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CAPÍTULO VII
Los primeros rayos de sol se colaron entre las rasgaduras que, con el paso del tiempo, se habían abierto entre las desgastadas pieles de la tienda de Safrax. También la coraza con la que él se había revestido desde hacía tanto tiempo comenzaba, poco a poco, a resquebrajarse.
Al contrario de lo que ocurría meses antes, el alano ya era capaz de conciliar el sueño, aunque se despertara sobresaltado, como ese día, a mitad de la noche.
Se había incorporado en el lecho, pero el único ruido era el de su respiración agitada.
No había nadie más, ni hechiceras de cabellos de fuego ni jinetes sin cabeza.
Tampoco nadie velaba su descanso desde que Hilduara se marchara de su lado.
Al pensar en ella, se había cubierto el cuerpo con una sábana que olía a sudor, y había permanecido tumbado, mirando la lona.
Hacía días que habían comenzado a marchar hacia el sur para acercarse, poco a poco, a la frontera de piedra; al menos, a los fortines que se mantenían en pie, pues imaginaban que los ejércitos imperiales que los ocupaban en el pasado continuaban aún más al sur, si es que no habían sido completamente exterminados a aquellas alturas.
Cada día, el paisaje parecía cambiar a su alrededor, como si a cada paso sanara poco a poco, restañando las heridas que los hunos habían dejado impresas sobre él más al norte.
«Ojalá ocurra lo mismo con mi alma», pensaba.
De repente, alguien descorrió la cortina que daba acceso a la tienda. Alertado, enseguida reconoció a Tasio.
–¿Has descansado? –le preguntó éste, dubitativo.
Safrax suavizó el ceño, pues sabía que no era un reproche.
Contempló el aspecto de su viejo amigo, que, como él, imaginaba, en nada recordaba al del muchacho que había sido poco tiempo atrás.
Si bien en los inicios en los que, por su edad, había sido alejado de los combates, durante los últimos cuatro años apenas había disfrutado de un día de paz.
Decenas de batallas e infinidad de escaramuzas habían dejado cicatrices visibles en su cuerpo y otras invisibles en su alma.
–He dormido, poco, pero me encuentro bien.
Tasio asintió, aunque no terminaba de creer del todo sus palabras.
Unas bolsas violáceas habían arraigado en el otrora hermoso rostro de su amigo, otorgándole un aspecto cadavérico.
En el último año, su corazón parecía haberse ensombrecido por tanta rabia y tanta tristeza, endurecido como una roca.
Había dejado de ser el líder preocupado por el destino de los suyos y habían sido muchos los que habían partido en los últimos meses, asegurando que el mismo hombre que los había mantenido con vida hasta entonces había sido poseído por un espíritu malévolo.
–Los hombres parecen de mejor humor desde que hemos puesto rumbo al sur. Si no fuera una estupidez, me atrevería a decir que incluso los animales marchan con mayor brío.
Antes de que Safrax contestara, la cortina volvió a abrirse y entró Caina a la carrera.
La más joven de las nietas de Amage se abalanzó sobre Tasio y lo abrazó por la cintura.
Safrax quiso sonreír al ver que el rubor encendía las mejillas de su amigo.
Amage al fin había consentido la unión entre ambos jóvenes.
Se había resistido durante lunas, amparada en que Aleda, la mayor, permanecía soltera mientras que Caina era poco menos que una niña a sus sólo dieciséis años, y, además, las circunstancias desaconsejaban un enlace.
Safrax los llevaba hacia la muerte, hasta él había escuchado aquellas habladurías.
Sin embargo, pocos días antes y para sorpresa de todos, Safrax, a petición de su hermana, había intercedido por ellos, de manera que su abuela no había tenido más remedio que dar su brazo a torcer.
Caina estampó una sonora palmada en las posaderas de Tasio, para a continuación entregarle a su hermano una jarra de la que emanaba un extraño olor.
–Cuando te dispongas a descansar, hierve el agua y deja que el aroma impregne la tienda. Baddo asegura que dormirás como un niño.
El joven caudillo notó que sus músculos se relajaban ligeramente.
Últimamente, cuando trataba de dormir, sentía como sus mandíbulas chocaban una contra la otra, fruto de la tensión, de la preocupación, de sus propios remordimientos.
Se llevó una mano a la cara y se sintió extraño.
Hacía demasiado que no se detenía a pensar en cómo se podían sentir quienes se encontraban a su alrededor, en que ellos mismos pudieran preocuparse por él, por lo que le ocurría, más allá del embrollo en el que su egoísmo los había metido.
Las palabras de la vieja sacerdotisa del pantano habían caído sobre su alma como una losa, pero, a la vez, de alguna manera, lo habían hecho reaccionar.
En el fondo, había reconocido su derrota, la más dolorosa hasta entonces.
Siempre había temido que ésta lo alcanzara en la batalla, privándolo de la victoria y avergonzándolo ante los suyos.
En cambio, había llegado sin mediar combate alguno.
Posó una mano en el hombro de Tasio y otra en el de su hermana, y les hizo una seña para que lo dejaran a solas.
Volvió a tumbarse y cerró los ojos con fuerza.
Hubiera querido volver a dormirse para contemplar una vez más el semblante de su padre, el que en un primer momento había confundido en sueños con el suyo, sólo que años más tarde, cuando ya los años hubieran hecho estragos en él.
Sí, su rostro podía llegar a parecerse, pero no así su vestimenta.
Aquel guerrero vestía como un romano como los que se habían encontrado durante los últimos compases de la gran batalla.
Pero no había sido ese detalle el único que lo había convencido de que no se trataba de él mismo, sino también el ostentoso crucifijo revestido de nácar y plata que el guerrero lucía sobre el pecho.
Estaba convencido de que debía de haber visto aquel objeto con anterioridad, pues los detalles que se le mostraban eran demasiado reales como para simplemente imaginarlo, pero ¿dónde? , ¿durante la batalla?
Resignado, abrió los ojos y se puso en pie.
Su obligación, como había sido la de su padre y su abuelo, era dirigir y proteger a un pueblo que, a cada día que pasaba, parecía difuminarse entre un paisaje cada vez más cambiante.
El árbol de la vida no había resistido el paso de las estaciones, y tan sólo las yemas más tiernas resistían la dureza de un invierno que parecía no tener fin.
Attax, el viejo amigo de su padre, había tenido razón: su tiempo comenzaba cuando el de sus mayores llegaba a su fin.
Hasta ahora no había sido capaz de reunir las fuerzas necesarias para asumir la responsabilidad.
Les había fallado; había fallado a su hijo, a sí mismo, a todos...
Daba igual que fueran entonces sólo unos pocos centenares, cuando en el pasado se habían contado por miles.
Se lo debía. No tenía más remedio que sobreponerse a su dolor y mirar hacia el futuro, como había hecho en el pasado, hasta que el destino o los dioses pusieran de nuevo a Hilduara a su alcance.
Y, entretanto, debía luchar consigo mismo, contra su propia voluntad, que parecía querer postrarlo en aquel apestoso camastro hasta que la enfermedad o la amargura se lo llevaran.
Debía hacerlo, se lo debía a su pueblo. Sólo tenía que encontrar la manera de conseguirlo.
* * *
Octubre del 379. Brigetio
El nuevo prefecto de la I Adiutrix estaba nervioso.
Marco Elio Corvino había llegado a Brigetio hacía unos meses en sustitución del veteranísimo Tito Valerio Flaco.
Nacido en el seno de una de las familias más antiguas de la Galia Narbonense, poderosa y rica durante los primeros siglos del Principado, pero venida muy a menos a partir de la Tetrarquía, Corvino estaba convencido de que sobre sus hombros había recaído la responsabilidad de volver a dar lustre al nombre de su familia.
Por eso se había decidido a emprender la carrera militar, la vía más rápida para alcanzar su objetivo.
Eran pocos los que, sin tradición familiar, se atrevían a hacerlo, sólo los más ambiciosos, y Corvino, a falta de valentía, era tremendamente ambicioso.
El comercio no les había servido para mantener su posición, pero el ejército sí lo haría; eso llevaba décadas ocurriendo en todos los rincones del Imperio.
Y por ese motivo había accedido a hacerse cargo de aquella remota guarnición del limes del Istro.
Todavía era joven, comenzaría por aquellos mil hombres, pero ascendería más pronto que tarde.
Una vez en Panonia, se había dado cuenta de que odiaba el clima de la provincia, como también los rudos modales de sus habitantes, tan diferente al de la soleada y cosmopolita Narbo, donde su familia poseía extensas superficies de viña y cereal.
Pero podía haber sido aún peor, y él lo sabía: también le habían ofrecido hacerse cargo de la guarnición de Eburacum, en el norte de la isla de Britania.
Cualquier lugar era mejor que esa isla brumosa y alejada de cualquier lujo.