5 #2
No lo culpaba, sino que intentaba comprenderlo y consolarlo.
Ella misma se sentía confusa. Recordaba que en ese margen del río había vivido la etapa más feliz de su vida.
Luego llegó la desgracia, al menos, hasta que Amage se había cruzado en su camino, y por ese motivo había creído que volver allí llenaría su alma de paz.
Sin embargo, igual que al alano, una sombra parecía apoderarse de ella más cada día.
Nada era como antes. No pensaba en su familia, de quien no tenía rastro alguno; había decidido separarse de ellos, que aquél no era su sitio, y no se arrepentía.
Aun así, en aquel lugar que tan bien creía recordar y en el que tantas esperanzas había depositado, nada parecía ser como antes.
No sólo los hunos habían dejado impreso en la tierra y en los corazones de quienes aún vivían allí el rastro de sus afiladas garras, sino que, hasta el mismo cielo, sin importar la estación, estaba clalramente más oscuro, triste y plomizo.
Lo mismo ocurría con los bosques o con las montañas: sombríos, inhóspitos y peligrosos.
Hasta entre los animales abundaban cada vez más rapaces y carroñeros, cada vez menos temerosos de los hombres.
Como si la tierra misma se lamentara en silencio por lo ocurrido.
–Espero que esa vieja consiga meter en tu dura mollera algo de sentido común. Me disgustaría tener que separar nuestros caminos –dijo Alateo, suavizando el semblante.
Safrax asintió. A él también le disgustaría separarse del greutungo, pero no dejaría a su hijo en las garras de Hilduara si podía evitarlo.
–Amage asegura que se trata de la mujer más sabia que existe, y que Hilduara la teme. Si es así, estoy segura de que puede sernos de ayuda –apuntó Baddo, tratando de mantener la esperanza.
El alano meneó la cabeza. Hilduara no temía a nadie, si acaso a sus dioses.
–Jamás pensé que pudiera conocer a una mujer más sabia que mi abuela.
Baddo sonreía por la respuesta cuando las dos ancianas salieron de la choza.
La figura que avanzaba junto a Amage lucía encorvada, vestía ropajes desgastados y coloridos, de corte muy extraño a ojos de los demás.
De inmediato, Alateo tiró de la cuerda que mantenía al huno atado a su muñeca y lo hizo postrarse en el suelo.
–Así que éste es el hombre... –aseveró la sacerdotisa, deteniéndose a pocos pasos de Safrax–. ¿Cómo te llamas?
El joven caudillo la escrutó con curiosidad. Era muy pequeña, de rostro arrugado y ojos muy claros, casi translúcidos. Desvió la vista hacia su abuela y se asombró al ver que, en comparación, Amage parecía una chiquilla.
–Me llamo Safrax, hijo de Respendial.
La mujer dio un paso más hacia él, hasta quedar a poco más de un palmo de distancia de su pecho. Sus ojos apenas eran capaces de ver.
–Con ese largo y cuidado cabello pensé que eras más bien una muchacha. Una virgen, si es que todavía pudiera encontrarse alguna por ahí.
El alano no pudo menos que sonreírse. Pero no había llegado hasta allí para entablar una conversación distendida con una mujer que podía tener la misma edad que los enormes y ajados robles junto a los que había levantado su hogar.
–Dicen que nadie es tan sabio como tú, venerable anciana –comenzó, ceremonioso.
–Dicen muchas cosas –lo interrumpió ella con voz susurrante, como si se tratara del mismo viento que se colaba entre los fantasmales troncos–. Hace frío aquí fuera y yo ya no soy una niña, así que dime: ¿qué es lo que deseas saber?
–Hace un año que busco a una mujer, a esa a la que llaman Brynhildr.
La sacerdotisa se volvió hacia Amage, despacio y con la boca abierta, dejando a la vista una irregular hilera de dientes amarillentos.
–Debes haber perdido el juicio, jovencito. Nadie busca a ese engendro, no si lo que quiere es continuar con vida.
–Es la madre de mi hijo. Deseo salvarlo, quiero arrancarlo del seno de esa mujer maldita y ofrecerle que crezca a mi lado.
La anciana ladeó el rostro sin dejar de mirar al alano. De pronto, lanzó una carcajada histérica, cuyo eco se repitió hacia el interior de la ciénaga, siendo respondido por todo tipo de alimañas.
–Eres valiente, joven, e ingenuo, pues el mal que anida en el alma de esa mujer nunca podrá ser arrancado de raíz; un mal con el que alimenta a su cachorro a través de sus pechos henchidos.
Por un momento, Safrax pareció perder la compostura, pero se contuvo enseguida al ver el gesto imperioso de su abuela.
–El pequeño no tiene la culpa de que su madre sea un monstruo. Sólo pido una oportunidad para él. Nadie es malo por naturaleza... –arguyó, sumiso, mientras buscaba el apoyo de Amage con la mirada.
–Su demanda es justa, su corazón es noble –afirmó ésta, convencida.
La anciana sacerdotisa alargó el brazo y palpó el afilado rostro de Safrax con su mano esquelética.
–Casi quisiera tener cuarenta años menos para poder deleitarme con mis propios ojos del hombre que tengo frente a mí... Valiente, sin duda, pero también estúpido. El mal existe..., y es tan antiguo como el primero de los hombres.
Entonces fue Baddo la que reprimió una sonrisa, al ver que las mejillas de Safrax se arrebolaban.
–Hemos escuchado que eres capaz de hablar con los viejos dioses, y mi nieto necesita de tu sabia guía, señora del pantano –continuó Amage.
–¿Y qué es lo que quieres saber, hijo de Respendial?
–Deseo saber si seré capaz de recuperar a mi hijo. Si debo insistir en su búsqueda como he hecho hasta ahora o, por el contrario, cualquiera de mis esfuerzos resultará inútil.
–¿Y por qué mi señora debería responderte? ¿Acaso realizarás un sacrificio digno a sus ojos?
Alateo dio un paso al frente, a la vez que tiraba de la cuerda y hacía que el hechicero huno quedara tendido en el suelo. Trató de chillar, pero los trapos con los que le habían tapado la boca sólo le permitieron emitir un ligero gemido.
–Entregamos a la diosa a uno de los engendros que se proponen destruir a toda deidad que no sea la suya propia. Sólo se me ocurre un sacrificio mejor, pero no es otro que la vida de la mujer que asola estas tierras: Brynhildr. Tiempo habrá para ello...
La sacerdotisa retiró la venda que cubría los ojos del huno, y, a continuación, le palpó el rostro y las vestiduras, plagadas de huesecillos.
Éste, como un animal acorralado, intentó zafarse del examen de la anciana, pero, a su primer movimiento, el godo, que lo seguía sujetando con la cuerda, le propinó tal golpe que quedó tendido nuevamente sobre la hierba.
La anciana rio, con una risa desagradable, y Safrax suspiró de forma imperceptible.
Hacía mucho tiempo que sabía que, llegado el momento, tendría que acabar con la vida de Hilduara.
Incómodo con la idea, y precisamente por eso, no había cejado en su empeño de encontrarla durante los meses en los que intuía que el pequeño no había nacido aún.
De haberla atrapado entonces, quizás hubiera convencido a los suyos de que la dejaran vivir hasta que alumbrara a su hijo, y sólo quizá, Hilduara hubiera vuelto a ser ella misma y se hubiera salvado.
Ahora era consciente de que eso era imposible.
Su hijo había nacido, e Hilduara ya había muerto para todos ellos, incluso para él.
Tan sólo existía Brynhildr, un monstruo que en nada recordaba a la mujer que él había amado.
La anciana había vuelto la mirada hacia el godo y lo observaba con interés, aunque apenas era capaz de distinguir más allá del contorno de su silueta.
–¿Y quién eres tú, que trae un sacrificio grato a los ojos de la diosa y que pretende convertirse en verdugo de la asesina de dioses?
–Soy Alateo, el hermano de esa perra malnacida.
La mujer sonrió, aunque en aquel rostro arrugado y marchito el gesto se asemejó más a una mueca grotesca.
–Ese sacrificio sería bien grato a los dioses, estás en lo cierto. Nada lo sería más, pues esa mujer, junto con esos malditos hechiceros llegados desde Oriente, se ha propuesto acabar con ellos y romper el equilibrio de nuestro mundo.
A continuación, sin que Alateo reparara en ello, sacó un cuchillo de entre sus ropas y, con una agilidad inesperada, seccionó con un rápido y certero golpe la garganta del prisionero.
Baddo dio un salto hacia atrás, sorprendida y asqueada a la vez al ver el súbito reguero de sangre; los demás, en cambio, permanecieron inmóviles mientras la anciana adivina parecía estudiar los movimientos convulsos que se apoderaban del moribundo.
Poco después, el cautivo quedó inmóvil, y la ciénaga, en silencio.
Satisfecha, la anciana chasqueó la lengua repetidas veces. De inmediato, se vio correspondida por sonidos lejanos de todo tipo de animales.
–Sentaos, sentaos –anunció la sacerdotisa, acomodándose la falda para tomar asiento sobre la hierba, a pocos pasos del cadáver.
Safrax esbozó una mueca cuando la humedad de la hierba le traspasó las ropas.
Odiaba aquel lugar, como se odiaba a sí mismo por no haber sido capaz de alejar a su hijo de Hilduara.
Se fijó por un momento en el rostro cansado de Baddo, que se mantenía a cierta distancia del cuerpo sin vida del hechicero huno.
Se había acostumbrado a aquellos ojos esquivos que le conferían el aspecto de un animal siempre alerta.
Baddo ya vestía como Amage y sus hermanas, también había comenzado a trenzarse el cabello como hacían las mujeres de su pueblo.
En el fondo, ya era una de ellas, y de hecho su abuela parecía haber encontrado en ella la pupila en la que depositar todos sus conocimientos.
La hechicera metió la mano izquierda entre sus ropas y sacó un conjunto de huesecillos.
Safrax aguzó la vista y reparó en que parecían haber sido marcados de alguna manera, quizá, a golpe de cuchillo.
Sin mediar más palabras, la mujer los embadurnó en la sangre del huno y luego los lanzó sobre la hierba.
A continuación, pasó los dedos por las pequeñas muescas, hasta que pareció satisfecha.
–Hijo de Respendial, ¿estás seguro de estar preparado para escuchar el dictado de los dioses?