Dragón 3 #3
9%

3 #3

–Eh, Fariban, ve a las cocinas y tráenos algo de esa bárbara cerveza que tanto te gusta. ¡El tribuno debe de estar muerto de sed! –exclamó el centenario.

Nepociano, que no se había dado cuenta de que había dos tipos en la mesa, miró entonces hacia ellos, sorprendido.

Fariban era uno de los jóvenes alanos a los que él había conducido hasta allí años antes, y su compañero, igualmente tocado por una larga y rubia cabellera, no podía ser más que otro de ellos.

Entrecerró los ojos un momento y, de repente, también creyó reconocerlo.

–¿Fariban? ¿Malvar? ¿Sois vosotros? –preguntó en voz alta.

Los alanos se acercaron a los oficiales en silencio, sin terminar de decidirse acerca de cómo debían proceder.

Por un lado, el regreso del tribuno era una excelente noticia, pues siempre los había tratado con justicia, incluso con cariño, en un ambiente castrense como aquél, y se alegraban con sinceridad de que hubiera sobrevivido a una campaña que, todo el mundo contaba, había sido terrible.

Por otro, entendían que en la recia disciplina militar no había lugar para excesivas muestras de afecto entre oficiales y subordinados.

–Han crecido –masculló Nepociano para que los jóvenes no fueran capaces de oírlo.

Fariban siempre había sido alto para su edad.

Ahora, con quince, aún más, alto y fuerte, de brazos largos y musculosos.

Marval seguía siendo más bajo que su compañero pese a ser un año mayor, y también que Goar y que Palaco, lo que debía resultar extraño entre los suyos, razonó Nepociano.

Aun así, tenía todo el aspecto de un guerrero.

–Sí, estos cabrones me hacen sentir viejo... –protestó Marcial.

–Nos alegramos de verlo, señor –lo saludó Marval, siempre más hablador, con una voz aun no muy definida, ligeramente aguda.

Nepociano asintió, agradecido. Había regresado a casa, sin duda.

–Ahora, Fariban, hijo, ¿y esa cerveza? –lo interrumpió Marcial, malicioso.

El joven miró alternativamente a ambos oficiales, sin poder disimular su nerviosismo.

–¿Y bien? –continuó el centenario con su demanda.

El alano carraspeó, para llenarse de valor, pero fue su compañero, para sorpresa de todos, el que tomó la palabra.

–Tribuno, ruego nos disculpe, pero, al verlo aquí, hemos pensado inmediatamente en Goar. ¿Ha vuelto también junto al resto de la tropa?

Marcial se llevó entonces una mano a la cabeza y se propinó un sonoro tortazo en la frente, cada vez más despejada.

Los chicos tenían razón, por supuesto, y él, llevado por la alegría de estar nuevamente con su viejo amigo, se había olvidado de todo.

Y eso que él mismo había ayudado a los dos jóvenes a abandonar Brigetio...

–Mierda, ¿y Palaco? ¿Se reunieron los muchachos contigo? Los envié con la esperanza de que dieran con el ejército de Frigerido –intervino el centenario, a la vez que le dedicaba un gesto imperioso a Marval para que cerrara la boca.

Nepociano alzó los brazos, dispuesto a que los ánimos se calmaran, e indicó a los jóvenes que tomaran asiento. La cerveza podía esperar, dadas las circunstancias.

–Tampoco hace tanto calor como para beber una cerveza ahora mismo.

Deberíais haber sufrido el calor que hacía el maldito día de la batalla contra Fritigerno...

El cuero de las botas se pegaba a las piedras, y las gotas de sudor desaparecían nada más caer sobre la tierra.

–Todos lo miraban fijamente, sin apenas parpadear–.

Sí, los muchachos me encontraron cuando esa terrible jornada quedaba aún lejana.

Nos reunimos poco antes de que Frigerido y su hueste fuera enviada en auxilio de Valente por órdenes del emperador Graciano.

Después, y pese a su juventud, se distinguieron en la gran batalla sobre otros mucho más veteranos...

–Nepociano carraspeó, incómodo, sabedor de que había llegado el momento de transmitir malas noticias.

Era inútil seguir retrasando el momento–.

Palaco desapareció durante la lucha. Nadie ha vuelto a saber de él, pero quien luchó a su lado asegura que nunca vio su cadáver sobre la tierra.

Ese chico es un superviviente, ha escapado varias veces de la muerte, así que debemos confiar en que lo haya logrado, una vez más.

–Ese cabrón de Palaco es duro como una roca y testarudo como un toro. Apuesto la soldada de un año a que no ha muerto –afirmó Marcial, que sentía un aprecio sincero por ambos muchachos.

En realidad, los dos eran buenos chicos, los mejores de entre aquel medio centenar de alanos a los que, pese a sus reticencias iniciales, había tenido que instruir.

Podían ser alocados y pendencieros, como Palaco, pero todos habían cometido errores en el pasado, siendo jóvenes y estúpidos.

Él, sin ir más lejos. Todos habían sido jóvenes y estúpidos en algún momento, sólo había que sobrevivir lo suficiente hasta dejar de serlo.

Nepociano asintió, pero no tardó en desviar el rostro hacia la lumbre, con la esperanza de que ningún gesto delatara lo que pensaba.

Si su viejo amigo hubiera sido testigo de la carnicería ocurrida a los pies de aquella maldita colina, no estaría tan seguro.

Sin embargo, para todos ellos era mejor pensar de aquel modo y creer que Palaco aún vivía. Nada perdían con ello.

–Y Goar, tribuno, ¿qué sucedió con él? –intervino Fariban, con su voz profunda y sosegada, incluso en esas circunstancias.

–No debéis preocuparos por él: vive. No creo que regrese por su propia voluntad aquí, pero estoy seguro de que le espera una brillante carrera por delante al servicio del hijo de Flavio Constancio.

Fariban y Malvar no pudieron disimular el alivio que les produjeron aquellas palabras.

Nunca habían sentido afecto por Palaco, todo lo contrario, pues siempre los había tratado con desprecio y crueldad, y su partida no les importó.

La de Goar, en cambio, había supuesto una gran pérdida para ambos, pues lo consideraban casi familia, y saber que seguía con vida les supuso una enorme sensación de alivio.

–¡Volveremos a ver a esos cabrones, estoy seguro! Venga, muchachos, ahora traednos algo de comer y de beber y volved al barracón. ¿No os habréis olvidado de que mañana vamos a ir a Kelemantia a buscar las cosquillas de esos cuados malnacidos? –preguntó Marcial, dando un sonoro puñetazo en la mesa.

No se hicieron de rogar, y poco después los jóvenes dejaban sobre la mesa dos fuentes y jarras a rebosar.

–Son buenos chicos –dijo Marcial una vez se hubieron marchado–. Además, esos cuados cabrones se cagan de miedo en cuanto los ven tensar sus arcos sobre los caballos.

Nepociano asintió con la cabeza. Sí, había llegado a casa, donde cada estación, cada año, hombres como él eran los encargados de sostener una frontera que, gracias a su sacrificio, seguía alejando el horror de las ciudades y los pueblos al sur del Istro.

Allí, el equilibrio seguía existiendo, pese a que en ocasiones la guerra mostrara su peor cara a ambos márgenes del río.

En Oriente, todo se había roto, quizá para siempre, pues el mismo río que les había servido de defensa durante siglos se volvía contra ellos.

Cada día lo atravesaban decenas, centenares de hombres y mujeres en busca de tierras y fortuna.

Los otrora apacibles campos se habían convertido en un paisaje más propio de la peor de las pesadillas.

–No sabes cómo había echado de menos todo esto. Mañana pediré verme con el prefecto y le pediré que me deje cruzar contigo y con los muchachos a Kelemantia.

–No tengas tanta prisa, hay cabrones suficientes para todos, y debes estar cansado. ¡Joder! Además, imagino que el nuevo querrá conocerte bien antes de dejarte volar –respondió el centenario, antes de apurar de un trago el recipiente.

Nepociano tomó un sorbo de cerveza, más tibia de lo que le hubiera gustado. Entonces, cayó en la cuenta.

–No me lo puedo creer... ¿Finalmente Tito Valerio Flaco consiguió su anhelada licencia?

–El augusto Graciano resultó más comprensivo con él que su difunto padre.

El viejo bribón estará ya en sus tierras, entregado a la crianza de gordos terneros y nietos estúpidos.

Era un buen tipo, no me malinterpretes, y visto lo visto, se le echará de menos.

Me entenderás en cuanto conozcas al nuevo...