió a quienes lo seguían.

Aquello no dejaba de tener sentido, pero, hasta donde Palaco sabía, las defensas fluviales de Panonia seguían existiendo, al menos, hasta que él se había marchado de Brigetio. En Oriente, en cambio, hacía casi tres años que habían desaparecido: no había guarniciones, tampoco flota, nada.

–En Brigetio tienen una guarnición, así como una fortaleza en el margen norte del río. A poca distancia, hay más guarniciones, torres y embarcaciones que vigilan el río día y noche...

Mientras lo escuchaba, Safrax no podía dejar de pensar en Brigetio.

Cada vez le resultaba más difícil retener tantos nombres, tantos lugares; aquellos romanos parecían disfrutar clasificándolo todo.

Daban nombre no sólo a sus hijos y animales, sino también a sus ciudades, a los pueblos, a las simples aldeas, y, no contentos con eso, también a los ríos, a las montañas, a los lagos, a los bosques...

–Lo sabemos –afirmó–. Y por eso seguiremos paralelos al río los siguientes días, siempre hacia el oeste, hasta que lleguemos al lugar donde las defensas de la frontera de piedra vuelvan a estar en pie.

–Se cagarán de miedo en cuanto nos vean –lo interrumpió Alateo, que no pudo evitar una carcajada–. Recordarán lo sucedido y no tardarán en entregarnos a sus mujeres, su oro, todo, con tal de que continuemos nuestro camino y no los degollemos.