6 #2
Gundebaldo sacudió la enredada cabellera del muchacho. Sí, Alarico sería un buen líder cuando él ya no estuviera.
–Ambas son útiles, como las tenazas de un herrero, como los aperos de un labrador.
Todas cumplen su función, y por eso debes aprender a usarla.
Llegado el momento, acuchillarás con ella, por entre los resquicios que dejen los escudos de tus enemigos, con una rapidez y una eficacia como ninguna otra hoja te permitiría siquiera soñar.
Como los certeros picotazos de un ave rapaz cayendo desde el cielo para elevarse con premura y alejarse de cualquier peligro...
Servirá a tus intereses mucho mejor que cualquier otra cuando te veas en una batalla tan terrible como la que tuvimos que librar en la colina.
–Gundebaldo frunció el ceño–. Porque estoy seguro de que ésa no será la última que vean tus jóvenes ojos, hijo.
El pequeño asintió, balanceó la scrama en la mano, percibiendo su ligereza, mucho más adecuada a sus jóvenes brazos, y a continuación pasó un dedo por el filo de la reluciente hoja.
–Como un halcón –musitó en voz baja, mientras contemplaba el hilillo de sangre que quedaba sobre el metal. Siempre le había maravillado contemplar el majestuoso vuelo de las rapaces y cómo caían en picado sobre su presa para elevarse nuevamente hacia el cielo.
El carraspeo de Ginta hizo que padre e hijo se volvieran.
–Disculpadme, mi señor Gundebaldo, pero los niños deben descansar, y vos también tras tan largo día –anunció con el rostro inexpresivo y surcado de arrugas de siempre.
El balto asintió. Acababa de anochecer, y la luz de las hogueras iluminaba ya el campamento.
Al día siguiente habría que volver a empezar, poner en marcha a los suyos y continuar hacia el oeste, para alejarse en lo posible de los grandes ejércitos que Roma aún podía poner en liza. Sí, había llegado la hora de descansar.
–Venga, es hora de dormir –convino, e hizo una seña a las dos esclavas para que lo dispusieran todo para que sus hijos se acostaran.
Le resultaba extraño disponer de aquellas dos muchachas después de tantos pesares, pero ahora era de nuevo un señor y, como tal, disponía de los privilegios ganados en el campo de batalla.
Una de ellas, la que destacaba por su piel broncínea, desvió rápidamente la mirada hacia el suelo de la tienda, cubierto de caras alfombras para mantener a raya la humedad y el frío del próximo invierno.
Ginta, que mantenía el orden allí dentro como Gundebaldo hacía en el campamento, se acercó a ella con presteza y la zarandeó con violencia, dispuesta a que se pusiera manos a la obra sin tardanza.
El balto buscó la mirada de la esclava, de la que ni tan siquiera se había preocupado en conocer su nombre, pero ésta continuó con los ojos clavados en el suelo, por mucho que se hubiera puesto en movimiento ante las imprecaciones de Ginta.
Hacía muy pocos días que aquella joven había entrado a formar parte de su servicio.
Gundebaldo la había encontrado en el campamento en una de sus rondas, cuando su dueño ofrecía su cuerpo por unas cuantas monedas.
Al enterarse, había torcido el gesto, se había llevado al hombre aparte y le había entregado la bolsa repleta de anillos romanos a cambio de la vida de la muchacha.
El tipo miró a Gundebaldo como si se hubiera vuelto loco, pero aceptó el trato con rapidez.
Ya tendría tiempo de hacerse con una nueva esclava en el siguiente poblado.
Gundebaldo había ordenado a sus hombres que cubrieran a la muchacha con una capa y la llevaran a su tienda, para ponerla bajo las órdenes de la severa Ginta.
Desde luego, aquello no significaba una vida fácil en adelante, pero sí infinitamente mejor que lo que los dioses parecían haberle reservado hasta entonces.
Mientras la veía marcharse, recordó a su pequeña Baddo y lo que aquélla debía haber sufrido en el interior de aquel apestoso cuartucho a manos del romano, y supo que había hecho lo correcto.
Él no era como ellos. Él sabía lo que era el honor, sabía quién merecía sufrir y quién no, y, lo más importante, estaba dispuesto a favorecer a los segundos y castigar a los primeros, si estaba en su mano.
–Ginta, que las jóvenes atiendan a los niños. Ayúdame tú con los cierres de la armadura –indicó a la anciana, quien, sin perder ojo de lo que hacían sus pupilas, se dispuso a cumplir con las órdenes del señor.
–¿Tenéis hambre, mi señor? –preguntó.
El guerrero negó con la cabeza. Había comido junto a algunos de los suyos, tanto que hubiera jurado que era incapaz de tragar nada más en varios días.
–No, Ginta. Creo que estás en lo cierto. Lo mejor será que descanse.
* * *
Septiembre del 379. En tierras de Brynhildr
Desde la suave colina en la que Uldin había establecido su tienda, Hilduara contemplaba lo que ocurría a cierta distancia, mientras la brisa sacudía el vaporoso vestido que el huno le había regalado.
Una prenda de un color azul muy claro, de una ligereza y una belleza como jamás había visto antes.
Uldin aseguraba que había pertenecido a una princesa de ojos rasgados y piel clara como la luz de la luna nacida en el otro extremo del mundo, en el lugar donde el sol nacía cada día, en el imperio celeste, como lo llamaban los suyos.
Aunque Hilduara nunca había escuchado hablar de tal lugar, no podía estar más de acuerdo: el pueblo de Uldin sería incapaz de tejer algo tan maravilloso y delicado como aquel vestido.
A ella le agradaban aquel tipo de atenciones, sobre todo de un tipo tan tosco y violento como Uldin.
Llevaban un año allí, en las tierras situadas al oeste de las grandes montañas, pero lejos del gran río que los separaba de Roma, o lo que quedara de ella, pensaba.
Uldin había accedido a sus ruegos y, buscando complacerla, había convencido al rey de que Fritigerno y los suyos, envalentonados por la victoria frente a los romanos, podían estar planteándose recuperar sus tierras, y que por ese motivo debían estar atentos a lo que ocurría en el sur.
Balamir, aunque a regañadientes, había accedido, y todo ese tiempo, libres de su yugo, de su guía, Uldin y sus jóvenes lobos, como le gustaba llamarlos, habían elegido su propio camino.
Saqueaban y destruían a placer cuanto les apetecía, agostando las cosechas y anegando la tierra en lágrimas, sin importarles si quienes sufrían su furia eran amigos o enemigos.
El joven príncipe huno se había convertido así en el señor de la frontera, el único e incontestable, pues nadie era capaz de enfrentársele.
Godos, alanos, sármatas, taifalos, carpos; todos vivían atemorizados, deseando con todas sus fuerzas que las salvajes huestes hunas pasaran de largo frente a sus tierras.
Amparada en aquella horda vociferante y oscura como una plaga mortal, Hilduara había comprendido, por fin, lo que era el poder.
No era igual al que había disfrutado antes, cuando había creído que la posición de Hildibaldo le reportaría privilegios en el que había sido su pueblo; tampoco la ficticia seguridad que Safrax le había aportado, siempre tibia y nada ambiciosa.
No, nada de aquello podía compararse al verdadero poder, al que disfrutaba ahora.
Su palabra lo era todo, o más. Ella decidía quién vivía, quién moría, quién era recompensado o quién castigado por sus faltas o, simplemente, porque contemplar su sufrimiento la entretuviera.
Había aprendido a hacer sufrir a hombres, a mujeres, a tiernas criaturas, de mil maneras posibles.
Había aprendido, también, a hacer que todos la temieran, que la imagen de la bruja de cabellos dorados que acompañaba a la horda fuera tan temida como la de los sanguinarios guerreros de piernas torcidas.
Agradecida para siempre a sus dioses por haberle enseñado el camino, se había entregado en cuerpo y alma a instaurar de nuevo las creencias en las antiguas divinidades en el mundo de los hombres, que cada vez renegaban más de ellos en favor del débil dios de los cristianos.
Tal circunstancia la enfurecía, como también sucedía a quienes vivían en Asgard, en la morada de los dioses.
Dioses irascibles, envidiosos, vengativos y crueles, pero también generosos con quienes los servían como merecían.
Había recordado cuanto escuchara de niña de labios de los más ancianos entre los suyos, de lo que ocurriera cuando su pueblo vivía muy al norte, en el lugar en el que el sol durante el invierno apenas se mostraba y durante el verano apenas abandonaba el cielo.
Ése era el poder que necesitaban: el de los dioses del gélido norte que los habían moldeado como al metal, resistentes y flexibles a la vez.
Y ella le había sumado las nuevas y oscuras artes llegadas desde el lejano naciente.
Porque iba a dar lugar a la magia más poderosa que los hombres pudieran haber imaginado.
Imbuida por tales creencias, Hilduara había llegado a ofrecer todo tipo de sacrificios a los dioses.
Anhelaba la presencia de Woden, su fuerza, su determinación y, a la vez, anhelaba que los espíritus hunos le revelaran lo que estaba por venir.
Así, se había entregado a la macabra tarea de alimentar a Alimaña: primero, con indefensos terneros de un blanco impoluto; después, sedienta de sangre y de poder, le había ofrecido la vida de aquellos que osaban enfrentarse a Uldin.
Por eso, ya no existía Hilduara, ya sólo era Brynhildr.