Dragón 2 #3
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–El emperador ha determinado que debemos esperar la llegada de un contingente godo que luchará a nuestro lado. Hombres del viejo juez Atanarico. ¿Te acuerdas de ese cabrón?

Víctor asintió. Claro que lo recordaba. Habían combatido junto al difunto Valente más allá del río, destruyendo cuanto encontraban a su paso y obligando a Atanarico a aceptar una paz humillante.

Apenas habían pasado unos años desde aquello, aunque le parecían una eternidad.

Con tristeza, reparó en que su mundo se había desmoronado en muy poco tiempo, casi sin haber sido consciente.

Sin embargo, no era momento de añoranzas.

Esa nueva partida de godos que iban a luchar con ellos no le parecía una mala jugada por parte de Teodosio, si es que era capaz de asegurarse su lealtad, lo que Víctor no terminaba de creer.

Por otro lado, se dijo, aquello confirmaba su sospecha de que al nuevo emperador le gustaba rodearse de gente nueva, y no de viejas glorias como él.

–¿Y vos, general? ¿Cuándo regresaréis a la lucha? ¿Lo haréis con nosotros esta vez? –preguntó Estilicón, deseoso de ponerse al servicio del sármata.

El general, antes de responder, miró a Goar. Como cualquier alano que conociera, como ocurriera con su añorado Pablo, parecía no encontrarse del todo cómodo allí dentro. Apenas había probado bocado, apenas había hablado. Igual que hubiera hecho su viejo amigo, pensó.

–El emperador, en su sabiduría, ha decidido prescindir de mis servicios en este conflicto. Debo reunirme con mi joven esposa en Oriente y permanecer allí hasta nueva orden. Quizás así pueda engendrar hijos con ella, aunque a mi edad parecerán mis nietos...

–Pero... ¿en estos momentos? ¡No podemos prescindir de un general como vos! –protestó Estilicón, airado, aunque se arrepintió de inmediato en cuanto el sármata alzó la mano.

–Graciano ha decidido que Flavio Teodosio sea su hombre fuerte en Oriente y, hasta ahora, pese a la caótica situación, nos ha mantenido con vida, así que debemos seguir confiando en él.

No tiene por delante una tarea sencilla, todo lo contrario, pero contará con nuestra lealtad, como también contó con ella su predecesor.

Constancio meneó la cabeza con disimulo, y luego hizo un gesto para atraer hacia sí la atención de sus compañeros de ágape.

–Estilicón, Goar, id a la cocina y que nos traigan el passum . Es imperdonable que no lo hayan traído ya. Hoy es un buen día para emborracharse.

El passum , un vino elaborado a partir de uvas pasas, era el compañero ideal de todo tipo de postres, dulce y rasposo a partes iguales.

Sin decir palabra, los jóvenes salieron del triclinium .

Los dos habían comprendido que Constancio deseaba que los dejaran solos por un rato, pues, en otro caso, le hubiera bastado con palmear las manos para que alguna de las esclavas se presentara sin dilación.

–No puedes estar hablando en serio –aseveró Constancio cuando estuvo seguro de que los dos jóvenes no los escuchaban–. Sigues siendo nuestro mejor general y nuestro mejor jinete, da igual los años que tengas.

El sármata comenzó a contar con los dedos. Ni él mismo estaba seguro ya de cuál era su edad.

–¿Cincuenta? Comienza a ser una edad más que respetable...

Constancio sonrió. Él debía de rondar los cuarenta y seis, pero lo cierto era que los exóticos rasgos del sármata lo hacían parecer más joven.

–Lo es, y has llegado a ella a lomos de tu caballo, por lo que tienes más experiencia en la guerra que ninguno de esos meapilas que ahora tratan de ganarse el favor del nuevo emperador...

Me parece una temeridad, y una estupidez, que haya decidido prescindir de tus servicios.

Máxime después de que le salvaras la vida a finales de la primavera.

Víctor alargó la mano y tomó un puñado de nueces.

Ciertamente, él había evitado que Teodosio fuera uno de los augustos más breves de los últimos tiempos al salvarle la vida en la batalla contra la hueste principal de Fritigerno.

Ahora el sármata había llegado a la conclusión de que, quizá, precisamente por eso el emperador lo alejaba de sí, para demostrar que no necesitaba de un viejo guerrero para mantenerse con vida.

–El mundo está lleno de ingratos, y más en un palacio. Tú deberías saberlo.

–¡Oh, claro que lo sé! Hay más puñales en una reunión palaciega que en la taberna más sórdida y ruin de la cannaba más peligrosa a orillas del Istro.

Se echaron a reír.

–Puedo interceder por ti ante el emperador. No me hará el más popular entre los suyos, pero todo esto es un error. Debe enmendarlo.

El sármata hizo un gesto para acallar lo siguiente que fuera a decir.

–No, amigo mío. Mi tiempo aquí ha terminado.

A Constancio no le quedó más remedio que morderse la lengua y apurar la copa. A lo lejos, se escucharon los pasos de Estilicón y de Goar.

–¿Y qué harás ahora?

–Iré a Oriente y me estableceré con mi familia en Jerusalén. Tendré a mi cariñosa suegra a muy poca distancia. Quizá cuando tenga nietos romanos se dé cuenta de que Roma no es su enemiga, quién sabe...

–¡Ha llegado el passum ! –anunció Estilicón en voz alta, para que les diera tiempo a callar cualquier conversación inapropiada.

Constancio hizo una seña a su hijo para que rellenara las copas.

–Nietos romanos de un padre sármata y una princesa árabe, aunque, por la edad, las criaturas pensarán que su abuelo eres tú... – puntualizó, en tono jocoso, repitiendo sus propias palabras.

Víctor rio, divertido. Podía tener cincuenta años y muchas campañas a sus espaldas, pero todavía se encontraba fuerte, sano y dispuesto para engendrar. Y para combatir.

–Ésa es parte de la grandeza de Roma. No es necesario haber nacido dentro de sus fronteras para sentirse romano.

Sólo basta con actuar como tal, con determinación y lealtad –respondió al fin, con los ojos fijos en los más jóvenes–.

Brindo por los cachorros que deben retirarnos, ilustre tribuno scholae .