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–Ya que has desistido de medir tu puntería con el arco conmigo, puedes venir aquí y lanzar piedras siempre que quieras. No es tan divertido, pero te aseguro que es mucho más relajante.
–Creo que prefiero seguir disfrutando de un buen masaje y de un buen baño.
Ésa es la mejor forma de relajarse; al menos, para alguien nacido a este lado del limes ...
–Estilicón rio. Pocos días le había costado darse cuenta de lo infalible que resultaba Goar con un arco entre las manos–.
Pero no he venido hasta aquí para aburrirme contigo, sino para aprovechar la que puede que sea nuestra última noche en la ciudad.
Deberíamos divertirnos antes de volver a las andadas.
Goar asintió. Llevaban casi dos lunas allí, y el momento de regresar al servicio era inminente.
Goar, pero también Estilicón y Constancio, habían combatido sin descanso durante casi un año.
La gran derrota de Adrianópolis no había sido el final, sino tan sólo el principio de una pesadilla que no tenía visos de acabar.
En ese tiempo, el alano había visto morir a muchos de sus compañeros, tantos que había perdido la cuenta, entre ellos al valiente Pablo.
Y también cómo, aquel al que había llegado a considerar su único amigo al iniciarse la campaña, Palaco, desaparecía sin dejar rastro.
Quería pensar que, al igual que él, había sobrevivido a la batalla a los pies de la sangrienta colina, aunque en su fuero interno supiera que era prácticamente imposible.
Demasiadas pérdidas para sus diecisiete años, justo la misma edad que tenía su primo Safrax cuando se separaron.
Cerró los ojos y, al evocar el recuerdo de la noche anterior a su partida, al recordar las lágrimas de su abuela y el abrazo de su primo, se le encogió el corazón.
De repente, el joven rostro de Safrax comenzó a transformarse, las arrugas brotaron alrededor de sus labios, de sus ojos, y su cabello se volvió cano, hasta que fue la imagen de Pablo la que se mostró en su mente.
Sacudió la cabeza con fuerza para alejar tal pensamiento y abrió los ojos.
¿Qué habría sido de Safrax? ¿Y de Amage?
¿Y de aquellos que habían seguido a Beuca, de la orgullosa tribu del dragón?
¿Qué habría pasado más allá de la frontera de piedra para que los mismos hunos y otros alanos se hubieran adentrado en tierras imperiales?
–Claro que sabemos divertirnos cuando la ocasión lo merece...
¿Sabes cómo llaman los míos al limes ? –preguntó de repente Goar, y su compañero negó con la cabeza–.
La frontera de piedra. –Al ver la sonrisa de Estilicón, el alano siguió hablando–.
No es un nombre al azar, pues de donde provengo no hay casas de piedra, ni siquiera de madera; tampoco hay edificios públicos.
Si quieres agua, has de ir al río más cercano, así su cauce se haya reducido a un minúsculo hilo de agua en verano o bien la superficie se haya congelado en invierno, pues no existen fuentes ni acueductos.
Sí, Estilicón sabía todo aquello, sólo que no dejaba de impresionarlo que quienes vivían en tales condiciones fueran capaces de enfrentarse tan crudamente al Imperio, no cuando eran tan tremendamente rudimentarios en lo más básico.
Eran arrojados, valientes hasta la locura, eso le había inculcado siempre su padre, y él lo había comprobado.
Sin embargo, carecían de líderes claros, también de disciplina con la que sortear las peores de las circunstancias.
–A veces trato de pensar en cómo sería mi vida si hubiera nacido en el seno del pueblo de mi padre.
«Yo también», pensó Goar. Una parte de sí hubiera deseado nacer allí, entre los vándalos, fueran quienes fueran, junto a su padre.
Así no habría conocido jamás a Beuca ni hubiera sufrido su rechazo; aunque tampoco hubiera podido sentir el amor de Amage o el cariño sincero de Safrax y de sus primas.
¿Qué hubiera pasado si su madre lo hubiera alumbrado entre los vándalos?
¿Hubiera sido feliz? O, por el contrario, ¿de nuevo allí lo habrían señalado como a un mestizo, como a un impuro?
Miró a Estilicón. Era un mestizo, como él; también tenía sangre vándala, y allí estaba, sirviendo a Roma, sin que su impureza hubiera resultado un impedimento para escalar en la jerarquía imperial, como tampoco lo había sido para su padre.
Aquél era ahora su lugar, el de ambos. Las palabras de Víctor acudieron prestas a su mente: no era necesario nacer dentro de las fronteras de Roma para ser un romano más.
–No le des vueltas. Has nacido en el lado correcto.
Estilicón sonrió y golpeó el brazo de su amigo, instándolo a que se pusiera en pie.
–En el lado correcto, los hombres de una posición que combaten a caballo, como tú, protegido ni más ni menos que por el tribuno scholae Flavio Constancio, no se encargan ellos mismos del mantenimiento de las bestias que les sirven en la batalla.
–Goar hizo amago de protestar, pues era incapaz de dejar a sus monturas al cuidado de nadie más que él mismo, pero su amigo le hizo un gesto para que continuara con la boca cerrada–.
No puedes ir por ahí oliendo todo el día a boñiga de caballo, llevándolos a pastar en vez de utilizar el heno de los establos...
Además, mi padre te ha sugerido varias veces que le permitas asignarte una esclava para que, en campaña, te haga una comida caliente de vez en cuando.
Al menos, la comida; si no necesitas nada más, ése es tu problema...
–Está bien, está bien. ¿Has dicho que venías para divertirte, o simplemente para zaherirme con tu superioridad patricia? –le devolvió el alano la pulla, malicioso.
–Tienes razón –se rio el romano, levantándose–.
Te he dicho que venía en tu busca para divertirnos, y eso es lo que haremos.
Quinto Marcio hijo ha organizado una fiesta esta noche en su casa, una que se recordará durante meses, ¡quizás años!
¡He oído que hasta ha hecho venir a algunas bailarinas desde Siria!
Goar enarcó una ceja. Había acompañado a su compañero a varios banquetes en algunas de las grandes domus de la colina, propiedad de los hombres más influyentes de Constantinopla.
Pero lo cierto era que jamás había sido admitido en aquellas fiestas; tampoco le importaba.
Sabía que los jóvenes acaudalados pasaban la velada entre vinos, manjares y mujeres, también jóvenes impúberes, según el gusto de cada cual, hasta bien entrada la mañana.
A él, nada de aquello lo atraía; simplemente, se conformaba con esperar el momento de regresar a casa junto a otros guardaespaldas, jugando a los dados y bebiendo, cuando no a solas, acompañado por un generoso pellejo de cerveza.
Aunque pasaran los años, no terminaba de acostumbrarse al vino al que eran tan aficionados los romanos.
–No creo que los hijos de los grandes militares y senadores estén de acuerdo en compartir sus momentos de ocio con un salvaje como yo. Mejor te acompaño y después regreso a casa.
Estilicón le dio un ligero empujón.
–No, hoy me acompañarás, o yo tampoco iré. Y te aseguro que pienso plantarme allí, aunque mañana sea incapaz de poner un pie delante del otro.
–Para ellos sólo soy un bárbaro, Estilicón. ¡He visto cómo me miran! Estarás mejor sin mí, créeme.
–¿Acaso los bárbaros no se divierten también? ¿Son una caterva de tipos aburridos? Vendrás esta noche y te divertirás. Además, podrás hacer lo que te venga en gana. Te prometo que no recordaré nada de lo ocurrido por la mañana...
Goar dejó caer los hombros. Había llegado el momento de asumir la derrota: dijera lo que dijera, sabía que no tenía forma de escapar.
Tan sólo confiaba en que Estilicón se perdiera con alguna de aquellas exóticas bailarinas lo suficientemente rápido como para poder volver a casa sin tener que aguantar a Quinto Marcio y a los estúpidos de los que, estaba seguro, aquél se haría rodear en una ocasión como aquélla.
–Venga, vayamos antes de que me arrepienta.
* * *
Julio del 379. Alrededores de Adrianópolis
El sonido de las cigarras rivalizaba con el crepitar de las teas que iluminaban los pasillos del pequeño campamento cuando Lucio Merula se plantó frente a la tienda de Tito Buteo, dispuesto a entregarle un despacho llegado desde el norte.
–Señor, los salvajes cruzaron el limes hará cinco días. Se dirigen hacia aquí a marchas forzadas –explicó desde la puerta de la tienda, tras un sonoro carraspeo, esperando no haber interrumpido el sueño de su superior.
En el interior, la oscuridad era casi absoluta.
Tito Buteo sólo mantenía encendida una solitaria tea en la mesa que le servía para almacenar sus escasas pertenencias, muy alejada del lecho, donde se había tumbado.
Aunque no se había llegado a quedar dormido, molesto por el bochorno tras un día excesivamente caluroso para lo que estaban acostumbrados, se desperezó antes de incorporarse.
Como una sombra, se plantó junto a su viejo camarada de armas y le arrancó la misiva de las manos.
Merula no se inmutó. Conocía a Buteo desde hacía demasiados años como para sorprenderse de sus modales.
Tito Buteo pasó el índice por los diminutos signos lacrados sobre la cera con el punzón.
Signos que, salvo los suyos y el propio emperador, nadie a ese lado del Mare Nostrum sería capaz de descifrar, ya que provenían del lejano oeste, en una mezcla de caracteres pictos y celtas.
Leyó con avidez: el juez tervingio había cumplido con su palabra, y aquel caudillo godo de nombre Modario se dirigía hacia ellos al mando de un millar de jinetes.