1 #3
Rompió a llorar por la desesperación. Y fue entonces cuando creyó entender el verdadero designio de los dioses.
Su hermano y su amante habían dispuesto guerreros alrededor de la tienda para impedirle escapar, así que le habían entregado a Alimaña para que ella misma pusiera fin a su vida.
Y debía hacerlo antes que dar a sus enemigos esa satisfacción.
Pese a que, con ello, también arrancara la vida de la criatura que crecía en sus entrañas.
En ese instante, mientras observaba la afilada hoja de Alimaña, una ráfaga de viento a punto estuvo de apagar las teas.
Alguien había entrado en la tienda, e Hilduara, en alerta, se escondió con rapidez el arma entre sus ropajes.
Por un momento, pensó que sería Safrax, lloroso, estúpido e inconsolable como un niño de pecho, tratando de congraciarse con ella.
Y dudó si dejarlo acercarse para que la abrazara por última vez, y luego cortarle el cuello.
Pero no era el alano, tampoco su hermano, sino Uldin y tres de sus oscuros seguidores.
Su gesto de extrañeza inicial tuvo que delatarla, pero pronto lo entendió.
Ni Safrax ni Alateo habían reunido los arrestos para arrancarle la vida ellos mismos, así que habían recurrido a aquellos asesinos extranjeros.
Sin dudar, sacó a Alimaña y apuntó con ella hacia el pecho del príncipe huno, todavía a varios pasos de distancia.
Lejos de mostrarse preocupado, Uldin admiró sus formas sin asomo de discreción.
Siempre había deseado hacerla suya, poseerla como cualquier otro trofeo que esgrimir ante los suyos.
Uldin provenía de un lugar lúgubre y duro, frío en invierno y dominado por un calor asfixiante en verano, en el que los buitres, los lobos, los osos y todo tipo de bestias acechaban a quienes eran incapaces de seguir el ritmo.
Un lugar implacable en el que sólo los más fuertes y tenaces lograban sobrevivir.
Allí no había lugar para la belleza, tampoco para la compasión, no cuando el único fin era salvaguardar la vida, a costa de la de los demás si era necesario.
Y por eso la hermosura de la mujer lo había deslumbrado.
Hilduara sintió un escalofrío al reparar en sus ojos rasgados, en la amenazadora pose de cazador y en los movimientos apenas humanos de los tres hombres que avanzaban hacia ella. Sin ser consciente, reculó hacia el camastro.
–¡Yo no he matado a tu hechicero! Al contrario, le arrebaté la vida al hombre que lo acuchilló a sangre fría. Así que respeta mi vida, príncipe –exclamó, tratando de que su voz sonara dura, cortante, como la hoja de aquella misma arma a la que se aferraba con todas sus fuerzas.
Uldin, divertido, hizo una seña a sus hombres para que se detuvieran. Los cuatro la miraron como lobos a una presa desvalida, devorándola con los ojos oscuros y rasgados, casi relamiéndose. Pero aquello, en lugar de atemorizarla, le dio nuevos bríos.
–¿Y por qué iba yo a querer matarte? –preguntó el huno de repente, poniendo los brazos en jarras.
Aquella pregunta hizo que Hilduara dudara el tiempo suficiente para que los otros tres se agacharan junto al cuerpo sin vida de Bleda.
–Porque esos malnacidos de ahí fuera te habrán convencido de ello para ahorrarse el trabajo.
Uldin elevó las manos, como para demostrar que no esgrimía arma alguna, y caminó lentamente hacia ella.
–Así que ese estúpido alano al final se ha cansado de ti, mujer... Siempre lo tuve por un cobarde, pero no pensé que además fuera estúpido. Pero no... Descuida, esos miserables saben que un jabalí no hace el trabajo de un hurón.
El príncipe estaba ya muy cerca, de manera que Hilduara dio unos pasos atrás, hasta quedar con la espalda pegada a la tela de la tienda.
–No sigo órdenes de nadie más que de mi padre, y si he venido hasta aquí ha sido únicamente para llevarme el cuerpo de mi hechicero. Su muerte constituye una gran afrenta; una afrenta que necesita de su justa reparación.
Hilduara sintió como el pecho se le aceleraba y se movió hacia él.
–Llévame contigo, príncipe, y con ello devolverás todo el daño recibido. Además, puedo servirte aún mejor que lo que lo hizo Bleda en el pasado: los dioses siempre me han favorecido, incluso en el día de hoy. Tu llegada es la prueba. Nos quieren juntos.
–¿Y qué has hecho, mujer, para que quienes eran los tuyos deseen ahora matarte? –Uldin frunció el ceño.
–Adentrarme en los misterios de tu pueblo y compartirlo con mis dioses antiguos, aquellos que nos hicieron poderosos, no como hoy.
Bleda y yo realizamos un sacrificio ritual, unimos la magia antigua a la nueva, y eso sirvió para entregar la victoria a nuestros hombres en el campo de batalla.
Al percatarse de lo que nos proponíamos, el viejo alano que seguía a Safrax y a su familia como un estúpido cachorro atacó a Bleda cuando éste no podía defenderse.
Lo acuchillé, pero para entonces a tu hechicero la vida ya se le escapaba...
En ese instante me entregó este puñal. –Lo alzó por encima de su cabeza para reforzar sus palabras–.
Con él me hizo entrega de todo su saber, de su propio espíritu, para que así pudiera culminar nuestro presente a los dioses.
Por primera vez, Uldin dudó. Sus ojos se estrecharon aún más, e Hilduara aprovechó el instante de vacilación para, en pocas zancadas, situarse junto al cuerpo de Bleda.
Los servidores del huno, sorprendidos por la inacción de su señor, se apartaron, y ella, con mucho esfuerzo, dio la vuelta al cadáver y comenzó a retirar el manto que lo cubría.
Venció al miedo, al asco, pues al fin comprendía, al fin veía, cuando había estado ciega.
Los hunos eran tremendamente supersticiosos, ella lo sabía, así lo había asegurado el viejo y apergaminado Zandipo, y alguien tan inteligente como ella era muy capaz de valerse de algo así.
Los dioses le habían entregado la daga para liberarse, pero no para que se arrancara la vida, sino para, gracias a su espíritu, ganarse la voluntad de aquellos demonios y ponerlos a sus pies.
Y lo haría, claro que lo haría. Cualquier cosa era mejor que morir allí, que matar a su hijo antes de nacer.
Él sería rey, como había predicho Bleda; él sería el antecesor del más grande que conocieran los hombres.
–Dejad su cuerpo aquí, no es más que una carcasa vacía. Aquí está su alma –anunció mientras deslizaba la hoja de Alimaña por la palma de su mano izquierda, que inmediatamente puso sobre la herida que había provocado la muerte del hechicero.
Los cuatro hombres la miraban estupefactos.
Ya los tenía a su merced, los había convertido de lobos rabiosos en canes asustados.
Con los ojos clavados en Uldin, Hilduara se tumbó sobre la oscura prenda del hechicero.
Tratando de no mostrar debilidad alguna al notar la humedad de la sangre y el hedor que la envolvía, dejó caer el arma y se cubrió con el manto.
De pronto, una voz la llamó en la lejanía.
Meneó la cabeza, sin importarle el dolor ni los temblores que sacudían sus piernas.
El rumor de las voces aumentó, y entre ellas creyó percibir el llanto de una criatura.
Abrió los ojos y se vio de nuevo en aquella pestilente tienda, atendida por las mujeres hunas.
Intentó incorporarse, pero unos brazos provistos de abundante vello lo evitaron.
Protestó, pero sentía la garganta seca, y su voz fue apenas un graznido.
Entonces escuchó de nuevo aquel sollozo, y vio como una de las mujeres se dirigía hacia ella cargando entre sus cortos y ganchudos brazos con un paño oscuro del que sobresalía la suave y clara pelusa que coronaba la cabeza de un recién nacido.
–Mi señora, es un niño –dijo con voz gutural la sirvienta que Uldin había puesto a su cargo antes de acomodarlo sobre su pecho.