Dragón 6
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CAPÍTULO VI

Por primera vez en mucho tiempo, el pequeño Alarico creía que la suerte había comenzado a sonreírles.

El otoño había llegado de forma suave. Habían atravesado ríos, calzadas y visto ciudades enormes, templos de piedra con robustas y altas columnas que parecían tocar el mismísimo cielo.

Cosas que jamás hubiera sospechado que existían.

Habían llegado más al sur que nunca, aunque el camino no había resultado sencillo.

Habían tenido que luchar a cada paso, sangrado, sufrido por cada palmo de terreno.

Hasta los más pequeños, como él o su hermana Gosvinta.

Nadie les había regalado nada, todo lo contrario.

El muchacho caminó por entre los carromatos y llegó a la tienda de su familia, la mayor y la más ostentosa, levantada en el centro del campamento.

Gundebaldo había vuelto a convertirse en uno de los principales caudillos de su pueblo, dando lustre a la vieja herencia de los baltos, la sangre de los jueces.

Bajo su mando se encontraban no sólo tervingios, sino también unos pocos centenares de greutungos, incluso unas cuantas decenas de los desertores romanos que se habían unido a ellos.

Volvía a ser poderoso, había vuelto a hacer honor a su sangre, pero estaba lejos de ser feliz, como lo había sido cuando apenas tenía nada más allá del amor de su esposa y de sus hijos.

Alarico levantó la tela y agradeció de inmediato el calor que inundaba el interior de la tienda, caldeada por los braseros.

Junto a éstos, cerca de los lechos de su padre, de su hermana Gosvinta y del suyo propio, estaban las dos esclavas que los servían desde hacía unas pocas semanas.

Ambas eran romanas, o eso al menos creía: jóvenes, silenciosas, de expresión triste, acostumbradas a recibir castigos sin merecerlos.

Pero él había visto sufrir a los suyos y entendía que la desgracia debía ser, en adelante, la única compañera de aquellas dos mujeres, como también lo había sido de ellos no tanto tiempo atrás.

–¡Alarico, Alarico! –gritó Gosvinta en cuanto lo vio.

La pequeña de los hijos de Gundebaldo corrió hacia él y se abrazó a su cintura.

–Parece que llevas tiempo sin verme, y sólo nos hemos separado unas pocas horas –protestó el muchacho, divertido.

Ella no cejó en su abrazo, y Alarico no tuvo más remedio que apartarla con suavidad.

De constitución delgada y escasa estatura, parecía aún más pequeña de los seis años.

Él ya tenía diez, y debía comportarse como el hermano mayor que era.

Le dio un suave beso en el rubio y ondulado cabello, para a continuación desprenderse del molesto tahalí con el que transportaba la espada que había pertenecido a su hermano Teudiselo.

Como aquél antes, no se separaba de ella, por mucho que la mayoría de las veces su longitud provocara que arrastrara la punta por la tierra.

–¿Cómo crees que estará Baddo? –le preguntó Gosvinta–. La echo mucho de menos...

Alarico tomó a su hermana de la mano y la llevó hacia el brasero.

Al momento, una de las esclavas se apartó con rapidez, sin osar levantar la mirada.

Él detuvo sus ojos por un instante en su piel broncínea, tan extraña a sus ojos.

Se llamaba Caris, creía, o eso le había asegurado Gosvinta, que era la única que se había atrevido a hablar con ella.

La esclava no sólo tenía la piel ligeramente oscura, similar a la de los árabes contra los que su padre había luchado en el pasado, sino que también su cabello era muy negro y rizado, lo que lo había maravillado y atemorizado a partes iguales desde el primer momento.

–Sabe cuidarse y está con los alanos. No creo que debamos preocuparnos por ella –respondió al fin, categórico, aunque él también la extrañaba.

Nada habían vuelto a saber de los alanos desde Adrianópolis.

Habían desaparecido al día siguiente, como borrados de la faz de la tierra.

Su padre aseguraba que habían regresado más allá del río, y Alarico no se atrevía a contradecirlo, por mucho que no fuera capaz de entender qué podían buscar allí ahora que las fértiles y ricas tierras de Roma estaban a su merced.

–Padre también piensa mucho en ella, aunque no lo diga –insistió la pequeña.

El muchacho atrajo a su hermana hacia sí.

Por supuesto que Gundebaldo añoraba a su hija, casi tanto como a su primogénito, pero, en el caso de Baddo, la mejor opción era que marchara con los alanos.

También para ella. Aunque todo hubiera mejorado los últimos tiempos, ni Gundebaldo ni Baddo se sentían cómodos cuando se encontraban juntos.

Ninguno había olvidado lo ocurrido tras la muerte de su madre, por mucho que se hubieran perdonado, como Alarico intuía.

Tampoco él lo había olvidado, pese a lo niño que era en ese entonces.

Gosvinta, en cambio, nada recordaba. Los niños lo olvidan todo, solían decir las mujeres, pero él no lo haría. Por supuesto que no.

–¿Tú nunca me abandonarás, verdad, Alarico?

La pregunta sorprendió al muchacho. Desde la muerte de Teudiselo y la partida de Baddo, sólo estaban ellos dos, pues Gundebaldo se encontraba siempre ocupado dirigiendo a los suyos.

Poco después de la gran batalla, habían quedado al cuidado de una vieja matrona tervingia de nombre Ginta.

Se trataba de una mujer dura, como todos los que habían sobrevivido, pensaba Alarico.

Había perdido a su esposo y a sus hijos, y tal vez de ahí le venían su carácter reservado y un cabello prematuramente cano.

Se encargaba de que nada les faltara ni a Gundebaldo ni a sus hijos de éste, pero ningún cariño podía esperarse de ella, menos aún de las esclavas, así que el lazo entre ambos hermanos se había fortalecido con el paso de los meses.

–No, si tú no quieres que lo haga. Aunque, cuando seas una hermosa joven casadera, no me imagino que quieras tener a tu estúpido hermano yendo detrás de ti como un perrito.

La pequeña respondió de inmediato a la pulla golpeándolo con los puños. Pronto las risas se mezclaron con los golpes, pero entonces la tela de la tienda volvió a levantarse, y los dos se volvieron hacia allí de inmediato, agitados y despeinados.

A contraluz, apareció la maciza figura de Gundebaldo.

El balto parecía haber rejuvenecido durante los últimos meses, ahora que la victoria le volvía a sonreír.

Era el mismo hombre de porte distinguido que recordaba Alarico antes de la muerte de su madre.

Su cabello parecía brillar como antaño, y su barba color de la cebada lucía frondosa.

Volvía a ser un gran señor, vestía también como tal e infundía pavor entre sus enemigos y respeto entre quienes lo seguían.

–¡Ah, hijos míos! –exclamó, abriendo los brazos para que se le acercaran.

Ninguno de los dos se hizo de rogar, y ambos dejaron que su padre los abrazara, sin importarles lo frías que pudieran estar las miles de anillas que componían su cota de malla, tampoco la molestia que suponía la empuñadura de la espada que sobresalía de su costado izquierdo.

El vacío por la muerte de su madre sería imposible de rellenar, pero el cariño de Gundebaldo había servido, en parte, para mitigar el dolor de sus corazones.

Ya no se levantaban por la noche recordando el hambre acuciante, el miedo, el horror por ver a su padre borracho y en un estado cercano a la locura.

Aquello había quedado atrás. Ahora, al fin, pese a la muerte de Teudiselo en batalla y la definitiva partida de Baddo, Gundebaldo había vuelto a ser el padre que tanto añoraban.

El hombre los apartó con suavidad, y estudió sus rostros.

Todo en Gosvinta le recordaba a su añorada Hild: su cabello claro y ensortijado, los hoyuelos de las mejillas, también su expresión sosegada y dulce.

Alarico, en cambio, era su viva imagen, con una complexión recia para ser un muchachito, fruto de las horas que pasaba entrenando con la espada y el escudo, y el cabello largo para su edad, queriendo parecer un guerrero antes de tiempo.

Como él, también era decidido, impaciente y estaba dispuesto a afrontar cualquier adversidad que se cruzara en su camino.

Aquello lo llenaba de orgullo. Alarico sería un gran líder.

Pero, de igual manera, la intrepidez del muchacho lo hacía temer por su vida.

–¿Ya has ido a practicar con Segga? –le preguntó, extrañado de no verlo con aquel espadón que cargaba siempre de un lado para otro.

–Acabo de volver –respondió él, orgulloso, señalando el tahalí a su espalda.

Gundebaldo asintió y tomó el arma. La desenvainó y la blandió con maestría, haciendo que la empuñadura pareciera resbalar entre sus dedos.

No le gustaba aquella espada, no le gustaba recordar que Teudiselo había perdido la vida con ella entre las manos.

Su hijo mayor nunca había tenido alma de guerrero, al contrario que Alarico.

Aun así, había hecho honor a la sangre de sus antepasados.

Volvió a dejarla sobre el vellón que cubría parte del lecho de Alarico, para sacar de debajo de su capote una scrama del tamaño de su antebrazo.

–Aprende con ella, pero usa ésta hasta que llegue el momento –le dijo, tendiéndosela.

No tuvo que repetirlo. Alarico se abalanzó sobre ella y, con las yemas de los dedos, recorrió el intrincado dibujo que adornaba la vaina de madera y piel de oveja.

–Es muy pequeña –apuntó, ligeramente decepcionado.

Su padre esbozó una mueca y sonrió a Gosvinta, que los observaba sin perder detalle.

–Lo es, pero no encontrarás arma mejor con la que atacar a tus enemigos cuando luches por tu vida cuerpo a cuerpo, tampoco cuando combatas en un asfixiante muro de escudos. –Aunque quiso evitarlo, su mirada terminó posándose en la spatha que había quedado sobre el camastro.

Alarico, que percibió el movimiento de los ojos de su padre, alargó el brazo y agarró el arma.

–Me gusta ésta –aseveró, orgulloso.