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CAPÍTULO III
La noche caía como un oscuro manto sobre un campamento en el que cada vez eran menos las voces que se escuchaban, donde hacía tiempo que las risas y la felicidad habían parecido quedar desterradas para siempre, arrancadas de raíz del corazón de un único hombre, el mismo que años antes se había convertido en la única esperanza para todos ellos.
Aquél era un campamento al que se le había arrebatado el alma, y cuya superficie menguaba cada noche, a medida que las lunas quedaban atrás.
Baddo había terminado poco antes sus quehaceres en el bosque cercano.
Al inicio de la primavera, cuando el colorido de las flores comenzaba a salpicar montañas y llanuras, había pedido a Amage que le enseñara a elaborar los ungüentos y bebedizos propios de los alanos.
Pese al cariño que le profesaba la abuela de Safrax, la goda se había percatado de su reticencia inicial.
Los saberes de su pueblo, las costumbres que llevaban consigo de un lado a otro, era lo único que les quedaba ahora que habían sido arrancados de las tierras de sus ancestros, ahora que hasta los hombres se habían amoldado a la forma de combatir de sus nuevos enemigos de uno y otro lado de la frontera de piedra.
Ésta había supuesto el límite del mundo conocido para sus antepasados, pero ya había dejado de serlo.
Ya la habían dejado atrás y marchado hacia el sur para derrotar al emperador de Roma, del Imperio que llevaba siglos gobernando con mano de hierro el Occidente, y sólo para regresar a continuación al norte del gran río en busca de su mortal y más reciente enemigo: Balamir y sus hunos.
Pasadas unas semanas, y ante su insistencia, Amage había consentido en enseñarla.
Previamente, lo había comentado con sus nietas y con las pocas ancianas que seguían con ellos.
Les habló de la necesidad de que las tradiciones permanecieran, sin importar que Baddo no fuera de su mismo origen, pues la joven había elegido seguir a su pueblo en lugar de aquel que la había visto nacer.
Tanto Aleda como Caina, aunque sorprendidas, poco tardaron en mostrar su conformidad, pues la goda hacía tiempo que se había convertido en una hermana para ellas.
Con las ancianas no fue tan sencillo, pero Amage usó toda su elocuencia y su ascendencia sobre ellas.
Argumentó que todo estaba cambiando: las gentes con las que se encontraban en el camino, el paisaje, las costumbres, todo, y ellos también debían adaptarse, mas sin perder su esencia, si no querían desaparecer en el olvido para siempre.
Baddo, al fin y al cabo, ya era una alana más.
–Baddo, aquí –escuchó que la llamaba una voz femenina.
La goda vio que Caina y Amage, en la entrada de una de las tiendas, le hacían señas para que se acercara. Una vez en el interior, dejó el saco que transportaba sobre una de las mesas de madera.
–Aquí están todas, creo.
Amage, con la vista cada vez más borrosa a causa de la edad, se puso manos a la obra con premura. Comenzó a llevarse a la nariz diferentes ramilletes, aspirando su fragancia, reconociendo cada una de ellas, hasta que asintió, satisfecha.
–¿Servirá para que duerma? Debe descansar... –inquirió la goda.
La anciana mordisqueó uno de los tallos, amargo, y enseguida su rostro se contrajo en una mueca.
Debía asegurarse de algunas plantas, pues, estando tan lejos de las tierras de sus ancestros, no podía encontrar todas las que conociera cuando era niña, pero sí, gracias a su experiencia, sustituirlas por otras con propiedades similares.
–No por mucho tiempo, pero al menos descansará unas pocas horas cada noche. Si es que logro que ese muchacho testarudo acceda a tragárselo...
–Si es necesario, se lo echaremos en la bebida sin que se dé cuenta –intervino Caina, maliciosa.
Amage le respondió con una sonrisa, y cientos de pequeñas arrugas se marcaron alrededor de sus labios. La chiquilla, a sus quince años, era tal y como ella recordaba haber sido en el pasado, antes de desposarse con Beuca: risueña, despierta, atrevida, poseída por un ansia inagotable de saber.
–Su sabor es demasiado fuerte como para que no repare en él. Pero yo se lo pediré y accederá, descuidad. Aún me hace caso en algunas cosas; en pocas, pero en ésta estoy convencida de que me escuchará.
Las dos jóvenes asintieron y se pusieron manos a la obra, dispuestas a preparar el bebedizo bajo la atenta mirada de la anciana, que repetía una y otra vez en voz alta los pasos que debían ejecutar.
–Los hombres murmuran, ya no son sólo los que se marchan aprovechando la caída de la noche, sino que también otros se atreven a cuestionar el liderazgo de mi hermano en voz alta.
Tasio me ha asegurado que se ha enfrentado a varios de esos alborotadores las últimas semanas, pero que teme que un día su intervención no resulte suficiente para contenerlos –les contó Caina con evidente preocupación, rompiendo de súbito el silencio que se había apoderado de la estancia.
Baddo gruñó y se llevó el antebrazo a la frente para retirar los mechones que caían sobre su rostro sudoroso. Ella misma había sido testigo de alguna pelea, por mucho que le trajera sin cuidado lo que ocurría fuera de la tienda de la familia de Safrax.
Un año antes, Uldin había conseguido evitar que Safrax se lanzara sobre los suyos antes de cruzar el gran río.
El huno había hecho llamar a los hombres de su padre, y para cuando Safrax logró reunir unos pocos millares de jinetes, él contaba ya con más del doble.
Aquello no había disuadido por completo al alano, y, durante unos pocos días, se había abalanzado con ímpetu contra los hunos que quedaban rezagados de la vasta columna.
Pero no había conseguido más que eliminar a algunos centenares y, entretanto, Uldin se había llevado consigo a Hilduara y a las enormes riquezas que había amasado tras la batalla frente a Valente.
Cuando los caballos de Safrax al fin pudieron abrevar en el Istro, el príncipe huno estaba ya en la otra orilla.
Furioso, el alano había obligado a los suyos a recorrer el margen en busca de embarcaciones, pero, para cuando las encontraron, Alateo y su comitiva ya llegaban desde el sur.
Sin embargo, a Safrax le trajo sin cuidado.
Con unas cuantas decenas de hombres y sus monturas emprendió nuevamente la persecución.
Alateo, y junto a él Amage, su familia y el resto de los suyos, no tuvo más remedio que permanecer en la orilla del Istro durante un largo mes, mientras se hacían con naves suficientes para todos.
Tampoco eran ya el ejército que había ganado a los romanos.
Muchos se habían ido despidiendo: unos, por entender que ya nada los unía a esas tierras que nada les ofrecían, y se habían marchado de nuevo hacia el sur, dispuestos a unirse a Fritigerno o a cualquier otro caudillo; otros, por el tiempo, inexorable, sin que Safrax pareciera entrar en razón.
–Lo sé, y por eso estamos aquí –repuso Amage–.
He hablado con Alateo. Sólo gracias a él los godos todavía permanecen con nosotros.
Pero él también ha llegado a su límite y no desea seguir avanzando sin rumbo.
Aún desea venganza, claro, pero no ya a cualquier precio, no por encima de sus prerrogativas como líder de los suyos ni de la seguridad de su familia.
–Esa sed de venganza lo está consumiendo. Nadie debería vivir con tanta hiel en las venas... –apuntó Baddo en un susurro.
Amage asintió. Había enseñado bien a la hija de Gundebaldo; en el conocimiento de las plantas, pero también en el de las personas.
Era joven, pero también una alumna tremendamente aplicada.
Tan sólo le faltaba la experiencia que otorgan los años, las vivencias que permiten afrontar y superar cada pérdida, paliar cada trago amargo...
, aunque Baddo no había tenido más remedio que enfrentarse ya a todo ello.
Si disponía del tiempo necesario, se convertiría en una mujer sabia.
–La venganza puede representar la respuesta adecuada, en ocasiones.
Nos puede guiar cuando la oscuridad nos impide ver el camino, nos puede dar fuerzas cuando no las tenemos.
Pero, cuando nos consume, cuando anula toda razón, se convierte en el peor de los enemigos.
Por mucho que nos cueste, debemos rescatar a Safrax de sus garras.
Debe regresar: se lo debe a todos los que aún creen en su liderazgo, también a nosotras, y, sobre todo, a él mismo, antes de que la locura lo arrastre para siempre hacia sus funestos dominios.
* * *
Julio del 379. Constantinopla
Goar se había ido al lecho temprano, agotado tras otra inútil jornada en aquella ciudad gigantesca donde nada había que alguien como él pudiera hacer.
Había conciliado el sueño muy rápido, cuando aún escuchaba el escándalo proveniente desde las cocinas, donde los esclavos se afanaban entre calderos y loza. Poco después, como otras tantas noches, la pesadilla volvió a repetirse.