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Porque además, como viera hacer a Bleda, había interpretado en las entrañas de sus víctimas el signo de las batallas, vaticinando una victoria tras otra para las armas hunas, como también que daría a luz a un varón.
Aquello había terminado por convencer a Uldin y a los suyos de que en verdad Bleda la había designado como su sucesora, de que con su último aliento le había entregado todo su saber.
Se había convertido en su amuleto, en el medio por el que seguían conectados a sus salvajes dioses.
Pero todo aquello estaba a punto de terminar, porque Balamir se impacientaba, y, a cada luna, reclamaba con mayor insistencia el regreso de su primogénito a su lado.
Hasta el momento, Hilduara había conseguido que el joven príncipe hiciera oídos sordos a las demandas de su padre, pero sabía que no podría conseguirlo eternamente.
Más pronto que tarde tendrían que regresar, y ella no tendría más remedio que exponerse al examen del viejo rey, poco dispuesto a aceptar a la nueva esposa de su hijo; más cuando su primera mujer, nacida en el seno de una de las más importantes familias de entre sus seguidores, Kreka, ya le había dado descendencia.
El suave gimoteo de Munzuk la sacó de sus ensoñaciones, y de inmediato entró en la tienda y tomó al pequeño entre sus brazos.
Acarició la suave pelusa rubia que le cubría la cabeza, la que sabía que en breve tendría que comenzar a teñir para oscurecerla y evitar así habladurías entre el círculo cercano a Balamir, y el pequeño reaccionó estrechando los labios.
Tenía hambre, e Hilduara sintió como sus senos respondían a la llamada.
Munzuk se aferró al pezón con un ansia y una fuerza asombrosa.
La goda se sentó sobre el camastro, con el pequeño aún en brazos, canturreando en un susurro para que aquél se relajara.
Así la descubrió Uldin cuando entró. En el rostro del huno se reflejaba el hastío, también el cansancio tras tantos meses de largas cabalgadas, de saqueos, de matanzas...
Ni él ni los suyos conocían otra forma de afrontar la vida.
–Tu padre exige que vuelvas... –aventuró Hilduara, dejando al pequeño sobre el lecho.
El príncipe aflojó las correas que le sujetaban la armadura y se dispuso a colgarla.
–Insiste, insiste e insiste, y debo hacerlo, o será alguno de mis hermanos el que aproveche mi ausencia para hacer creer al viejo que es más indicado que yo para sucederlo –respondió, aún de espaldas a la mujer, tratando de no hacer ruido para no despertar al niño.
La goda asintió. Ya había conseguido cuanto pretendía.
Munzuk había nacido, y nadie, a su regreso, podría dudar de que el príncipe era el padre del pequeño.
Bueno, podrían, pero Hilduara sabía que nada conseguirían.
Además, había enviado un mensaje a aquella desagradable arpía de Kreka: Uldin, su esposo, aún sin una palabra, había decidido elevar a Munzuk por encima de sus dos hijos anteriores, que para entonces estarían cerca de cumplir los dos años.
Era su pequeña gran victoria. Y ahora debían regresar.
Uldin tenía que ser elegido sucesor por Balamir si quería que Munzuk gobernara con mano de hierro más adelante, en ese futuro que tanto anhelaba.
Otra opción era esperar a que Uldin se alzara contra su padre para hacerse con el poder que le estaba destinado.
Era capaz hacerlo, lo conocía, sin embargo, tampoco se le escapaba que Uldin respetaba a su padre y que se esforzaba en servirlo como el mejor de los hijos.
Por eso, ella no forzaría tal desenlace, al menos aún, no antes de darle un hijo de su sangre.
–Ven, en adelante puede que dispongamos de menos tiempo para nosotros –dijo, a la vez que se abría aún más el manto para dejar a la vista la piel sonrosada de sus pechos, henchidos de leche pese al hambre de Munzuk.
Como esperaba, Uldin reaccionó de inmediato.
Dejó caer la armadura sin ningún cuidado sobre el soporte y se abalanzó sobre ella.
Cuando se encontraba a tan sólo dos pasos y luchaba por aflojarse el calzón, la mujer, ya sobre el lecho, elevó una pierna y colocó un pie en el pecho del huno, deteniéndolo bruscamente.
–Tu padre verá por primera vez a Munzuk y se dará cuenta de que es el mejor de sus nietos. Así se lo harás saber, ¿verdad? –preguntó con voz sugerente, mientras se deslizaba la suave seda por los hombros.
Uldin consiguió al fin desanudar los cordones, molesto, pero Hilduara no le permitió seguir avanzando.
–Conocerá a su nieto –convino con un gruñido, pero antes de que consiguiera apartar la pierna de la mujer, ésta, con un rápido movimiento, se puso en pie a su lado, semidesnuda, pero con la hoja de Alimaña en la diestra.
–El mejor y más digno de sus nietos –le susurró al oído.
El príncipe huno se giró a su vez y la agarró con fuerza, dispuesto a tumbarla en el camastro y hacerla suya sin dilación, pero Hilduara no se arrugó y colocó la hoja junto a su rostro.
–Sabes que no soy una cualquiera de la que puedas disponer a tu gusto cada vez que quieras...
El huno la soltó, tratando de no demostrar la furia que lo invadía. Sabía que Hilduara no era como las demás. Era una hechicera, una bruja, y había dado sobradas muestras de ello, por muy hermosa y deseable que fuera.
–Conocerá a su nieto y lo amará como ama a los que comparten su sangre, ¿no te basta? –respondió por fin, haciendo un esfuerzo porque su voz sonara calmada.
Hilduara sonrió, satisfecha. Debía bastar, por el momento.
Lo empujó con suavidad, y él quedó sentado al borde del camastro, desde donde continuó mirándola con deseo.
Ella se desprendió, entonces sí, del vestido, y se sentó sobre él a horcajadas.
Ladeó la cabeza para recoger la larga cabellera a un lado, y entonces se acomodó sobre su miembro erecto.