Dragón 4 #3
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Buteo sonrió. Él mismo se había encargado de organizarlo todo: había dejado junto al godo a dos de los suyos y a otra media docena a lo largo del camino que los llevaría desde el antiguo limes hasta Adrianópolis.

Éstos no sólo estaban allí para guiar a sus nuevos aliados por un territorio en guerra, manteniéndolos alejados en su avance de las bandas enemigas, sino que también, como entonces, para servir a sus intereses.

Debían informarlo de dónde se encontraban y de qué ocurría en todo momento.

Nadie mejor que los suyos para llevar a cabo esa labor.

El augusto lo sabía bien. Sus hombres eran leales fuera de toda duda, pero, además, los veinte arcani eran capaces de matar sin ser vistos, de pasar desapercibidos entre los salvajes que habitaban más allá de las fronteras de Roma, y también de respetar la marcialidad propia de las águilas.

–Parece que están deseosos de luchar –dijo al fin Buteo, recordando cuán belicosos eran pictos y sajones, siempre dispuestos a enfrentarse no sólo a sus enemigos, sino también entre sí a la menor excusa.

–Los muchachos dicen que es fácil entender lo que dicen y que son tan cabrones como los lobos de mar –repuso Merula.

Buteo asintió. Sí, claro que lo eran: todos los nacidos más allá de las fronteras del Roma, en el Barbaricum, lo eran.

Sin distinción. Ni siquiera terminaba de fiarse de aquellos que luchaban bajo sus propias enseñas.

En el caso de los sajones, ya en la Gran Conspiración habían demostrado una ferocidad y una crueldad desconocidas para Britania.

Buteo los había entendido entonces, como también los entendió durante la gran guerra.

Eran pocos lobos para tantas ovejas, así que debían conseguir que ni siquiera pudieran imaginarse enfrentándose a ellos.

Por ese motivo saquearon con más saña que nunca antes, quemaron granjas, bosques, poblados, mataron a todo al que encontraron, consiguiendo que la población local entrara en un estado de pánico que les impidiera reaccionar mientras ellos continuaban avanzando hacia el sur.

Al fin, su codicia los había llevado a competir también con pictos y otras tribus por el territorio.

Lobos contra ovejas en un principio, lobos contra lobos al final.

Y, si atendía a lo sucedido durante el escaso año que llevaba en Oriente, los godos no eran tan distintos.

Malnacidos sin escrúpulos, dignos de la peor de las muertes.

–Espero que no tengan miramientos en matar a sus propios hermanos si con ello consiguen lo que quieren –respondió, a la vez que le hacía una seña con la que finalizar la conversación.

Lucio Merula no se hizo de rogar. Se marchó en silencio, y sólo entonces Buteo se acercó a la mesa, donde acumulaba los despachos.

Retiró la tela y dejó al descubierto un sencillo cofre de madera de cedro y remaches de metal, que abrió con la llave que llevaba colgada del cuello, oculta entre sus ropajes.

Allí dentro guardaba la correspondencia del despacho imperial, así como todo lo que era preciado para él, más allá de sus armas.

Los recuerdos de toda su vida, a sus poco más de treinta años, cabían en aquella pequeña caja.

Al depositar la nueva tablilla, lo sorprendió un ligero brillo metálico, provocado por la luz que despedía la antorcha anclada en la viga sobre la que se mantenía en pie la tienda.

Agarró el objeto, lo elevó hacia la tea y lo contempló con veneración.

Luego, cerró los ojos y lo apretó contra el pecho.

Era una figura de caballo labrada en madera a la que él mismo había dado forma sobre una rama de nogal muchos años atrás.

Pasado el tiempo, a causa de la pobre calidad de la madera, se había deteriorado en varios sitios, por lo que le había aplicado una fina lámina de bronce.

Así, al menos, podía conservar el único recuerdo que le quedaba de su hijo y de su esposa, ambos nacidos al norte de la frontera britana durante el desempeño de su labor como arcani , y ambos asesinados por su propio pueblo poco antes de que la provincia romana ardiera por los cuatro costados.

Dejó el juguete nuevamente en el interior de la caja y volvió a cerrarla, con determinación, como si así pudiera alejar los recuerdos que, aún de vez en cuando, lo atormentaban.

Tito Buteo había quedado huérfano siendo muy joven, había tenido que aprender a ganarse la vida contando únicamente con su astucia.

Hijo de un militar retirado y de una mujer de ascendencia celta, se había alistado en el ejército con sólo dieciséis años.

Pocas opciones más le quedaban. Rápidamente había sido destinado a la guarnición de Eburacum, la mayor del norte de la provincia.

Allí, en menos de un año, sus superiores habían comprendido que estaban ante un muchacho despierto, con una habilidad excepcional para escapar de cualquier tipo de problemas, lo que incluía ser capaz de evitar a las patrullas que ellos mismos enviaban al barrio más problemático de la ciudad, donde los más veteranos de la guarnición solían llevar a los novatos para adentrarlos en el sórdido mundo del juego, las prostitutas y los problemas.

Cuando cumplió los veinte, su oficial al mando lo propuso para entrar a formar parte de los arcani , la unidad de espías que operaba en tierras de los salvajes y cuya misión era mantener informados a sus compañeros al sur del limes .

Eran muchos los que morían, o simplemente desaparecían, motivo por el que era necesario enviar cada cierto tiempo nuevos espías al otro lado de la frontera.

Y el joven Buteo no sólo era despierto, hábil y valiente, sino que, además, aquella rebelde mata de cabello pelirrojo, recuerdo de la sangre celta de su madre, le permitía no destacar entre quienes vivían más al norte.

Buteo aceptó la propuesta. Le daba igual servir en Eburacum que en cualquier otro lugar.

Tan sólo estaba allí para ganarse la vida sin necesidad de mendigar.

Sin dudarlo, sin mirar atrás, había atravesado el Muro y había vagado durante casi un año por la franja de terreno cercana a la frontera imperial, de mar a mar, haciéndose pasar por buhonero la mayoría de las veces, enterándose de todo lo que ocurría en aquel yermo siempre azotado por el viento y la lluvia, cuando no por la nieve.

Pasado ese tiempo, en el que conoció cómo vivían los salvajes e incluso llegó a confundirse con uno de ellos, consiguió asentarse en una pequeña aldea costera, en la que la desgracia había querido que buena parte de sus hombres murieran al ser su barco engullido por las aguas pocas lunas atrás.

Necesitados de brazos fuertes con los que ayudar en la siembra y recogida del cereal, pero también con la pesca y la dura vida de la mar, no habían dudado en ofrecerle asilo. Y rápidamente accedió.

Pese al reducido tamaño de la población, estaba bien comunicada, pues poseía un diminuto muelle en el que, casi cada día, atracaban botes llegados desde diferentes lugares, algunos, incluso, desde las lejanas islas del septentrión.

Aquello no sólo interesaba a Buteo, sino también a sus superiores allende el Muro, así que, pasados unos meses, dispuesto a no levantar sospechas, se había desposado con una de las viudas de la comarca.

Brianna era reservada y servicial, robusta, de mirada triste y cabellos claros como el alba.

Al cabo de poco más de un año de su unión, había nacido su hijo y, de golpe, todo había cambiado para Buteo.

Pasaron las lunas, las estaciones, y una felicidad que nunca había imaginado llegar a disfrutar se apoderó de su alma.

Mientras su retoño crecía, continuó informando fielmente a otros que, como él, se habían instalado en las cercanías.

Cuando cada tres días se adentraba en lo más profundo del bosque para entregar su correspondencia y recoger la de los otros arcani que vivían en los alrededores, siempre deseaba que, en la tablilla que ocupaba el interior del tocón convenido, no se le ordenara regresar.

Una semana antes de que todos los pueblos bárbaros al norte del Muro y otros tantos llegados más allá del mar se alzaran en armas, había arribado un navío sajón.

Había sido su hijo, a sus sólo cuatro años, quien había visto recortarse en el horizonte las oscuras velas.

Una nave rudimentaria a ojos de Buteo, de quilla estrecha, ideal para ascender por los cauces de los ríos y emprender acciones de saqueo en pequeñas y desprevenidas poblaciones.

Tomó al pequeño en volandas y corrió hacia el pueblo, llamando a voces a sus vecinos para que tomaran las armas y defendieran sus casas.

Todos habían escuchado de las terribles acciones de pillaje de los piratas sajones, pero, para su sorpresa, sólo unos pocos le hicieron caso.

Cradoc, el jefe del lugar, se encaminó tranquilamente al embarcadero junto a su círculo de allegados.

Verlos tan despreocupados y seguros de sí mismos, lejos de tranquilizarlo, lo incomodó.

De pronto, el optimismo del que llevaba haciendo gala en los últimos tiempos pareció tambalearse.