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El joven alano se encontraba en su primera gran batalla, en aquel inmenso campo de muerte que se extendía muchas millas a la sombra de la colina donde Fritigerno había plantado su muro de carromatos.
Sudaba mientras obligaba a su montura a girar con rapidez para defenderse de los ataques de los godos, unos desde el suelo, otros a lomos de sus propios animales.
Recordó la zozobra que lo había invadido, incapaz de responder a tantos frentes.
De repente, igual a como ocurriera aquel aciago día, un jinete alano irrumpió por su derecha.
Goar aguantó el embate lo mejor que supo, se aferró con las piernas al cuerpo de su montura, pero el agarre de sus manos flojeó, y su espada y su escudo cayeron al suelo.
Entonces vio la ancha hoja de la espada de su enemigo acercándose a él, y enterró la cabeza entre los hombros a la espera del que parecía iba a ser el golpe definitivo.
El impacto del metal contra las protecciones de su brazo hizo que todo su cuerpo se estremeciera, que perdiera el equilibrio y que, pese a esforzarse por mantenerse firme, se escurriera de su montura.
Cayó al suelo, una espantosa alfombra compuesta por decenas, centenares de cuerpos sin vida o agonizantes, e, ignorando el dolor que irradiaba desde su hombro y el asco que le provocaba el macabro tapiz, rodó sobre aquellos para escapar de las patas de su montura enloquecida.
Un instante después, todo estaba en silencio. El hombro había dejado de molestarle. El combate había terminado, y tan sólo se veían aquí y allá algunos caballos sin jinete, vagando entre los muertos sin rumbo fijo.
Como en todo sueño, nada era real. Tenía que haber sido casi de noche, con el sol oculto tras las montañas, apenas un hilo de luz, insuficiente para ver lo que ocurría a pocos pasos, y sin embargo la luz era de plena mañana.
Goar se incorporó, tanteó el suelo en busca de su espada, pero, en su lugar, los dedos se le enredaron en una larga y pringosa melena.
Sacudió la mano, asqueado, y fijó la vista en una cabeza cercenada a pocos pasos de la suya propia.
El cabello era blanquecino, como la nieve que corona las montañas antes de que nadie se haya atrevido a pisarla.
El rostro era el de alguien agraciado, al menos entre los alanos, con un cráneo ligeramente alargado y unos ojos azules ahora ya inexpresivos, vencidos ya por la muerte.
El corazón se le aceleró. Sabía que Pablo había muerto a poca distancia de él, pero ese rostro no era el del viejo seguidor de Víctor.
Volvió a centrar la mirada en él: se parecía a Pablo, ciertamente, sólo que era mucho más joven de como lo recordaba.
Su respiración se detuvo casi de inmediato.
Alargó la mano y con los dedos recorrió las huesudas líneas del contorno.
No, aquéllos no eran los rasgos de Pablo, eran los de alguien muchísimo más familiar para él.
Dejó caer la cabeza, derrotado, entonces sí, y sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas, pues creía haber dado con la respuesta.
–¿Safrax? –escuchó su propia voz llamando a su primo, desconsolado, antes de despertar bañado en sudor.
El corazón le palpitaba con fuerza, tanta que creyó que los latidos podían ser capaces de despertar a quienes dormían en las habitaciones contiguas.
No se escuchaba nada más, a excepción del maullido de algunos gatos.
Se incorporó en el lecho, empapado en sudor, y se llevó la mano a la cabeza.
Se había recortado el pelo, aunque no lucía tan ralo como el de Estilicón y el del resto de los jóvenes oficiales que lo acompañaban.
Era incapaz de, como ellos, permitir que un tonsor le moldeara el cabello con una navaja casi cada luna.
No, aquello era una pérdida de tiempo. Por eso, él mismo se recortaba las greñas color cebada cuando ya le caían por detrás de sus orejas.
Se sentía extraño así, aunque debía reconocer que, tan al sur como estaban, con aquel calor tan pegajoso y húmedo, agradecía que su otrora larga melena no lo incomodara.
Se secó la frente con la sábana y volvió a tumbarse. Aún faltaban unas pocas horas para que amaneciera y la enorme ciudad volviera a convertirse en una maraña de sonidos y de transeúntes de un extremo al otro de la misma. Una marea de gente en el interior de una ciudad inabarcable.
Goar miró hacia el techo, como solía hacer en el barracón que se había convertido en su hogar en Brigetio.
«Demasiados cambios en poco tiempo», se dijo.
Conmocionado, se dio cuenta de que nunca antes había creído reconocer los rasgos de Safrax en la pesadilla.
Todo cambiaba a su alrededor, incluso él mismo.
Ya no era aquel muchachito resentido y asustadizo en ocasiones que había partido de algún lugar de más allá de la frontera de piedra para asentarse en el Imperio.
Ya nunca volvería sentir el temor que provocaban la soledad y la incertidumbre.
Su cuerpo se había endurecido, pero también su alma, aquella que se había resquebrajado al conocer la traición de su abuelo.
A éste aún no lo había perdonado y dudaba que pudiera hacerlo en adelante, pero, al menos, cuando cerraba los ojos no lo inundaba ya una sensación de abandono.
Creía haber encontrado por fin su camino, uno que, eso sí, nunca hubiera imaginado antes.
Quizá, se dijo, eso era lo que le habría ocurrido a Pablo con el paso de los años, de manera que había terminado por olvidar de dónde provenía, sus vínculos, sus promesas.
Todo. Él también lo haría, y de forma definitiva.
Nada de lo vivido conseguiría atarlo al pasado, no cuando tenía un futuro espléndido ante sus ojos; un futuro que, de niño, hubiera creído inalcanzable.
Quizás el mismo mundo también cambiaba cuando ciudades como aquella inabarcable Constantinopla acogían a tipos como él, hijos de la interminable, salvaje y dura estepa.
* * *
Julio del 379. Brigetio
Hacía casi dos años desde la última vez que Cayo Nepociano, tribuno de la I Adiutrix, pisara el lugar en el que su legión se había asentado mucho tiempo antes de que él siquiera hubiera nacido.
El verano había hecho su aparición en la frontera septentrional del Imperio, pero, para el tribuno, tras tantos meses en el benévolo clima oriental, aquel tiempo, excesivamente cálido para los lugareños, le parecía únicamente el de una agradable primavera.
En Brigetio podía sentir la calma, al fin, y olvidar, en parte, las matanzas y atrocidades.
Desde semanas atrás, no había visto rastro alguno de edificios derruidos, de bosques talados o árboles calcinados hasta la raíz, de cauces emponzoñados y cadáveres de todo tipo; tampoco los acompañaba ya el hedor con el que habían convivido durante tanto tiempo: una mezcla de ceniza, de sangre y de heces que parecían inundar el aire a cada paso.
Todo había quedado atrás, o eso parecía, y Nepociano tan sólo se repetía que, tal vez, la pesadilla había terminado.
Pero no era ningún iluso, y sabía que todo aquello, igual con más virulencia, volvería a suceder, más tarde o más temprano, pues él era un hombre de Roma y sobre él recaía la responsabilidad de mantener incólume una frontera cada vez más frágil e inestable.
De mejor humor del que recordaban disfrutar desde hacía mucho tiempo, pues se encontraban al fin a muy poca distancia de su destino, los legionarios y auxiliares de la campaña oriental atravesaron la necrópolis oriental a paso ligero.
A las afueras de la cannaba se había congregado una pequeña muchedumbre de mujeres y niños.
Las familias de aquellos que habían marchado, comprendió el tribuno de inmediato.
Consciente de que eran muchas las bajas que habían sufrido, aceleró el paso, deseoso de alejarse de allí, en dirección a los muros del acuartelamiento, que ya se distinguían a lo lejos.
Daba igual los años transcurridos desde que se uniera a las águilas, desde luego hacía tiempo que había dejado de considerarse un sentimental; sin embargo, aun así, nunca se llegaría a acostumbrar a ese instante terrible en el que hombres y mujeres, daba igual quién, comprendían que sus seres queridos no regresarían del combate.
Y no podía permitirse un signo de debilidad como ése.
Cuando se encontraba a pocos pasos de los muros que daban acceso al campamento, una voz familiar lo interpeló:
–A estas alturas, ya creía que habías preferido quedarte en Oriente, rodeado de lujos y putas caras. Pensé que te habías olvidado de tu viejo y aburrido amigo.
–¡Marcial! –saludó, feliz, reconociendo la voz y volviéndose hacia él.
De inmediato, se fundieron en un abrazo.
–Llegué a pensar que habías muerto, ¡joder! –Lo empujó el centenario de forma cariñosa, pero con fuerza suficiente para hacerlo trastabillar.
–Estuve cerca, y más de una vez, pero así es más placentero regresar a casa.
El veterano lo examinó con interés de arriba abajo.
–Estás de una pieza, al menos lo que se ve. Si has perdido algo ahí abajo, no es asunto mío. Joder, ¿es verdad que esos malditos godos son más fieros que nuestros muchachitos cuados y alamanes?
Nepociano no respondió. Lo tomó del hombro y lo hizo avanzar hasta llegar al edificio principal.
Llegado ese momento, nada le apetecía más que sentarse a la sombra y degustar un poco de cerveza mientras se ponía al día de lo ocurrido allí durante su ausencia.
Al fin, desembocaron en el gran comedor, que estaba completamente en silencio.
La escasa guarnición ya había cenado, y para entonces apenas las silenciosas figuras de los esclavos de las cocinas recogían lo que había quedado sobre las mesas.
Ignorándolos, aunque tampoco se atrevían a mirar a los recién llegados, se dirigieron hacia la mesa más cercana al enorme hogar, entonces apagado, reservada para los oficiales.