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CAPÍTULO II
Al día siguiente de la gran batalla que supuso la caída de Valente, casi un año antes, Fritigerno había estado convencido de que arrasaría hasta los cimientos la ciudad de Adrianópolis.
Sin embargo, ésta, aun defendida sólo por los pocos supervivientes y por las escasas tropas que custodiaban el tren de bagaje, había resistido.
El íbero Bacurio, entonces al mando, había aprovechado las decenas de máquinas de guerra colocadas sobre las murallas para arrojar sobre los confiados godos y sus aliados toda clase de proyectiles.
Enseguida la llanura frente a la ciudad se convirtió en una suerte de camposanto, antes siquiera de que las escalas pudieran apoyarse sobre los muros.
Atónito a la par que furioso, Fritigerno se vio obligado a detener el ataque y levantar el sitio.
No obstante, aquella guarnición no representaba más que una ligera incomodidad para sus planes, pues tras su incontestable victoria no sólo Tracia, sino incluso otras provincias más opulentas estaban a su merced.
Con este pensamiento dejaron atrás Adrianópolis, hacia el sur, hacia el corazón de las tierras sobre las que había regido el difunto Valente, nada más y nada menos que hacia la nueva Roma.
Sin embargo, allí tampoco habían conseguido lo que esperaban.
Fritigerno había creído que aquellas largas y altas murallas en las que tanto confiaban sus enemigos le franquearían el paso no sólo a la posteridad, pues aquello ya lo había conseguido al derrotar a Valente, sino también a una ciudad fabulosa, rica como ninguna otra.
Había creído de oro sus edificios, de plata sus fuentes, de gemas pulidas y regulares la infinidad de calles que conducían al mar, por un lado, y a los recios muros, por otro.
Se había equivocado, como otras tantas veces.
Sin maquinaria de asedio, no tenía más remedio que esperar a que el hambre venciera a sus enemigos o bien que alguno de ellos accediera a franquearles el paso hacia el interior de los muros de Constantino.
Pasaron así las semanas, y corría la noticia de que el augusto de Occidente, Graciano, y su ejército se encontraban muy cerca.
Eso, finalmente, hizo mella en su determinación.
El tervingio no tuvo más remedio que aceptar que cada día que permaneciera allí, sin atravesar las defensas, estaría invitando al sobrino del difunto Valente a darle caza.
Levantó el campamento y continuó su marcha.
La capital se había salvado, al menos por el momento, pero la estampa de destrucción y barbarie que habían dejado a su paso los godos quedó impresa para siempre en los corazones de quienes habitaban la nueva Roma.
La misma estampa que contemplaba ese día Fritigerno a sus pies, tan lejos de entonces y tantos meses después.
–Mi señor Fritigerno –lo interpeló uno de los hombres de su séquito, un alano de nombre Tarvas.
Se volvió hacia él. A sus ojos, Tarvas se había mostrado leal.
Tras la gran batalla, habían sido muchos los que habían pretendido arrogarse el mérito de la victoria.
No precisamente quienes más habían contribuido a ella, como Safrax y Alateo, de los que Fritigerno nada había vuelto a saber, sino otros caudillos tervingios menos importantes, pero sin duda henchidos de ambición.
Unos lo habían abandonado al poco tiempo junto a los suyos, otros habían muerto bajo las armas de Tarvas y de aquellos alanos que lo secundaban.
–¿Qué ocurre? –repuso al fin, levantando la vista.
Estaba cansado por la reciente escaramuza contra una avanzadilla de jinetes imperiales.
Aunque, en verdad, aquello no era del todo cierto: estaba cansado de todo, de los meses, años ya, en los que había llevado a los suyos de un lado para otro ávido de lucha, de sangre y de riqueza.
Había devuelto a Roma el daño recibido, pero no había conseguido más recompensa que una existencia nómada, siempre alerta y las armas prestas.
–Hemos atrapado a media docena de esos malditos demonios oscuros, mi señor.
Fritigerno esbozó una mueca que, en otras condiciones, hubiera parecido una sonrisa, como la que iluminaba el rostro del alano.
De entre todos los soldados de Roma, a ninguno temían más los guerreros de Fritigerno que a los jinetes árabes.
Los temían y los detestaban. Poblaban sus pesadillas.
Tan distintos a ellos, temibles jinetes ligeros de salvaje aspecto y armas afiladas, surgidos desde lo más profundo del desierto junto al único general que había conseguido derrotar a los suyos en dos ocasiones durante los últimos meses: el detestable Víctor.
Ante el silencio del caudillo, Tarvas volvió a tomar la palabra.
–Me preguntaba si podemos hacer con éstos lo mismo que hicimos con los últimos. La otra vez sirvió para subir la moral de los muchachos. –El rostro enjuto del alano se curvó en una sonrisa torcida.
Fritigerno asintió. Por supuesto. Dejaría que los suyos se ensañaran con aquellos desgraciados árabes.
Sus guerreros necesitaban disfrutar de cualquier pequeña victoria, por insignificante que fuera, pues cada una de ellas les insuflaba aire con el que continuar adelante, con el que enfrentarse al destino que habían elegido en el momento en el que decidieron atravesar el gran río y adentrarse en tierras de Roma.
* * *
Junio del 379. Constantinopla
Víctor había llegado a la capital imperial la jornada anterior.
Extenuado tras tantos meses de campaña, sólo disponía de dos días antes de tomar el barco que lo llevaría a Cesarea Marítima.
Dos días en los que se había propuesto despedirse de los pocos amigos que le quedaban en la capital.
Él no era un político, sólo un guerrero, a uno y al otro lado del limes , por mucho que hubiera ostentado el pomposo título de cónsul en el pasado.
Durante toda su vida había evitado palacios e intrigas, y, por el contrario, había frecuentado todo tipo de campamentos de frontera, campos de batalla y tierras extranjeras y repletas de peligros.
Jamás hubiera cambiado el fulgor de un vivaque en medio de una llanura en la que el viento ululaba día y noche sin parar por el cálido hogar de la más opulenta estancia del palacio imperial de Constantinopla.
Por ello, pocos eran los amigos con los que contaba allí, menos aún que de costumbre ahora que, intuía, el emperador había decidido relevarlo del mando, por mucho que lo hubiera enmascarado tras grandilocuentes palabras.
Hacía poco más de tres semanas que una comitiva enviada por Teodosio, el nuevo y ambicioso augusto de origen hispano designado por Graciano, había conseguido dar con él en uno de los muchos pasos montañosos de Tracia.
El líder de aquella partida, Tito Buteo, era un celta de cabello cobrizo, nariz aguileña y mirada turbia que contaba con la confianza del emperador.
Él fue quien le entregó una misiva sellada en la que se le informaba de que, de manera inmediata, los hombres que estaban bajo su mando pasarían a estarlo bajo el suyo.
Víctor había escuchado hablar sobre ese Buteo, un individuo siniestro, al calor de las hogueras.
Parecía provenir de Britania, y había formado parte del séquito personal del nuevo augusto a su llegada a Oriente.
El sármata no era muy dado a hacer caso a habladurías, pero una resonaba con fuerza en su mente: tiempo atrás, Buteo y los veinte hombres que lo seguían habían formado parte de los arcani , de la unidad de innombrable recuerdo que había sido disuelta y sus miembros ajusticiados al sofocar el padre del emperador la revuelta en la isla de Britania.
Si eso era verdad, imaginaba Víctor, Buteo debía haber sido uno de los pocos que, durante el conflicto, debió permanecer fiel a Roma.
Y, aunque aquello debería haberlo predispuesto a su favor, algo en su expresión, en su porte, en sus maneras, le desagradaba.
Pero nada podía hacer sino obedecer. Así que se había despedido de sus hombres para, junto con sus jinetes árabes, marchar de inmediato hacia Oriente.
Allí, al otro lado del mar, en una región en la que, según Buteo, los árabes de más allá del inmenso desierto parecían dar muestras de volver a las andadas, aterrorizando por igual a caravanas y a puestos fronterizos, Víctor debía ser el nuevo hombre fuerte de Teodosio.
Hasta donde él sabía, seguía manteniéndose el acuerdo pactado con el difunto Valente, pero siempre cabía la posibilidad de que algunos jefezuelos se alzaran con ansias de rapiña.
Por eso, y aunque las órdenes del nuevo augusto pudieran ser acertadas, lo cierto era que aquella situación incomodaba al sármata.
No dejaba de ser menos cierto que, de la noche a la mañana, había sido apartado de la guerra más terrible para el Imperio en muchas generaciones.
Teodosio había prescindido de él, su más veterano y victorioso general, aunque también le había permitido una salida honrosa.
No se había deshecho de él de cualquier forma, no se había atrevido a enviar a ese mismo Buteo a su alcoba armado con un puñal mientras dormía.
Con todo, no le hubiera extrañado que aquel antiguo arcani se encontrara más cómodo con semejantes arreglos que ejerciendo como simple emisario.
Pero, si tal cosa no había sucedido, quería pensar, se debía a que el nuevo emperador había llegado a la conclusión de que eran muchos los soldados que todavía lo respetaban.
Tras tantos años viviendo al sur del Istro, lejos de los suyos, Víctor sabía cómo se las gastaban los romanos; y, en ese momento, además, era uno de ellos y sabía jugar con sus mismas reglas.
Por tales razones su visita a Constantinopla no sería más larga de lo estrictamente necesario. Pero, entre su corta lista de amistades, el primer nombre era el de Flavio Constancio, el antiguo tribuno scholae , y se animó al pensar en volver a verlo.