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CAPÍTULO IV
El día, como los anteriores, había transcurrido de forma particularmente aburrida.
Goar no terminaba de acostumbrarse a pasar las horas en la magnífica casa de Flavio Constancio sin nada que hacer, así que, llegada la media tarde, una vez estuvo seguro de que no llamarían por él, abandonó la domus .
El puerto Juliano era un rincón tranquilo a esa hora, y, de camino, compró una empanada picante en uno de los abundantes puestos callejeros alrededor del caótico foro de Constantino.
Regateó con el vendedor, como había visto hacerlo al liberto de confianza de Constancio, y, satisfecho, masticó la carne especiada con voracidad.
Había descubierto pocos días antes que su sabor era delicioso, en nada similar a cualquier otra cosa que hubiera comido antes.
Y todo gracias a las especias con las que se sazonaban, traídas junto a otras mercancías exóticas desde Persia, incluso desde las tierras situadas más allá del tradicional enemigo de Roma.
Al llegar al puerto, pese a lo tardío de la hora, todavía eran muchos los que se afanaban en descargar las mercancías de los buques allí amarrados.
Se alejó del tumulto cuanto pudo, y una vez a salvo de miradas indiscretas, se sentó sobre una roca cerca del mar.
Jamás lo había visto hasta llegar allí, y seguía maravillándose por las diferentes tonalidades que adquiría según la hora del día en que lo contemplara.
En un momento dado, miró hacia su izquierda y trató de contar el número de embarcaciones amarradas.
Se aburrió antes de llegar a la treintena.
Eran muchas, pero aún podían ser muchas más, pues aquél no era el único muelle de la ciudad.
Recordó la primera vez que viera una embarcación.
Hacía tan sólo cinco años, pero le parecía mucho más tiempo.
Sobre el Istro, los barcos que habían servido para transportar a los asustados alanos y a las carretas que conformaban la comitiva de Torcuato, el mercader de Vindobona, le habían parecido construcciones gigantescas, cuya fabricación no podía haber sido obra de hombres normales; sin embargo, ahora ya sabía que aquéllas tan sólo eran simples barcazas de transporte, nada en comparación con muchos de los navíos que podía ver en ese momento en la rada.
Goar sintió el zumbido de un mosquito muy cerca de su oído, y se palmeó el cuello.
Ladeó la cabeza hacia la izquierda. El insecto había quedado aplastado entre sus dedos.
A continuación, tomó una piedra y la lanzó al mar.
Rebotó tres veces antes de hundirse en el Propontis, que así llamaban al mar del sur quienes vivían allí.
Había aprendido aquel truco de uno de los muchachos que servían en la domus , y desde entonces no había día en el que no intentara repetirlo.
Sacó una pequeña cantimplora y bebió con avidez.
Al terminar, todavía podía sentir el picor en lengua y en el paladar, y dejó caer la cabeza entre los hombros.
Llevaba días más inquieto de lo normal. A la habitual desazón por encontrarse allí, la visita del general Víctor días atrás le había traído recuerdos agridulces, que hubiera preferido olvidar.
Había logrado salvar la vida en Adrianópolis gracias a Flavio Constancio.
Al llegar a la ciudad, Bacurio, el príncipe íbero, y los supervivientes de la derrota habían comenzado a organizar apresuradamente la defensa.
Cuando al día siguiente Fritigerno y los suyos se presentaron frente a las murallas, poco tardaron en levantar el campamento y marchar hacia el sur.
Aun así, ninguno de los defensores se atrevió a abandonar la posición hasta que, a los pocos días, Víctor y la vanguardia del ejército del augusto Graciano aparecieron en las puertas.
Juntos, el maestro de caballería sármata, Constancio y Bacurio, habían llorado por la muerte de un emperador que, siendo romano, los había colmado a ellos, tres bárbaros de dispares orígenes, de favores.
Valente había encontrado finalmente la muerte, pero también muchos miles de soldados.
El ejército había sido descabezado casi por completo, con la pérdida de oficiales y hombres experimentados, en unas dimensiones casi imposibles de prever.
Ese mismo día, después de que Víctor enjugara las penas en vino junto a sus compañeros, Goar había aguardado a que se retirara a sus aposentos para abordarlo.
Estaba nervioso, y tuvo que reunir el valor necesario para suplicar al general que lo dejara entrar a su servicio.
Achispado ya por el alcohol, Víctor había estallado en lágrimas, para asombro del joven alano.
Por su cabeza embotada había pasado el recuerdo de cada hombre muerto por su culpa.
Tras encontrarse con Goar, joven, fiel, dispuesto, decidió que no permitiría que diera la vida por él de la misma manera.
Por eso declinó su ofrecimiento, aun con buenas palabras, tratando de no herir sus sentimientos.
Le juró que jamás volvería a tener una guardia como la que Pablo había reunido para él, que a partir de ese momento tan sólo confiaría su cuidado a los árabes de su esposa, a los que no le unía ningún lazo, pues ni tan siquiera hablaba su lengua.
Goar encajó la respuesta lo mejor que pudo.
No se trataba de un rechazo, como el su abuelo Beuca años atrás, pero aun así no había podido evitar sentirse desolado.
Aquella noche apenas había dormido, pero, antes del alba, ya se encontraba frente a los aposentos de Flavio Constancio, dispuesto a aceptar la generosa propuesta que aquél le había hecho al poco de resguardarse tras los muros de Adrianópolis.
De esa manera, había entrado al servicio personal del tribuno scholae y, a través de él, al de su hijo.
–Sabía que te encontraría aquí. –La familiar voz de Flavio Estilicón lo sacó de sus cavilaciones.
El joven había llegado a su lado y permanecía con los brazos en jarras.
Vestía ropas elegantes, como era habitual en él, y su cabello aceitado desprendía un agradable olor a mirra y narciso.
Aquello también era nuevo para Goar. Conocía por su abuela de la existencia de flores y plantas frescas que servían para mitigar el olor en ambientes cargados, escasos en su tierra, donde no había edificios dignos de tal nombre, ni siquiera establos donde hacinar el ganado.
Pero allí, en la nueva Roma, el uso de fragancias era habitual, desde los más pudientes, hasta los más humildes.
Multitud de tiendas ofrecían pequeñas y delicadas jarras de vidrio con infinidad de perfumes.
Unos más delicados, otros más bastos. Todos contenían una sustancia viscosa, como el aceite de oliva más refinado que utilizaba Estilicón u otros más vulgares de lino o sésamo, a los que se les añadían flores y raíces de todo tipo.
–Me gusta este sitio. Me otorga paz, y pensé que ya no era necesario dentro –respondió Goar, encogiéndose de hombros.
Estilicón tomó asiento junto a él. Le gustaba Goar; era leal, generoso y franco, demasiado en ocasiones, pero eso lo hacía especialmente grato a sus ojos, en una sociedad en la que muy pocos se atrevían a decirle a la cara lo que pensaban.
Podía deberse a su edad, más joven que él, casi un niño grande, o a su origen extranjero, el mismo que el de su padre, que le otorgaba unos modales poco refinados.
Le gustaba su sinceridad, pero sobre todo saber que, en parte, aquel muchacho serio y dispuesto representaba una suerte de conexión con una parte de sí mismo a la que nunca había creído poder llegar a acceder, más cuando su padre era tan celoso de sus recuerdos del otro lado del limes .
Constancio había ocultado a su hijo casi todo detalle de su vida anterior; evitaba hablar de ello, como si nunca hubiera tenido lugar, y se había esforzado en que Estilicón fuera educado por los más diestros y exclusivos gramáticos y pedagogos de la capital, como el más puro romano.
–Goar, no eres mi sirviente, y tampoco el de mi padre –afirmó, y chasqueó la lengua–.
Sabes que puedes hacer lo que te plazca y cuando te plazca.
No eres uno de los protectores, tampoco uno de esos mercenarios armenios con los que se ha hecho mi padre en los últimos tiempos.
Eres... un primo lejano, sí, eso eres –apuntó, esbozando una sonrisa al haber encontrado la palabra adecuada–.
Un primo lejano que esperamos que siga combatiendo a nuestro lado con la misma bravura que hasta ahora.
Mi padre no te acogió por obligación; todo lo contrario, lo hizo porque, a sus ojos, el destino, de alguna manera, nos reunió en el momento menos esperado.
Mi padre te salvó de morir aquella noche aciaga, y lo mismo hubiera hecho con cualquiera de los nuestros, sólo que tú, además, compartías su sangre, incluso su propio nombre entre los suyos.
¿No ves que es una señal? Sé que no crees en dios alguno, así que los dejaré a un lado, pero coincidirás conmigo en que al menos el azar nos ha convertido en familia –apostilló, divertido.
Goar no respondió, pero sintió que el color ascendía a sus mejillas.
Ignoraba si algún día podría devolver a Estilicón y a su padre todo lo que habían hecho por él, pero lo intentaría, claro que lo haría, como lo había intentado hasta el momento.
Lo habían acogido como a un hijo, como a un hermano, cuando nada tenía más que la vida.
En cierta manera, eran lo más parecido que tenía a una familia tras la desaparición de Palaco y la marcha de Cayo Nepociano.
Atrás habían quedado Malvar y Fariban. Aun así, tras años de rigurosa instrucción, se sentía extraño al pensar en un vínculo más allá del estrictamente militar.
–Así que vienes aquí buscando paz... –farfulló, evocador, Estilicón–. Ojalá todos tuviéramos un rincón donde encontrarla. El mundo, sin duda, sería un lugar mejor.
El alano sonrió, ante la mirada cómplice de su compañero.