Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 21. Capítulo 20
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21. Capítulo 20

Darcy

H ay niños por todas partes .

Niños sobre hombros. Niños con polos. Un niño dormido boca abajo en las gradas con una garra de oso de espuma todavía en la mano.

— Ah… el Día de la Comunidad —anuncia Josie a mi lado, con las manos en las caderas, inspeccionando su reino comercial—. Mil doscientas personas, cero incidentes, y Declan ha firmado tantas camisetas que se le está acalambrando la mano. De verdad que soy un genio .

—¿Qué le has prometido esta vez? —pregunta Rose, con la cámara en alto, sacando una foto de Finn enseñándole a un niño de siete años a celebrar un gol con la máxima falta de respeto.

Josie mira a su novio, al otro lado del recinto, y suspira hondo. —Lo de siempre.

—Entonces, ¿más acción por la puerta trasera? —musita Rose, haciendo sonar el obturador un poco más.

Josie asiente, pensativa. —Por lo visto, hemos encontrado su lenguaje del amor principal.

Le doy otro bocado a mi hamburguesa y me niego en rotundo a participar en esta conversación.

The Yard, junto al paseo marítimo, huele como si el cielo hubiera decidido abrir un puesto de barbacoa. El humo sale sin cesar de la zona de las parrillas, transportando el aroma de la ternera a la brasa y las cebollas caramelizadas por toda la pista exterior.

Las gastronetas están aparcadas una junto a la otra en la franja norte, y la de tacos de Rico tiene una cola de veinte personas. Mack está al mando del puesto de hamburguesas, y las dos furgonetas de helados libran una guerra de sintonías un tanto ruidosa y molesta.

Sobre nuestras cabezas, el sinfín de guirnaldas de luces ya brilla, aunque el sol aún no se ha decidido del todo a ponerse sobre el Pacífico.

La banda sonora constante de las olas rompiendo a dos calles de distancia me relaja, mientras el aire salado se extiende sobre un mar de diminutas camisetas de los Bears.

—Darcy —dice Rose, lanzándome una mirada—. En serio espero que estés gimiendo por esa hamburguesa. No por la nueva afición de Josie al sexo anal…

—¡La hamburguesa está buena! —la interrumpo, fulminándola con la mirada—. En serio, vosotras dos. Hay niños delante.

—Lo siento, no puedo evitarlo. Es que has hecho el mismo ruidito que hace Rose cuando Mason se pone esos pantalones de chándal grises.

— Oye —dice Rose, ofendida—. No le quites mérito a los pantalones de chándal. Son un regalo del cielo para todas las mujeres.

Me río y, durante exactamente cuatro segundos, me olvido del mensaje que me envió Colin. No hubo espera. En cuanto el jet aterrizó en Beachside ayer por la tarde, me informó de que tenía que entregar mi informe. Mañana.

Después de lo de Las Vegas, parece que los Bears ya han visto suficiente, y se va a tomar una decisión.

Hay una reunión programada para las nueve de la mañana. En la Mansión Morrison , nada menos.

La decisión final sobre el futuro de Beck Morrison en Beachside está en mi portátil, en casa, con el documento abierto y todavía sin terminar .

Voy por la versión diecinueve. Sé que es la versión diecinueve porque le he cambiado el nombre tantas veces que me siento como una universitaria con una crisis nerviosa.

Josie se da cuenta de la cara que debo de estar poniendo.

—Oye. —Me da un golpecito en el hombro—. ¿Ya lo has terminado?

—Casi.

—Darcy.

—Está terminado . Pero no está… terminado del todo. —Pincho una patata frita en el kétchup—. Hay una diferencia.

Rose baja la cámara. —¿Y qué dice?

—Eso es algo entre el documento, las cuatrocientas tazas de cafeína que ayudaron a escribirlo y yo.

Intercambian esa mirada. La que creen que no veo. La que dice: « está entrando en barrena, despliega patatas fritas ». Rose desliza su cesta hacia mí sin decir palabra y, sinceramente, esa es la clase de amistad que nunca tuve en el instituto.

Nos acercamos al puesto de merchandising , donde The Vault ha montado una mesa con una pila de camisetas, gorras y garras de espuma.

Brooke Kessler dirige el cotarro desde detrás de la mesa como una chica que ha nacido y se ha criado en este pueblo y a la que ya nada de esto le impresiona.

—No, señora, no aceptamos devoluciones de artículos firmados —le está diciendo a una mujer, con su melena rubia ondeando al viento. Me encanta el pelo de Brooke. Es precioso—. Esa es la firma real de Declan Morrison. Su valor ha aumentado en cuanto la ha tocado. De nada.

Detrás de ella, la mitad de la plantilla está firmando productos en fila.

Declan firma con una eficiencia sombría, claramente espoleado por las… promesas de Josie. A su lado está Mason, que firma con una sonrisa que hace que al menos dos madres se ajusten las gafas de sol. Y al final de la mesa, a Corbin Cole se le ha olvidado por lo visto cómo funcionan los bolígrafos.

Porque Brooke acaba de acercarse un poco más, envolviéndolo en su perfume.

—¿Quieres el rotulador plateado o el dorado? —le pregunta, pestañeando.

Corbin mira los dos rotuladores como si se esforzara mucho por no mirar a ningún otro sitio. —Yo… sí. Sí.

—No era una pregunta de sí o no.

—El dorado. No, el plateado. Ehm. Ah. ¿Cuál usas tú, Brooke?

—Yo no firmo nada, Corbin. El famoso eres tú.

Brooke sonríe lentamente, claramente encantada con el hecho de que Corbin haya olvidado tanto su propio nombre como la función básica de un rotulador.

—El plateado —le dice finalmente, dándole un golpecito al rotulador que tiene en la mano—. Lo estás haciendo genial, superestrella.

Brooke le guiña un ojo y contonea las caderas al alejarse. Corbin se pone aproximadamente del color de la salsa de Rico.

—Dios mío. Quiero meterme a este chico en el bolsillo —susurra Rose.

—Yo quiero mandar a este chico a terapia —dice Josie—. Poppy tiene tarifas de grupo, ¿no?

El micrófono chilla por todo The Yard, captando nuestra atención. Entonces, como una sirena de alarma sonando por todo el paseo marítimo, oigo la voz que vive gratis en mi cabeza cada maldita noche.

—¡BEACHSIDE! ¿QUIÉN QUIERE VER UN POCO DE JUSTICIA?

Beck Morrison está de pie sobre una mesa de pícnic, con un bañador y una camiseta de los Bears con las mangas remangadas, sujetando un megáfono que no tenía autorización ninguna para coger.

Junto al cobertizo del material, alguien ha montado una puta jaula de tela metálica con un cartel pintado a mano que dice:

EL BANQUILLO DE PENALIZACIÓN: POR 10 $ ENCIERRAS A UN BEAR DURANTE 2 MINUTOS. TODOS LOS BENEFICIOS PARA EL PROGRAMA COMUNITARIO DE PATINAJE.

—Por DIEZ dólares —brama Beck como un feriante—, ¡podéis sentenciar a cualquier Bear de Beachside a trabajos forzados! ¡Dos minutos enteros entre rejas! ¡No pueden escapar! ¡No pueden protestar! ¡Solo pueden sentarse ahí y pensar en lo que han hecho!

La multitud se vuelve completamente loca.

Los niños ya están arrastrando a sus padres de las mangas hacia el cubo de las donaciones, y un niño pequeño se ha subido a la valla para ver mejor la jaula. Un perro le ladra al cartel y tres adolescentes ya lo están grabando.

Como es natural, a Declan lo encierran el primero.

Cuarenta dólares se juntan en un abrir y cerrar de ojos gracias a cuatro niños que luego se quedan fuera de la jaula haciéndole muecas mientras él está sentado en el banquillo de dentro, con los brazos cruzados, irradiando la energía de un hombre que cumple condena por un crimen que volvería a cometer.

Josie saca un millón de fotos y admite de inmediato que las usará para chantajearlo más tarde.

Mason es el siguiente en entrar y se limita a leer los grafitis de la pared del cobertizo como si estuviera en la inauguración de una galería.

Y entonces Beck, aún con el megáfono en la mano, recorre la multitud con la mirada y me encuentra.

—Damas y caballeros —anuncia, señalando directamente mi cara—, acabo de ver a un miembro de la directiva de los Bears. ¿Y sabéis qué le encanta a la directiva? ¡La rendición de cuentas!

La multitud abuchea.

—Lo sé, lo sé. —Beck asiente, disfrutando del protagonismo como siempre—. Pero mirad, no todos son mala gente. Sobre todo cierta empleada particularmente atractiva.

—Ni se te ocurra —susurro entre dientes—. Ni se te ocurra pensarlo, Beck Morrison.

Josie se lleva las manos a la boca a mi lado. —Dios mío. No irá a meterte…

La mirada de Beck se clava en la mía desde el otro lado del césped, y me guiña un ojo.

Mi estómago hace algo para lo que no tenía autorización.

¿Qué trama?

Entrecierro los ojos, mirándolo. Él sonríe aún más.

Eso nunca es buena señal.

—¿Qué decimos, gente? —pregunta Beck a la multitud, sin apartar los ojos de los míos—. Creo que hace falta algo más que diez dólares para meterme a mí en el banquillo. Pero quizás por… ¿digamos… cincuenta? ¿Cien?

La multitud se lo toma como un desafío personal.

Aparecen billetes de bolsillos, carteras y fondos de bolsos. Una mujer con una camiseta de los Bears saca un billete arrugado de veinte de su sujetador deportivo. Dos adolescentes juntan el dinero del almuerzo.

El cubo se llena en menos de noventa segundos mientras Beck se queda ahí de pie con el megáfono y la expresión de un hombre que jamás en su vida ha dudado de que la gente acudiría a su llamada.

—Creía de verdad que ibas a acabar tú en la jaula —dice Josie a mi lado, casi sin aliento.

—Y yo.

—¿Tenías miedo?

Me vuelvo para mirarla. —Estaba lista para ponerme hecha una furia.

—Habría entrado contigo, tía. —Ladea la cabeza—. Es bueno, sin embargo. Es que es irritantemente bueno en esto.

Vuelvo a mirar a Beck, que ahora ha reclutado a dos niños de la multitud para que hagan un baile de celebración a su lado. Los niños gritan de risa. Sus padres lo están grabando. Alguien seguro que ya lo está publicando en sus redes sociales.

No puedo evitar sonreír, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

Es muy, muy bueno en esto. Pero eso ya lo sabía, porque llevo semanas viéndolo hacer esto .

¿Cómo demonios puedo recomendar que traspasemos a este hombre?

Cuando cae el último billete, vuelve a encender el megáfono.