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CAPÍTULO V

Amage tiró de Safrax con fuerza para que siguiera avanzando.

El joven parecía cada vez más reacio a continuar.

No podía culparlo. Sabía que las fuerzas no lo habían abandonado, pues ella, anciana ya, ni tan siquiera notaba el cansancio.

No. Y es que ella conocía muy bien sus dudas.

Aquello, quizá, fuera una locura, pero era lo único que les quedaba por hacer antes de que las pocas gentes que permanecían junto a ellos los abandonaran para siempre.

El alano notaba que las manos le sudaban copiosamente y resbalaban entre las de su abuela.

Las botas, empapadas, resonaban a cada paso, y el hedor propio de la ciénaga le había inundado por completo las fosas nasales; quizá, pensaba, porque con los ojos vendados como los llevaba, su olfato se hubiera aguzado.

Sintió la fuerza con la que su abuela le estrujaba la mano y, con el estómago encogido, se obligó a atender sus indicaciones, como cuando era un mocoso y apenas sabía caminar.

Ella siempre había estado a su lado para guiarlo, y volvía a hacerlo en esa jornada en la que la locura era la única que parecía acompañarlo día y noche.

Llevaban casi un año al otro lado del río, pero todavía estaban muy lejos de las que habían sido sus tierras en el pasado.

Safrax no había tenido más remedio que resignarse a aceptar que era imposible seguir avanzando.

Nunca volvería a ver el hogar de sus ancestros, la bendita tierra entre los dos mares; ni siquiera le sería concedido el poder contemplar una vez más el lugar donde Beuca y su dragón se habían asentado.

No habría ninguna posibilidad, porque los hunos de Balamir se habían hecho fuertes al otro lado del Istro, y los alanos, godos, sármatas y el resto de los pueblos allí establecidos debían sus miserables vidas a la generosidad de aquellos salvajes llegados desde Oriente.

Hombres que en otras vidas habían sido intrépidos y leales se habían convertido en la sombra de sí mismos: vivían atemorizados por la presencia de sus nuevos y sanguinarios amos, que, en ocasiones, a modo de advertencia, se divertían saqueando sus tierras como recordatorio de lo que les ocurriría si en algún momento soñaban siquiera con desprenderse de su yugo.

Todos los esfuerzos habían sido vanos. Pese al tiempo, los esfuerzos y la sangre derramada, nada habían conseguido. Nadie estaba a salvo de los jinetes de Uldin en aquel margen del río. Y, por tanto, resultaba imposible acercarse a Hilduara.

–Ya casi hemos llegado –murmuró Amage, más para tranquilizarse a sí misma que a sus acompañantes.

Su nieto estaba perdido, pero no sólo allí, más allá del gran río que separaba las tierras de Roma de las del resto de pueblos, sino que era su cordura la que parecía haberse extraviado desde la traición de la que fuera su esposa.

Alateo, que los seguía igualmente a ciegas, guiado por Baddo, protestó con vehemencia cuando, de repente, tropezó y el pie se le metió en el fango.

La cuerda que lo mantenía sujeto al hombre que avanzaba por detrás de él se tensó.

Tiró con fuerza, y el tipo protestó, pero lo único que recibió fue un inclemente golpe en las costillas.

El cruce del pantano no había estado exento de peligros.

La mujer que habitaba en él, la única que se atrevía, había ordenado a la anciana alana que vendara los ojos de los hombres para llevarlos hasta ella, pues la tradición marcaba que ningún varón podía adentrarse en sus dominios sin la guía de una mujer ni sin su consentimiento.

Ni tan siquiera las partidas que Uldin enviaba por la zona se atrevían a molestarla, supersticiosos de los dioses como eran.

Amage alzó la mirada hacia la copa de aquellos árboles de ramas muy finas, esqueléticas, similares a las falanges descarnadas de las manos de un anciano moribundo.

En medio de la enorme ciénaga, el croar de las ranas y el ulular de las lechuzas resonaba más que en los márgenes, donde el resto de los suyos, quienes no los habían abandonado aún, habían acampado días atrás.

Desde allí, a cierta distancia, ya podían distinguir la silueta de la achaparrada choza, construida aprovechando dos enormes y huecos troncos de viejos robles.

La mujer que la habitaba, según aseguraban los pocos moradores de los márgenes de la ciénaga, era una hechicera, una sanadora capaz de predecir el futuro sólo con soñarlo.

Amage, tras haberse reunido con ella el día anterior, así lo creía también, pues al momento se había dado cuenta de que se trataba de una mujer sabia, y mucho.

Ella misma creía que la sabiduría se alcanzaba con la edad, y se contaba que la hechicera ya estaba allí antes de que las primeras tribus godas llegaran desde el lejano y helado norte.

Aunque aquello fuera imposible, lo cierto era que su aspecto era el de una anciana, avejentada como los mismos robles sobre los que había levantado su casa, surcados de profundas arrugas y cicatrices.

Sabia y anciana como ella no había conocido otra igual.

Además, se decía que, proveniente de una antigua estirpe ya extinta, vivía en comunión con la diosa madre que bendijera aquellas tierras antes de que los hombres las corrompieran usando el hierro y el fuego.

Al llegar a la tierra firme sobre la que se levantaba el hogar de la sacerdotisa, Amage apretó aún con más fuerza la mano de su nieto, para acto seguido retirarle el trozo de tela que había utilizado para mantener ocultos sus ojos.

Safrax parpadeó, incómodo, hasta que logró acostumbrarse a la mortecina luz que apenas se filtraba entre las ramas del bosque.

Aunque habían salido del campamento poco después del alba, apenas dos horas antes, le pareció que faltaba muy poco para la caída del sol.

Echó un vistazo alrededor y sonrió a Baddo, que en ese instante procedía a retirar la venda de Alateo.

–¿Hemos llegado? –inquirió el alano con voz ronca.

Amage asintió y le dedicó una seña a la tervingia para que permaneciera junto a los dos hombres mientras ella, a solas, entraba en la choza.

Safrax giró sobre sí mismo para examinar más detenidamente los alrededores.

Del edificio colgaban todo tipo de ramas y enredaderas, incluso en el techo, al menos en aquellas escasas zonas donde aquél todavía parecía existir.

Más allá de donde se encontraban, y en cualquier dirección, la mirada se perdía en la vasta extensión del pantano, cubierto en parte por una espesa niebla que hacía imposible vislumbrar el camino por el que habían llegado.

–Tenías razón... Si los hombres de Uldin no se han atrevido a venir hasta aquí, es porque no hay nada que saquear –rezongó Safrax.

–Salvo este cabrón, aunque contra su voluntad –respondió Alateo, señalando al hombre que estaba unos pasos por detrás, al que habían capturado pocos días antes, durante una escaramuza.

Al godo no le gustaba aquel lugar, sólo había accedido a acompañar a Safrax a petición de Amage.

Ella era, tal vez, la única persona en la que Safrax continuaba confiando, y ella, al contrario que el alano, no parecía haber perdido el juicio.

Por eso la había escuchado. Por el contrario, si Safrax no entraba en razón, ésta sería la última vez que lo siguiera.

Un año después de que cruzaran al otro lado del río, Alateo había decidido decir basta.

No permanecería con Safrax si éste se obcecaba en continuar con su alocada búsqueda, una búsqueda que parecía llevarlos hasta su propia destrucción.

Habían perdido muchos hombres, y no tantos en la batalla como los centenares, hasta miles que, hastiados, ya los habían abandonado, pues nada los ataba ya a unas tierras que ya no consideraban propias.

No ahora que sabían que las fértiles y ricas provincias de Roma estaban a su merced.

Y lo mismo pensaba ya Alateo. Si Safrax accedía a acompañarlo, siempre habría hueco para él y los suyos.

Lo apreciaba, lo quería como al hermano que nunca había tenido, pero no podía aceptar que cada día sus fuerzas menguaran sin remedio, debilitándose a cada paso y comprometiendo su liderazgo.

Tras la gran batalla contra los romanos, Alateo se había sentido poderoso.

Mandaba sobre miles de guerreros avezados y victoriosos, y allí por donde pasaban hombres y mujeres se postraban ante él.

Sin embargo, ese día, en los límites de aquella hedionda ciénaga, apenas esperaban su regreso unos cuantos cientos de guerreros y sus familias.

Baddo miró al alano y reprimió un escalofrío.

Habían sido meses complicados, y ella había sido consciente en todo momento de cómo la angustia había ido apoderándose de Safrax luna tras luna, a medida que veía como su único deseo, el único motivo por el que todavía se obligaba a respirar, parecía todavía más inalcanzable que en la anterior.

Poco a poco, su corazón, su alma, iban quedando presos de un odio inexplicable.

No habían sido capaces de acercarse a Hilduara, tampoco al niño que ya debía haber nacido meses atrás, y aquello lo consumía. Eso, y la sed de venganza.