Dragón 2 #2
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A primera hora de la tarde, Víctor se encaminó a los baños públicos, que se encontraban muy cerca de la antigua acrópolis de la urbe original, para tomar un masaje antes de dirigirse hacia el hogar de su viejo amigo.

Al llegar frente a la gran domus de Flavio Constancio y de su esposa, la hija de uno de los patricios más influyentes de la ciudad, su liberto de confianza se adelantó y aporreó la puerta. Casi de inmediato, dos esclavos de cráneo rasurado y brillante por el sudor lo invitaron a pasar.

Hizo un gesto a las dos parejas de árabes de mirada inquieta que siempre lo acompañaban y se dejó guiar hasta un patio donde los criados le indicaron cortésmente que debía aguardar.

El veterano militar se apoyó en uno de los muretes y se dejó arrullar por el rumor del agua y por el fresco perfume de la frondosa vegetación, tan agradables en un día caluroso como aquél.

Allí fácilmente podía uno olvidarse del hedor y los gritos provenientes del cercano puerto Juliano que la brisa transportaba por toda la ciudad.

Las vigorosas manos del masajista habían hecho bien su trabajo, y la tirantez que sentía en el cuello desde hacía meses parecía haber desaparecido por completo.

Sus ojos comenzaban a cerrarse involuntariamente cuando un inesperado movimiento a su izquierda lo puso en alerta.

No pudo remediar responder como el soldado que era, pero, sin embargo, al momento su gesto se relajó.

Era Goar, el alano, quien, entre la vegetación, caminaba hacia él.

Se habían separado poco después de Adrianópolis, y desde entonces el joven había entrado a formar parte del séquito de Estilicón, el hijo de su viejo amigo Constancio.

Sin poder disimular la sonrisa que afloraba en sus labios, Víctor examinó con ojo experto la estampa del joven.

Lo había conocido siendo un muchacho, aunque fornido, pero ese día, sin embargo, parecía ya todo un hombre.

Alto, ancho de espaldas y de piernas torneadas y firmes, cualquier rasgo infantil había desaparecido tras horas de agotador entrenamiento, pero también de lucha encarnizada en la que, no pocas veces, imaginaba, había estado a punto de perder la vida.

«Como todos», pensó. Contempló aquellos ojos verdes, del color de la hierba en primavera, y en ellos tampoco encontró rastro ya de inocencia.

¿Qué esperaba? Quienes habían sobrevivido a Adrianópolis y a los meses posteriores, de batalla constante en cada llanura, en cada valle, junto a cada curso de agua para salvar la vida, nunca volverían a saber lo que aquello significaba.

Nadie, quizá, volviera a saberlo en adelante.

–¡Goar, muchacho! –exclamó al fin, acercándose a él con los brazos abiertos.

El alano, también sonriente, aceptó el abrazo con alegría.

–Mi señor Víctor –respondió, reacio a separarse del hombre.

El carraspeo de Estilicón, a sus espaldas, hizo que ambos se separaran, ligeramente incómodos.

–¡Qué gran honor recibir al dignísimo Víctor en nuestro hogar! –anunció el hijo de Constancio con educación, mas con una gran sonrisa en el rostro.

El sármata se percató de que, al igual que Goar, vestía elegantemente, algo extraño para él, siempre en campaña, siempre a lomos de su caballo. Sin dudarlo, se acercó a Estilicón y, venciendo la timidez de éste, lo abrazó igualmente.

–También me alegro mucho de volver a verte, Estilicón –dijo de forma sincera, pues apreciaba al joven casi tanto como a su padre. Los echaría de menos en adelante; sólo esperaba que Teodosio no fuera tan estúpido como para alejarlos de su lado en el futuro.

–Nos hacéis un gran honor, mi señor. Mi padre no ha parado de dar órdenes entre la servidumbre desde que se anunció vuestra llegada –apuntó el joven patricio, tomándolo del brazo y haciéndolo avanzar por el patio.

Víctor se dejó llevar. Podía escuchar los pasos de Goar a su espalda, e irremediablemente le dio por recordar a Pablo, el alano que había sido su mano derecha durante quince largos años.

Pablo, como el resto de los que habían formado su guardia personal, había perdido la vida en la fatídica jornada de Adrianópolis.

Su sacrificio no había sido en vano, como tampoco el del resto de protectores que Flavio Constancio había comandado contra la letal caballería alana que había sumido al ejército imperial en el caos.

Gracias a Pablo, Valente había escapado con vida del campo de batalla, aunque hubiera muerto poco después, y él, por su parte, había conseguido dar con el sobrino del emperador y su ejército.

Y, además, Pablo había sido su amigo. Por eso lo añoraba.

Dejaron atrás el sonido de las fuentes y de los pajarillos, y se adentraron en un nuevo patio, más pequeño pero decorado con mosaicos geométricos de excepcional belleza.

En una de las estancias que se abrían a éste, de paredes rojizas y frescos elegantes, encontraron a Flavio Constancio dirigiendo a un grupo de esclavos y sirvientes como si se tratara de un general disponiendo a sus tropas para la batalla.

–Padre... –lo interrumpió Estilicón con un ligero carraspeo.

El hombre se giró, con gesto contrariado, y se sorprendió al ver a su invitado.

–¡Víctor! No te esperaba tan temprano, te ruego nos disculpes –exclamó, señalando a la media docena de servidores.

Éstos, sudorosos, se afanaban en colocar los divanes, encender las lámparas de aceites y los quemadores de olor, y al momento dos de ellos echaron a correr hacia las cocinas en busca de las fuentes repletas de comida que colocarían sobre las mesitas situadas en el centro del círculo formado por los divanes.

–Te ruego me disculpes a mí. El ansia por reencontrarme con mi viejo y querido amigo ha provocado que llegara antes de tiempo.

Ante el asombro de los más jóvenes, poco acostumbrados a gestos efusivos entre hombres de su posición, los dos hombres se fundieron en un abrazo sincero.

Cuando se separaron, los esclavos ya se marchaban, y Flavio Constancio les indicó que tomaran asiento; también a Goar, que hasta ese momento parecía decidido a permanecer en pie junto a la puerta.

En ese instante, dos mujeres aparecieron en el triclinium . Cada una de ellas llevaba dos jarras decoradas con delicadas filigranas de plata, con las que rellenaron las cuatro copas de elegante vidrio rosáceo que descansaban hasta entonces sobre las mesas.

El vino, el de mayor calidad de los almacenes de Flavio Constancio, fue seguido por bandejas de excelente comida: pan, olivas, almejas y caracoles, seguidos de toda clase de carnes bien sazonadas y especiadas, así como pescados frescos traídos desde el puerto a primera hora del día.

Comieron con avidez, y el alcohol soltó las lenguas.

Y no fue hasta rato después, con el apetito terminado, cuando los esclavos regresaron y recogieron las bandejas, para sustituirlas por otras repletas de dátiles, almendras, higos, nueces y todo tipo de dulces crujientes bien regados con miel.

Fue entonces, después de haber rellenado las copas una vez más, cuando Flavio Constancio le hizo un gesto a las jóvenes que los atendían para que los dejaran a solas. Había llegado el momento de dejar a un lado los asuntos políticos del Imperio para hablar de ellos mismos.

–¡Cómo había echado de menos este tipo de comodidades! Definitivamente, debo estar haciéndome mayor –suspiró el general sármata.

Estilicón y Goar se sonrieron, sentados el uno frente al otro.

Habían congeniado casi desde el principio, pese a los temores de Constancio.

Lo cierto era que Estilicón había acogido al alano no como a un subordinado, sino como a un pariente lejano.

Con todo, no sabían que compartían un origen común.

El padre de Goar había sido un vándalo, aunque el muchacho jamás lo había conocido, como tampoco había convivido con los suyos, pues se había criado entre alanos, con la familia de su madre.

Estilicón, por su parte, siempre había creído que su padre era un respetable y reconocido oficial romano, y nada conocía de su pasado más allá del Istro.

Ambos contaban con sangre vándala, y ambos, quería pensar Constancio, llegado el momento, serían capaces de controlar su innata predisposición para la guerra gracias al influjo civilizador de Roma.

Serían romanos, como él lo era entonces, aunque jamás se apagaría la llama de Geiseric.

Tal era el nombre del padre de Goar, a quien pertenecía la scrama de la que nunca se separaba el joven, y el suyo propio, tiempo antes de engendrar a Estilicón.

La unión de esos jóvenes había sido una señal del destino.

–¿Qué tal te fue en el oeste?

Víctor tomó un pastel de almendra y un dátil.

–No me puedo quejar. Mantuvimos a las partidas de saqueadores lejos de las calzadas, aunque sufrimos bajas considerables. Por fortuna, aunque siguen siendo demasiados, siguen dispersos, y eso nos favorece.

Constancio asintió. Eso mismo había comprobado él al comenzar la primavera, cuando el nuevo augusto había reunido un pequeño ejército formado por los protectores y los supervivientes de las distintas scholae , además de algunos mercenarios armenios y jinetes sirios para completar sus maltrechas filas.

La situación podía continuar así durante años, siempre que no consiguieran volver a cerrar el limes del Istro, por donde no dejaban de entrar nuevos combatientes dispuestos a sacar tajada de la débil situación del Imperio.

–Si alguien como tú liderara a nuestros enemigos, Víctor, estaríamos condenados. Así que brindo porque no sea así.

El sármata meneó la cabeza, pero, ante la insistencia de su anfitrión, no tuvo más remedio que alzar la copa y acabar el contenido de un solo trago. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un caldo como aquél, desde luego, y tampoco de una compañía tan locuaz y agradable.

–¿Y tú cuándo regresas al frente, Constancio? Me he enterado de que lleváis más de un mes aquí, ociosos...