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Asistió al parlamento de los recién llegados con los hombres de su pueblo, y sólo entonces fue consciente de lo que sucedía.
Pero no sólo allí, sino que lo mismo ocurría, o ocurriría, en todos los enclaves al norte de la frontera con la Britania romana más pronto que tarde.
La Gran Conspiración se había puesto en marcha, y antiguos y nuevos enemigos de Roma unían sus fuerzas para sumir la isla en las tinieblas.
Nadie más podía imaginar lo que estaba a punto de acaecer, así que, convencido de que sólo de su intervención o de la de otros arcani dependía el futuro del Imperio en aquella lejana y recóndita provincia, había abandonado la reunión.
Creyó que nadie se percataría, pero se equivocó.
Tras tantos años allí, se había ablandado.
Se había confiado en exceso, y además, había dejado de ser tan rápido como en el pasado, tan sigiloso, tan letal.
En la intimidad de su casa escribió a toda prisa el mensaje que quería enviar al sur, y a continuación corrió hacia el bosque, siempre pensando que, al regresar, los sajones se habrían marchado ya, y nadie sospecharía nada.
No llegó a su destino. Cuando apenas se había internado en la arboleda, tres sajones y otros tantos pictos salieron de entre la vegetación.
Con disimulo, Buteo trató de ocultar la tablilla entre sus ropas, pero sus captores lo desnudaron y enseguida encontraron la cajita de madera en la que guardaba la cera en la que escribía.
No se preocuparon en leer el mensaje. Nada les importaba llegado ese momento más que, al otro lado del Muro, nadie llegara a imaginar lo que se estaba cociendo en el norte.
Lo habían golpeado con saña y, cuando ya era incapaz de ponerse en pie, lo habían arrastrado hasta lo más profundo del bosque, hacia donde se elevaban hacia el cielo los grandes robles que el pueblo que lo había acogido veneraba desde hacía múltiples generaciones.
Allí, le habían atado las manos a un travesaño, que poco después habían alzado y clavado a uno de los árboles de menor tamaño, a modo de una improvisada cruz.
Lo dejaron solo, acalambrado, dolorido, incapaz de respirar sin sentir un sordo dolor en el pecho.
Un largo rato después volvieron, trayendo consigo a su mujer y a su hijo.
Ambos vestían de un blanco impoluto y eran sujetados por varios de sus vecinos.
Brianna gritó al verlo, y rápidamente el pequeño la imitó.
Pero sus lamentos cesaron casi tan rápidamente como habían empezado, pues dos sajones les segaron las gargantas haciendo uso de brillantes aceros.
Los dos cayeron al suelo, desangrándose entre estertores, mientras pictos y sajones los contemplaban desde la distancia.
Buteo localizó a Cradoc, el cabecilla, entre la multitud, y lo maldijo con rabia, pero éste pareció no inmutarse.
No le importaba sacrificar a los suyos, ni siquiera a inocentes como Brianna y su retoño.
Llegado ese momento, no había marcha atrás.
Había unido su suerte a la de los sajones, como tantos otros, y tal acuerdo debía ser sellado con sangre, si era necesario.
Furioso como nunca antes, el romano trató de liberarse de sus ataduras, pero tan sólo consiguió fatigarse aún más y aumentar el dolor.
Aun así, continuó gritando, maldiciendo a todo aquel al que reconocía, hasta que, poco después, la muchedumbre volvió a desfilar, esa vez de regreso al poblado.
Al fin se quedó solo en el claro, acompañado únicamente por los cadáveres de su familia.
Y siguió lamentándose. Su voz al fin se apagó cuando el sol se ocultó por completo tras el horizonte.
Las fuerzas lo abandonaron en el mismo instante en el que perdió la consciencia.
Despertó varias veces aquella noche, también durante el día siguiente.
Cuando lo hacía, la sed lo martirizaba, un hambre atroz le revolvía las tripas, y el dolor era cada vez más fuerte.
Sentía los brazos descoyuntados, fijos en la misma posición, y, entre sueños, creía ver como los cuervos que había descubierto a últimas horas del día anterior sobrevolando el bosque se volvían cada vez más osados, sabedores de que la muerte lo rondaba.
Habría muerto allí si no hubiera sido por la inesperada y oportuna aparición de Lucio Merula y de Cneo Pompilio.
Pertenecientes también a los arcani , se habían instalado tiempo atrás en sendos poblados situados al norte.
El primero, a dos días de distancia; el segundo, a tan sólo uno de la aldea de Buteo.
Había llegado hasta ellos la noticia de lo ocurrido, y no tardaron en emprender la huida hacia el sur, sin pensar en lo que dejaban atrás.
Las nuevas parecían haberse comenzado a propagar con rapidez, y por ello habían decidido avisar a su viejo compañero de armas. Para su sorpresa, se habían encontrado con que los sajones ya habían llegado al poblado y los lugareños se habían convertido en verdugos.
Buteo parecía estar en las últimas, pero su corazón aún latía cuando lo bajaron del árbol.
Y Pompilio decidió continuar hacia el sur, con la esperanza de poder avisar a las guarniciones del limes antes de que fuera demasiado tarde.
Merula, que había coincidido con Buteo en Eburacum, prefirió quedarse con él para ayudarlo.
Enterraron a Brianna y al pequeño en una misma fosa, muy superficial y estrecha, pues no disponían de más tiempo para ello, y, al día siguiente, habían emprendido la marcha.
Cuatro jornadas más tarde, con la silueta del fuerte de Vindolanda recortada en el horizonte, comprendieron que habían llegado demasiado tarde.
Las columnas de humo ascendían hacia el cielo, y éste, por lo general limpio y tenuemente iluminado a aquella hora, lucía anaranjado.
La rebelión había comenzado y Pompilio, como tantos otros, había fracasado en su intento de avisar a las águilas.
Aunque ni Buteo ni Merula llegaron a saberlo, su compañero murió a pocas millas de su destino, a manos de otros como él, otros arcani , unos que habían decidido traicionar a los suyos y servir de guías para los salvajes.
Había tenido el dudoso honor de ser el primero de los muchos romanos que perdieron la vida durante aquella terrible revuelta.