Dragón Prólogo
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Dragón

Dragón

Por Jose Zoilo

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Prólogo

PRÓLOGO

La mortecina luz comenzaba a iluminar el lejano horizonte, anticipo del caluroso día que estaba por llegar.

Hacia el este, más allá del lugar donde alanos y godos habían vivido durante generaciones en lo que parecía una eternidad, suaves jirones anaranjados ganaban poco a poco su particular batalla frente al oscuro y tenebroso manto de la noche.

Safrax, aún agotado tras la batalla de la noche anterior, se obligó a ascender a la colina y, una vez allí, enterró con delicadeza el astil del viejo estandarte entre las piedras.

Las manos todavía le temblaban, no sólo a causa de la lucha cuyos ecos se habían apagado hacía un rato, sino por la inesperada y placentera sensación que provocaba en su piel el volver a enarbolar el draco que había guiado a los suyos a la batalla en el pasado.

Durante años había anhelado ser digno de portar esa enseña, pero los mismos hunos que habían arrebatado la vida a quien había sido un padre para él, su abuelo Beuca, se lo habían impedido.

Hasta ese momento, en el que al fin la había recuperado de las manos inertes de uno de aquellos malditos guerreros de piernas arqueadas.

Una suave y agradable brisa descendía por la colina, meciendo a su paso la rala vegetación y provocando que las tiras carmesíes que coronaban el draco, muchas de ellas deslucidas y arrugadas tras el paso del tiempo, se alborotaran en el aire.

Traspasó delicadamente el conducto de metal, y al poco el suave rugir del dragón pudo ser escuchado por los centenares de agotados alanos que, a los pies de la colina, todavía recorrían el campo de batalla en busca de supervivientes.

Del primero al último, los guerreros alzaron la vista hacia su líder.

Desde su posición elevada, Safrax alcanzaba a ver gran parte del territorio, pero ni aun así encontró rastro de Uldin y los suyos.

Los hunos habían perseverado en su huida, dejando a varios centenares enfrentarse a los alanos, abandonados a su suerte.

Pese a la victoria, la lucha había sido encarnizada, terrible, y Safrax había perdido a muchos hombres en el envite.

Por primera vez, se había negado a hacer prisioneros y, uno a uno, sus guerreros habían cumplido con sus órdenes de acabar con la vida de aquellos pocos desgraciados que se habían rendido.

Habían vencido, sí, pero Uldin había vuelto a escapar. Una vez más.

La desesperación había movido a Safrax y los suyos.

Fueron veloces, tenaces, intrépidos, sólo que no los suficientes para la ambiciosa empresa que se habían marcado.

El mismo día en el que Uldin había abandonado el campamento de la colina, Safrax había partido tras los hunos con unos pocos centenares de jinetes, los únicos en condiciones de iniciar una nueva cabalgada tras la sangrienta batalla librada contra Roma.

Los días posteriores se les habían ido añadiendo decenas de jinetes, un puñado a cada jornada, pero en número menor al necesario para enfrentarse en terreno abierto a su odiado enemigo, más cuando, por otro lado, les llevaba ventaja.

Todo, incluso las emociones vividas en la lucha contra los romanos, había quedado atrás en cuanto el príncipe huno había escapado junto a la que había sido su mujer, la misma que portaba en sus entrañas a su hijo nonato.

Para él, Hilduara se habría unido a Uldin para salvar su vida, pero también para ahondar en su desgracia.

Y, entonces, la ira se había apoderado por completo de él; una ira como jamás había sentido.

Su mente había regresado a la pradera, años atrás, allí donde había arrancado de la tierra ensangrentada la espada de Attax, esa que aún blandía.

Aquél había sido el día en el que había conocido el triste final de su abuelo Beuca y del dragón de su estirpe; la jornada en la que creía haber perdido la razón, en la que su voluntad y su brazo se habían convertido en meros ejecutores del capricho de la artera diosa de la venganza y del terrible señor de las batallas.

Sabía lo que era perder la cordura en el pasado, pero había pensado que jamás volvería a ocurrirle.

Hasta donde recordaba, los hunos siempre habían estado detrás de su desgracia.

Primero había sido Balamir, y luego Uldin, su hijo.

Primero les habían arrebatado las tierras que, por derecho, les pertenecían desde generaciones atrás; después, le habían arrebatado la vida de su abuelo, y, por último, le habían desgarrado también el corazón.

Y aquello era lo único que le quedaba hasta el momento.

Cada día, año tras año, había aparentado ser fuerte, se esforzaba en ello, pues miles de hombres y mujeres dependían de él.

En ese tiempo, su corazón sólo encontraba sosiego en el interior de su tienda, donde podía dejar de ser el caudillo victorioso y severo que dirigía los designios de un pueblo siempre en movimiento, siempre en peligro.

Pero, ese día, únicamente latía por el deseo de venganza y a la rabia que lo consumía.

Nada importaba ya, si lo que más había amado había sido capaz de traicionarlo de aquella manera.

Había dudado en un primer momento, mientras sostenía entre las manos las hediondas ropas del difunto Bleda.

Había querido creer que el huno había obligado a Hilduara a marcharse con él, que se habría resistido.

«¿Resistirse?», pensó después. «¿Acaso alguien daría la espalda a salvar la vida sabiendo que, al alba, sería ajusticiado sin remedio?

». Por supuesto que no. Hilduara había unido su destino a Uldin, a su ancestral enemigo, por su propia voluntad.

Un enemigo que hasta ese momento siempre había salido vencedor, pues, pese a que el sol asomara cada amanecer, era como la oscuridad: envolvía todo cuanto encontraba a su paso.

Sin embargo, Safrax había tomado una decisión: acabaría con la vida del príncipe huno aunque fuera lo último que hiciera. En cuanto a Hilduara...

–Mi señor Safrax –lo interpeló por detrás Sangiban, uno de sus guerreros más veteranos–, han vuelto los exploradores. Esos malnacidos han llegado al río, y están reuniendo centenares de pequeñas embarcaciones con las que cruzarlo...

Safrax compuso un gesto de contrariedad, pero se obligó a mantener la calma.

Era la peor de las noticias, pero no era justo volcar su rabia en Sangiban.

Echó entonces de menos a Tasio, su viejo amigo, a quien él mismo había ordenado que permaneciera junto a su pueblo, hasta que las heridas recibidas en la batalla contra los romanos sanaran.

Ahora no tendría su consejo. El gran río que separaba las antiguas tierras de Roma del Barbaricum, como llamaban los romanos al resto del mundo conocido, se encontraba a dos jornadas a caballo; si Uldin lo atravesaba, sería todavía más difícil atraparlo, pues habría regresado al otro lado de la frontera de piedra.

Safrax suspiró. No podía engañarse durante más tiempo.

No podía enfrentarse al huno, al menos hasta que Alateo y el resto de los suyos los alcanzaran, y tal cosa no ocurriría a tiempo.

No le cabía duda de que debían haberse puesto en camino el alba siguiente de que los jinetes alanos abandonaran la colina fortificada con el muro de carromatos, pero marchaban a pie y hacia el norte, protegiendo además a sus familias y al enorme botín que habían reunido tras la victoria frente al emperador.

Los refuerzos quedaban, pues, muy lejos.

Aun así, Safrax se consoló al pensar que Alateo no había faltado a su palabra.

Una vez abiertas las fronteras del Imperio, podía haberlos abandonado y dirigirse hacia el sur junto a Fritigerno y los tervingios.

Sin embargo, su antiguo aliado había decidido continuar a su lado.

Venciendo el agotamiento que le entumecía las piernas, Safrax se levantó y arrancó el draco de la tierra. Haber recuperado el añorado estandarte era una señal de los dioses, un atisbo de esperanza. Un atisbo de vida más allá del dolor que le oprimía el pecho.

–Está bien, Sangiban. Nos ponemos en marcha. Di a los hombres que, si necesitan llenar el estómago, lo hagan sobre sus monturas.