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–Sí –respondió él, aunque en su voz se adivinaba inseguridad.
La mujer cerró los ojos un instante y echó la cabeza hacia atrás. Entonces, habló, con la voz aún más grave que hasta ese momento:
–Esa mujer a la que buscas, maldecida por los dioses, marchita la tierra allí por donde pasa, y lo mismo hará su retoño llegado el momento, sin importar lo que vosotros hagáis por salvarlo.
Safrax cerró los ojos un instante, deseoso de interpretar las palabras de la mujer correctamente.
Él mismo había asolado la tierra más allá de la frontera de piedra, sólo que había sido para ofrecerle a los suyos la posibilidad de seguir viviendo un día más.
Sabía, además, que los dioses, cuando hablaban a través de los mortales, eran ambiguos.
¿Haría su hijo lo mismo que él, obligado por las circunstancias, o arrasaría por allá donde pasara, marchitando la tierra, movido únicamente por el odio y la crueldad, como su madre?
–¿Recuperaré a mi hijo? ¿Conseguiré arrebatárselo a esa bruja? –preguntó Safrax, y la anciana se sacudió, presa de un escalofrío.
–Sólo la muerte será capaz de separarlo de su madre, pero ésta aún tardará en desplegar su oscuro manto sobre ellos. Y ninguno de vosotros será el responsable.
El gesto de abatimiento de Safrax contrastó con el de esperanza que se dibujó en las facciones de Alateo.
El oráculo había hablado. Era inútil perseverar en aquella persecución.
El pequeño moriría antes de separarse de su madre, o tal vez fuera ella la que encontrara antes la muerte.
De cualquier manera, aquello no ocurriría de la noche a la mañana ni sería por su mano, muy a su pesar.
A su entender, había vencido. Ni siquiera Safrax, en su testarudez, podía seguir resistiéndose a la verdad.
–Entonces... –musitó el alano, incrédulo, pero la anciana lo cortó de inmediato.
–Nada más te puedo revelar, hijo de Respendial. Y jamás vuelvas a preguntarme sobre ella o sobre su progenie, pues lo que he visto sería capaz de perturbar hasta a los propios dioses.
–¿Qué es lo que has visto? –se atrevió a intervenir Amage, inquieta.
–He visto a un hombre aún más cruel que esa mujer.
Un hombre que todavía no ha nacido y al que ninguno de los que estamos aquí hoy conoceremos.
Él, que llevará su sangre, será el verdadero azote de los mortales, pero también de los propios dioses.
Ahora marchaos, bastante me habéis alterado ya. ¡Idos!
Con una agilidad impropia para su edad, se puso en pie, se guardó los huesecillos y, sin más, se dirigió de nuevo hacia su choza con paso decidido.
Ellos cuatro, por el contrario, permanecieron en el sitio, inmóviles, mientras el croar de las ranas y el desagradable murmullo de las aves aumentaba de volumen a cada paso de la hechicera. La ciénaga al completo parecía haber despertado súbitamente.
Alateo fue el primero en reaccionar. Cortó la cuerda que lo había mantenido unido al prisionero con el puñal y le dedicó una mirada cargada de desprecio.
–Esa vieja dijo que ningún hombre podía venir aquí sin que fuera invitado y sin haber sido previamente vendado, pero nada dijo respecto a la forma de marcharse.
Así que a ninguna de vosotras dos se os ocurra volver a utilizar esa hedionda tira de tela conmigo –anunció, mirando nerviosamente en todas direcciones.
Safrax no podía dejar de mirar hacia la tosca choza construida entre los robles.
¿Había hablado ella o había sido la antigua diosa del lugar la que había hablado por su boca?
¿Acaso sus palabras indicaban que debía abandonar la búsqueda en la que había empleado todas sus fuerzas, toda su fe, todo su amor?
¿Acaso podía ser cierto que su pequeño estaba condenado a vivir bajo la oscura ala de su madre hasta que la muerte los separara?
–Venga, vayámonos de una jodida vez. Este sitio me pone el vello de punta.
Además, ya habéis escuchado a esa hechicera.
Nada conseguiremos persiguiendo a esa maldita zorra.
¡En marcha! –insistió Alateo, aunque, al ver la suplicante mirada de Safrax, suavizó el ceño y su discurso, conciliador–.
Te prometo, amigo mío, que volveremos a intentarlo algún día, aunque no sea nuestra mano la ejecutora de nuestra venganza. Vamos.
Safrax fue incapaz de responder, pero al menos se puso en pie.
No, definitivamente, no había nada más que pudiera hacer allí.
Cuando Baddo unió sus pasos a los de los dos hombres, Amage aún permanecía quieta, con la vista fija en el hogar de la sacerdotisa.
En su cabeza resonaban sus últimas palabras.
¿Quién sería ese hombre que haría lamentarse a los mismísimos dioses?
¿Qué mayores desgracias podían acaecer? Su mundo se desmoronaba, los suyos habían sido alejados de sus tierras para jamás regresar...
La profecía que aquel maldito huno lanzara en el pasado a su añorado abuelo Beucca parecía haberse cumplido punto por punto ¿Qué les quedaba entonces?
Sólo continuar avanzando, vivir día a día hasta que el final, inexorable para todos, los alcanzara.
Eso haría, se dijo. Y disfrutaría de cada instante junto a los suyos, aquellos que aún se encontraban a su lado y aquellos que, aunque lejos, como Goar, sentía todavía cercanos a su corazón.