Dragón 1
2%

1

CAPÍTULO I

Tras una primavera lluviosa, el verano se encontraba a las puertas, pero el sol, aun presente por fin cada día en el cielo, no calentaba, y menos en aquellas montañas umbrías en las que Modario y su pueblo tervingio se habían visto obligados a refugiarse cuatro años antes.

Allí estaban a salvo, o eso esperaban, aun a pesar de sentirse como los elfos negros de los que hablaban las leyendas, condenados a llevar una vida de oscuridad, ocultos en el interior de la tierra.

Y allí permanecían desde que abandonaran sus campos, sus casas, sus arboledas sagradas, en cuanto los hunos, encabezados por Balamir, habían aparecido como surgidos de la peor de las pesadillas.

No hacía demasiado desde que hasta los más pesimistas se sentían más tranquilos, más seguros.

Balamir parecía haber refrenado sus ansias de conquista y se había asentado en las tierras que antaño habían pertenecido a alanos, greutungos y tervingios; tierras extensas y ricas, donde las enormes manadas de equinos que llevaban consigo podían obtener alimento suficiente, agostando la tierra.

Aun así, todo parecía haber cambiado en los últimos tiempos, porque Uldin, el hijo del caudillo huno, había regresado de las tierras de Roma, ahora heridas de muerte tras años de guerra incesante.

Y Uldin era joven e impetuoso. Además, según se decía, había traído consigo a una hechicera greutunga de cabellos de oro y corazón de hielo cuya sola mención bastaba para atemorizar a quienes vivían en las faldas de las montañas.

Modario permanecía sentado junto al fuego en el interior de la antigua fortaleza que los romanos abandonaran siglos atrás y en la que Atanarico y los suyos se habían establecido.

Pensaba en aquella bruja de la que todos hablaban pero cuyo nombre real nadie parecía saber; le gustaba que se dirigieran a ella como Brynhildr, aquel que poseía la lanza del padre de todos los dioses: Woden.

–Atanarico quiere verte, Modario. –Oyó que le decía uno de los suyos, apenas un jovenzuelo, pues cada vez eran menos los guerreros que quedaban entre ellos, desde la puerta de la estancia.

Asintió y, tras hacerle un gesto para que se marchara, se puso en pie y se palmeó los muslos, con la esperanza de hacerlos entrar en calor.

Mientras recorría los oscuros pasillos, pensaba que, como pasara mucho más tiempo allí, él mismo terminaría por convertirse en una suerte de tejón.

Siempre escondido y alerta, pálido y ojeroso, cuando había sido uno de los grandes señores de entre la orgullosa tribu de los godos tervingios.

Él, que había permanecido fiel al legítimo juez de los suyos en el peor de los momentos, cuando la mayor parte de los guerreros habían marchado hacia las tierras de Roma dando la espalda a su señor.

Ningún guardia custodiaba la estancia de Atanarico, así que golpeó con los nudillos antes de entrar.

–Modario. Mi fiel Modario. –El viejo juez lo recibió en pie, bien arrebujado en una capa de piel de marta.

El guerrero escrutó con disimulo a su señor.

Como la suya, la piel de Atanarico lucía demasiado pálida, casi translúcida tras tanto tiempo encerrados en aquella maldita fortaleza en medio de las montañas.

Y sabía que, además, por dentro arrastraba la pena de no haber conseguido descendencia, a pesar de su avanzada edad.

–Mi señor.

–Toma asiento, viejo amigo. –Le señaló una solitaria silla–. ¿Cómo te ha ido en las tierras bajas? ¿Es verdad que ese maldito de Uldin campa por ellas a su antojo?

Modario había regresado unas jornadas atrás, después de haber visto con sus propios ojos como los ataques hunos volvían a sucederse, si no frente a los suyos, aunque muchos habían perdido la vida, sí contra aquellos que habían quedado en el llano.

Ilusos. Y también había llegado a comprobar la devastación de las tierras una vez pasaba Uldin.

Cultivos calcinados, árboles desmochados, cursos de agua envenenados, casas destruidas, animales sacrificados, hombres y mujeres tomados como esclavos, cuando no asesinados cruelmente.

Entre todos esos desgraciados, eran los cristianos quienes más sufrían su brutalidad.

Modario no era un hombre dado a impresionarse, tras toda una vida dedicada a la guerra, pero el destino que el príncipe huno reservaba a aquellos que adoraban al Cristo de los romanos les provocaba verdadera desazón.

Los dejaban clavados en una cruz, sólo que cabeza abajo, y luego prendían fuego a los maderos y esperaban a que los desdichados se abrasaran entre gritos ensordecedores.

–Aún no se ha atrevido a atacar nuestras posiciones, pero sí campa a sus anchas por el llano, por nuestras viejas tierras.

–Al contestar, Modario notó como la bilis ascendía hasta su boca–.

Se dice que su padre se resiste a entregarle más hombres y que eso ha provocado que no haya podido llegar hasta aquí.

Aun así, esa bruja que lo acompaña ha conseguido sembrar el miedo entre los nuestros.

El viejo juez se echó a reír, pero enseguida un inesperado ataque de tos provocó que su carcajada muriera en un ronco susurro.

–No existen las hechiceras en nuestro pueblo, y tampoco entre los greutungos. ¡Jamás han existido!

Por mucho que su señor tuviera razón, las últimas semanas Modario había visto cosas muy difíciles de explicar.

No se había encontrado con aquella mujer todavía, pero allí por donde pasaba era capaz de sentir su presencia; una presencia sobrecogedora que había dejado su huella impresa en cada piedra, en cada cadáver, en cada llanto.

Por mucho que su señor se recluyera en las montañas y allí se creyera a salvo, no debía tomar a la ligera lo que ocurría en el llano, pues podía resultarle fatal en un futuro no muy lejano.

–Lo sé, mi señor, pero eso no es lo que creen los hombres...

Y no puedo culparlos. Han sido años muy duros, y son muchos, afligidos tras tantas penalidades, los que dudan de seguir siendo dignos de atraer sobre ellos el favor de los dioses.

Y por eso hay también muchos que creen que esa mujer es la favorita de Woden, su confidente en el mundo de los hombres, pues se comunica con él a través de sacrificios gratos a sus ojos, como los que ofrecían nuestros abuelos cuando moraban en el lejano y frío norte...

Se cuenta que cada día ofrece la vida de dos de sus enemigos al Padre de todos, que entrega las vísceras de esos desgraciados a los hechiceros hunos que, como cuervos, siempre aletean a su alrededor, para que practiquen su oscura magia.

¿Quién sino una hechicera haría algo así?

Atanarico lo interrumpió con un gesto brusco, cansado de tantas habladurías.

–¡Patrañas! –exclamó, lo que provocó que Modario se mordiera la lengua y agachara la cabeza–. Dejemos en paz a esos malnacidos hunos, al menos por un momento. Te he mandado llamar por otro asunto no menos importante, mi fiel Modario.

–Decidme, mi señor.

–Roma tiene un nuevo señor.

Modario asintió. Eso había escuchado. El augusto de Occidente, Graciano, había aupado al poder a uno de sus generales, un tal Teodosio, para que tratara de recomponer las castigadas provincias orientales tras la debacle que el fallecido Valente había sufrido a manos de Fritigerno el año anterior.

De repente, un movimiento inesperado en el otro extremo de la habitación hizo que Modario se girase.

Percibió por primera vez una sombra, que poco tardó en convertirse en la figura de un hombre ataviada de forma muy similar a la suya.

En pocos pasos, sin apenas hacer ruido, se situó junto a él sin tan siquiera mirarlo.

–Éste es Tito Buteo. –Atanarico señaló al individuo que abandonaba en ese instante las sombras de la habitación–. Ha venido hasta nosotros cumpliendo órdenes del nuevo señor de Roma.

El hombre dedicó un movimiento de cabeza al juez y dejó caer la capucha que lo cubría. Al instante, Modario descubrió que su cabello, aunque corto, era rojizo oscuro, de una tonalidad similar a la del vino que tanto gustaba a los romanos.

–Puedes hablar con total libertad. Modario es mi más leal servidor –indicó Atanarico al recién llegado.

El guerrero tervingio arrugó el gesto. No le gustaban los romanos, aunque lo mismo podía decirse de hunos y de greutungos, así como también de muchos de los que componían su propia tribu.

No, definitivamente, eran pocos los que contaban con su aceptación, más allá de su señor y de quienes combatían a sus órdenes.

–Mi señor Flavio Teodosio os traslada sus deseos de amistad –comenzó a hablar Tito Buteo en la misma lengua que los tervingios, ganándose un gesto satisfecho del juez.

«Amistad», pensó Modario, en cuyos labios afloró una sonrisa desabrida.

Conocía sobradamente la amistad que reservaban aquellos hombres a sus vecinos.

Tiempo atrás, cuando él era tan sólo un joven guerrero, su primer combate había sido contra los hombres de Roma.

Los mismos hombres que habían arrasado con cuanto habían encontrado a su paso, incluso los sagrados robledales, sumiéndolos en la miseria, como estaban entonces.

–Ve al grano, Buteo –espetó Atanarico, temiendo sufrir un nuevo ataque de tos.

El enviado de Teodosio aguardó pacientemente a que el juez recuperara el aliento.

Sabía hablar la lengua de aquellos germanos, no en vano era muy similar a la que utilizaban los sajones del otro lado del mar; esos que en tiempos se habían lanzado sobre su tierra, Britania, como lobos.

«Lobos de mar», muchos los habían llamado así entonces, y no estaban equivocados.

Lobos hambrientos, pero también crueles, capaces de matar sin mediar necesidad.

Pero él había demostrado saber tratar a aquellos lobos en el pasado.

El padre del nuevo augusto así lo había apreciado, y, desde entonces, acompañaba al joven Teodosio allí adonde fuera.