Dragón 7 #2
20%

7 #2

Por eso, no se dejaba vencer por el desánimo.

Estaría en la zona una temporada, pero no tan extensa como la de su predecesor.

Debía conseguir sin tardanza la promoción hacia una ciudad más populosa, con una guarnición más numerosa también.

Sólo en las grandes urbes se forjaban no ya el carácter de los grandes hombres, sino también las alianzas que, con el paso del tiempo, abrían el camino hacia el círculo del augusto.

Él no aspiraba a la púrpura, eso era demasiado, pese a que era consciente de que, de entre los últimos emperadores, algunos no provenían de casas señoriales ni familias patricias, sino de provincias como aquélla, en las que las tropas, bien comandadas y regadas con oro, eran capaces de aupar a sus generales.

Pero, en realidad, no le importaba que el emperador se llamara Graciano, Valentiniano o de cualquier otra forma, pero sí acercarse lo suficiente a él para que los talentos de oro que se le escurrieran de las manos cayeran en sus bolsillos.

La primera señal de que el destino comenzaba a sonreírle estaba en ese instante entre sus dedos.

Quizá por eso le resultaba muy difícil ocultar su nerviosismo.

Y, cuando el ruido provocado por unos nudillos golpeando la puerta resonó en la habitación, la misiva con la que jugueteaba, enviada desde la cancillería imperial, a punto estuvo de caérsele al suelo.

–Adelante –exclamó, incómodo.

–El tribuno Cayo Nepociano está aquí, prefecto, como ordenasteis –le anunció uno de sus secretarios de confianza.

Marco Elio Corvino asintió. La presencia del hombre que llevaba sirviendo a su familia desde que él era un muchacho lo tranquilizaba.

–Prefecto –lo saludó Cayo Nepociano, vestido aún con toda su panoplia, pues los emisarios habían tenido que cruzar hacia la otra orilla del río para encontrarlo.

–Tribuno, tomad asiento –le indicó Corvino, extendiendo el brazo hacia uno de los taburetes.

Era nuevo, como casi todo en la estancia.

Había hecho cambiar por completo la decoración, pues a su entender estaba tan anticuada como lo había sido su predecesor–.

Me han informado de que fuisteis vos quien trajo en su momento a los jóvenes alanos que sirven hoy en nuestras filas.

Me han dicho, también, que formaban parte de un presente para el difunto Valentiniano Augusto.

Nepociano asintió. De aquello habían pasado cinco años, y nadie hablaba ya de lo sucedido, ni siquiera él lo recordaba muchas veces.

Aquellos jóvenes, pese a la original intención del predecesor de Corvino y del maestro de caballería del difunto Valentiniano, servían como tropas de caballería auxiliares.

El ejército, y no sólo allí, siempre estaba necesitado de nuevos hombres, sin importar su procedencia.

–Sí, me adentré en el Barbaricum cumpliendo órdenes de Tito Valerio Flaco, sólo que la muerte del emperador truncó el destino de esos muchachos. Aun así, aunque muy jóvenes, son excelentes jinetes, los mejores que hemos tenido en la guarnición.

Corvino sonrió, tratando de aparentar una simpatía por su subordinado que estaba lejos de sentir.

–Quizá no se haya truncado del todo.

Nepociano se encogió de hombros y miró en derredor. La decoración de aquella estancia le gustaba tan poco como su superior.

–Perdonad, prefecto, pero no os entiendo.

Satisfecho por lo que creía había sido una intrigante actuación, Corvino dejó sobre la mesa la misiva.

–Quizás el destino de esos jóvenes sí sea el que se les había designado inicialmente. Flavio Graciano Augusto, al que los dioses nos conserven durante muchos años, ordena que le sean entregados para formar con ellos una guardia personal.

–Será un honor para ellos –acertó a decir, tratando de no dejar traslucir su sorpresa.

Corvino pasó por alto el comentario. Le traía sin cuidado lo que pasara con aquellos salvajes, sólo le interesaba lo que aquello le pudiera deparar en adelante.

–Y para la guarnición de Brigetio también. El emperador se presentará aquí antes de que comience la primavera. ¿Cuántos de esos muchachos quedan entre nosotros?

Nepociano hizo un rápido cálculo. De los cuarenta y nueve que habían llegado a Brigetio, además de a Goar y a Palaco, habían perdido a un puñado, algunos en combate, otros a causa de distintas dolencias.

Ninguno había huido hacia el norte, lo que hablaba muy bien de ellos, pero también de los hombres que los habían instruido y acogido.

–Treinta y nueve.

El prefecto ladeó la cabeza. No era un mal número, pero debía aumentarlo si quería aprovechar la oportunidad.

–No está mal, pero necesitamos más, necesitamos impresionar al augusto. ¿Dónde quedan las tierras donde viven esos alanos?

Cayo Nepociano no pudo evitar que en sus ojos se reflejara la incredulidad. Marcial lo había advertido de que Corvino era un imbécil, pero no podía creer que lo estuviera animando a cruzar el río de nuevo. Se mordió la lengua y se obligó a responder sin alzar la voz:

–Esos alanos viven muy al este, o vivían, pues después de lo de Tracia, donde muchos de ellos apoyaron a los godos, ignoro si aún lo hacen. Esos hunos han removido un avispero que es mejor ignorar mientras podamos. –«Si es que podemos hacerlo», dijo para sí mismo.

Con un suspiro, Corvino tomó de nuevo la misiva de la cancillería imperial.

A su entender, todos los oficiales de la I Adiutrix eran estúpidos, también aquel tribuno que había servido en Oriente durante la gran guerra goda.

Por otro lado, no era menos cierto que, mientras fuera un simple prefecto, no tendría más apoyos que hombres como ése, así que trató de serenarse.

–Imagino que vuestras peripecias en Oriente hacen que tengáis una idea más clara de lo que sucede allí que yo, tribuno.

Aun así, desde que estoy aquí, arriban casi cada luna decenas, centenares de esos melenudos, al margen septentrional del río, por lo que quizá no tengamos que remover ese avispero que tanto os incomoda.

Estad atento, puede que entre esos salvajes haya algunos alanos...

Si no, quizá podamos utilizar a sármatas o a cualquier otra de esas tribus salvajes en su lugar.

Imagino que no hay grandes diferencias entre ellos...

No tantas, desde luego, como para que el augusto se percate del cambio.

Nuevamente, Nepociano se mordió el labio.

Esa vez notó el peculiar regusto de la sangre.

No sabía si estaba más enfadado que atónito.

Tenía que marcharse de allí antes de tener que arrepentirse de sus palabras.

Así que se las tragó y se puso en pie. Estaba convencido de que la entrevista había terminado.

–Entendido, prefecto. Regresaré a Kelemantia y os avisaré regularmente sobre nuestros avances.

Corvino sonrió por primera vez.

–Esforzaos, tribuno, y yo os recompensaré, como de igual manera me recompensará a mí el augusto. Vuestro cometido, y el mío, es complacer a vuestro superior, así que no me falléis. Los dos nos jugamos mucho.

* * *

Noviembre del 379. Cerca de la frontera de piedra

Pocas horas antes, cuando faltaba muy poco para que la noche se apoderara por completo del cielo, las comitivas de Safrax y de Alateo habían instalado su campamento.

Como cada jornada al atardecer, habían dispuesto los carromatos en círculo defensivo, aunque hacía días que creían haber dejado atrás el peligro.

Del primero al último, del más cobarde al más valiente, todos habían agradecido que ambos caudillos decidieran al fin abandonar el tenebroso este para siempre.

Aquella extensa franja de tierra situada entre la frontera de piedra y el terreno donde ahora vivían los hunos de Balamir se había revelado como un territorio yermo, triste y cruel.

Éstos imponían la fuerza de sus armas por simple gozo, y las gentes sufrían aún más que los desgraciados romanos que se veían obligados a convivir con los godos vencedores de Valente en una tierra devastada.

Palaco era uno de ellos; como tantos, a medida que se sucedían las lunas, se preguntaba si quienes aseguraban que el fin de los días de los alanos sobre la tierra se encontraba cercano tendrían razón.

Todo había cambiado en muy poco tiempo, todas las verdades que había estado dispuesto a creer se habían hecho añicos como el frasco más delicado que hubiera visto en las casas más pudientes de Brigetio.

Pese a haberse reunido de nuevo con su pueblo, se encontraba confuso, perdido. O quizá se debiera precisamente a eso.

Terminó sus quehaceres y deambuló sin rumbo fijo, alejándose del campamento, hasta que escuchó el rumor del agua y se acercó a un pequeño afluente que vertía su caudal en el del Istro.

Aquélla sería la tercera ocasión en la que atravesaría el gran río, se dijo.

Algo que jamás hubiera imaginado cuando era un mocoso y vivía entre los suyos, los mismos de los que nadie parecía saber nada.

Había preguntado por sus familiares, por su tribu, por cualquiera que pudiera recordarle quién era él tiempo atrás, pero sin obtener ninguna respuesta.

Parecían haber desaparecido por completo, sin dejar rastro.

Y Palaco quería pensar que se habían dejado la vida en el campo de batalla con una sonrisa en los labios y la espada en la mano, y que desde entonces lo esperaban al otro lado de la gran pradera de hierba, felices y orgullosos de su joven sucesor.