Dragón 1 #2
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–El augusto os ofrece tierras en el Imperio en las que estableceros, siempre que respetéis los acuerdos que él os dicte.

Serán ventajosos, no temáis; pero será necesario que antes aquellos de los vuestros que ahora se encuentran en las provincias también los acaten y os reconozcan como su señor.

Confiamos en que podáis aunar sus voluntades, y sujetarlos cuando sea preciso, alejándolos de la perniciosa influencia de quienes hasta ahora los han dirigido contra nosotros.

Atanarico rio con una voz tan ronca que parecía el crepitar de una hoguera.

–Lo que quiere tu señor es que reúna a esos perros salvajes y les dé una patada por revoltosos, ¿no es así?

Buteo, lejos de mostrarse ofendido, asintió y le dedicó una leve sonrisa. Estaba acostumbrado a tratar con salvajes; a vivir entre ellos, si era preciso.

–Podríamos decirlo así, sí.

–Sólo que esos perros me despedazarían a mí también si tratara de hacer lo que me pide tu emperador. Un emperador que no se atreve a hacerlo por su propia mano, por cierto, atemorizado por unos hombres que hace tiempo que no conocen señor alguno, que son poco mejor que bestias...

«Claro que lo son», pensó Tito Buteo. Todos aquellos salvajes que vivían más allá del poder civilizador de Roma lo eran, por mucho que en ocasiones como aquélla pudiera resultar beneficioso tenerlos de su lado.

Él sabía cómo se las gastaban. Britania entera todavía estaría recuperándose tras la gran invasión sufrida diez años antes.

Pictos y escotos, pero también sajones y anglos se habían abalanzado sobre la desprotegida provincia como salvajes lobos hambrientos cuando él servía entre los arcanni más allá del muro levantado por el emperador Adriano.

–El augusto no os exige que lo hagáis ahora mismo.

En cada provincia, en cada rincón, la guerra continúa.

Después de Adrianópolis, los hombres siguen muriendo.

Cada día, grupos enteros de tervingios, de greutungos y de alanos son acorralados y pasados por las armas.

Aunque lo mismo ocurre con los romanos, tarde o temprano el empuje de Fritigerno y de los suyos se detendrá, y será entonces cuando mi señor necesitará de vuestro concurso.

Ese día os pedirá que os alcéis sobre todos esos ambiciosos señores de la guerra que conducen a los vuestros al desastre, que veneréis a Roma y a lo que representa, y que hagáis honor a los acuerdos con ella.

Cuando llegue ese momento, cruzaréis el río y haréis valer vuestro ascendente sobre todos esos pueblos.

Atanarico dio la espalda a los dos hombres, pensativo.

Aunque trataba de no demostrarlo, a él tampoco se le escapaba que su posición era precaria y que únicamente la pobreza de las tierras en las que se habían asentado mantenía a Balamir lejos.

Además, pese a que todavía podía reunir varios millares de lanzas entre sus seguidores, la mayor parte en las tierras bajas, atentos a los movimientos de Uldin, serían insuficientes a la hora de contener a los hunos.

Nada había conseguido cuando había sido el juez de un pueblo numeroso y orgulloso; y mucho menos ahora, tras haber probado la amargura de la derrota.

Por otro lado, su viejo enemigo Valente era ya pasto de los buitres; su cuerpo insepulto se pudría en algún lugar ignoto.

Al fin y al cabo, había sobrevivido a su terrible rival, y Teodosio, por lo que había averiguado, era un hombre desesperado, condicionado por los terribles hechos que lo habían aupado al trono.

Valente había muerto, y con él la mayor parte del veterano y eficaz ejército que el Imperio podía poner en liza.

Ahora Teodosio lo necesitaba, y él también podía necesitar al romano.

Si las legiones descabezaban a las tribus que se encontraban en sus tierras, quizás él pudiera hacer que aquéllas lo reconocieran nuevamente como a su señor.

Era arriesgado, pero al menos tenía algo a lo que agarrarse.

–Se me ocurre que –soltó de pronto, volviéndose hacia ellos–, en señal de buena voluntad, puedo hacer algo por vuestro señor para que ese ansiado día que ambos anhelamos llegue cuanto antes.

Mis antiguos seguidores no me reconocerán si sus actuales caudillos aún viven, así que os ofrezco un regalo.

Mi fiel Modario y un millar de mis mejores hombres os acompañarán de regreso a vuestras tierras.

Ellos saben bien cómo tratar a esos perros desagradecidos. ¿Verdad, viejo amigo?

El enviado romano contempló al guerrero que tenía a su lado, divertido por el cariz que tomaba la conversación. No se le podía ocurrir mejor solución que aquélla: animales luchando contra animales, bestias contra bestias.

–¿Sabéis tratar de veras a los vuestros como se merecen? –preguntó con malicia Buteo. Su nariz aguileña hacía honor a su sobrenombre.

–Nadie lo haría mejor –respondió Atanarico por su servidor.

Al instante, Modario asintió. Tan sólo había fallado a su señor una vez, el aciago día en el que Balamir había sellado la suerte de los suyos.

No lo volvería a hacer. Abandonaría aquella hedionda ratonera, olvidaría a aquella bruja y todo lo que representaba, y buscaría a todos esos traidores que los habían abandonado en el peor de los momentos.

Volvió a asentir. Al día siguiente sacrificaría un ternero en honor a los dioses, con la esperanza de que lo guiaran hasta todos y cada uno de los cabecillas godos instalados en tierras de Roma.

Primero acabaría con Fritigerno, pues era quien se había erigido por encima de todos los demás.

Después, si los dioses lo tenían a bien, y si todavía vivía, encontraría a Gundebaldo.

El día de su derrota frente a Balamir junto al río, el pariente de Atanarico había conseguido escapar de los hombres que debían acometer la orden de matarlo y huido a reunirse con su familia, adentrándose en tierras de Roma junto a los cristianos.

Ésa había sido la única ocasión en la que había defraudado a su señor.

Había sido derrotado, una afrenta que jamás había podido olvidar, pero sí se había cuidado de asegurar a Atanarico que Gundebaldo había muerto bajo el acero de los suyos.

Para mantener a salvo su secreto, él mismo había apagado para siempre la voz del hombre que lo había informado de que el balto había sido visto en la otra orilla del gran río.

Si Atanarico llegara a enterarse, quizá dejaría de considerarlo el más leal de los suyos, y no podía permitirse tal cosa si pretendía continuar siendo la mejor opción para sucederlo.

Así que, cuando los tuviera frente a sí, los mataría.

Los arrancaría de la tierra como a las malas hierbas, y así conseguiría que los suyos pudieran abandonar aquellas inhóspitas montañas antes de que Uldin y la maldita bruja que lo seguía se lanzaran sobre ellos.

Salvaría a su pueblo, y Atanarico, generoso, lo elevaría definitivamente sobre todos los demás.

–Será un placer cabalgar al lado de vuestro hombre.

Estoy seguro de que llegaremos a entendernos –anunció el romano, dedicando un gesto de reconocimiento a Modario–.

En cuanto a nuestro acuerdo, sin duda que vuestra respuesta complacerá a mi señor.

Confiemos en que podáis abandonar estas montañas lo antes posible y asentaros al sur del Istro como lo que sois: un gran gobernante entre los vuestros y un fiel aliado de Roma.

* * *

Abril del 379. Más allá de la frontera de piedra

Hilduara creía arder en fiebre. Encerrada en una tienda pestilente desde que había sentido las primeras contracciones, había perdido por completo la noción del tiempo.

Varias mujeres la atendían. Todas eran de corta estatura y modales toscos, vestían pieles hediondas y la toqueteaban con unas manos callosas que le provocaban repulsión.

En un estado de aturdimiento, incapaz de pensar con claridad, mareada y débil, se aferraba a Alimaña, la daga que había pertenecido a Bleda, de la que no se apartaba bajo ningún concepto, como si tan sólo su contacto fuera capaz de alejarlos, a ella y al hijo que había arraigado en sus entrañas, de todo mal.

En una suerte de duermevela, consciente únicamente del frescor de la hoja en la palma de la mano, recordó lo ocurrido en la tienda donde Bleda había acabado con la vida del pequeño rey Viterico.

Escuchó en su mente, de nuevo, la susurrante voz del hechicero huno, su cantinela siniestra y pegadiza; el desagradable olor que de repente impregnó la estancia, una mezcla de sangre, de heces y humores de todo tipo, y, luego, el griterío desconsolado de las mujeres que habían irrumpido allí antes de tiempo.

Después, el silencio, un silencio idéntico al de cuando la dejaron sola junto al cadáver del hechicero.

El silencio, pero también la furia y el temor.

Se había quedado allí en espera de un juicio cuyo fallo conocía de antemano.

Su hermano Alateo nunca la perdonaría, por mucho que su hijo hubiera escapado sano y salvo de las garras del huno.

Estaba convencida de que, igualmente, sería capaz de sobornar a quien fuera necesario con tal de verla muerta.

Y Safrax, el cobarde y miserable Safrax, agacharía la cerviz ante quienes trataran de arrancarle la vida, incapaz de sacudirse el yugo de su familia y su pueblo.

Sola y abrumada, Hilduara había permanecido en un rincón de la tienda, maldiciendo y temblando, hasta que se acordó de que, en medio del tumulto, había conseguido esconder el arma ritual del hechicero entre sus ropas.

Al esgrimirla, comprendió que los dioses, como tantas otras veces, no habían dejado de velar por ella, incluso en ese momento.

Se acercó con sigilo a la entrada de la tienda, con el arma fuertemente aferrada, pero ni tan siquiera pudo poner un pie fuera antes de que sendas lanzas la apuntaran al pecho y la hicieran recular.