Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 13. Capítulo 12
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13. Capítulo 12

Darcy

A lzo la vista y se me cae el alma a los pies.

—¿Beck? No puedes estar hablando en serio.

—¿Qué?

—Tu equipo acaba de perder.

—Soy consciente. Estaba allí. En primera fila, de hecho. Asientos geniales, aunque el final ha sido terrible. —Me sonríe desde el otro lado de mi despacho—. Pareces sorprendida de verme.

El hombre con el que acabo de pasar dos horas sintiéndome ligeramente impresionada va vestido como si llevara toda la noche pensando en esta cita en lugar de en el partido que acaba de perder.

Lleva unos vaqueros oscuros y una camisa que de verdad tiene botones, que podría ser la prenda más formal que le he visto a Beck Morrison fuera de la gala benéfica de mi madre.

Lleva las mangas remangadas hasta los antebrazos, porque por lo visto perder un partido de hockey no es suficiente sufrimiento por una noche.

Ahora también tengo que lidiar con esas venas sexi.

Da un paso dentro de mi despacho y huele de maravilla .

—Pensaba que querrías… —Hago un gesto vago hacia mi monitor, donde su archivo de evaluación sigue abierto. He tecleado su jugada de pérdida de posesión como mil millones de veces en la última hora y, aun así, parece que no encuentro la manera de dejarla en el informe—. Cancelar.

—¿Cancelar nuestra primera cita? —resopla—. Cualquiera diría que has sido tú la que ha estado dos horas estampándose contra un muro. Y no lo digo en el buen sentido.

—Beck…

—A ver, Darcy. La invitación del calendario estaba marcada en rojo . ¿Recuerdas lo que significa el rojo, verdad?

—No negociable.

—Correcto. El rojo significa no negociable.

Fue lo primero que me enseñaste. Así que venga, larguémonos de aquí antes de que cierre el Goldie’s.

Si alguna vez he necesitado uno de los lates de caramelo de Kai, es justo después de una derrota aplastante.

Y esta noche te vas a poner nata. Reglas de la primera cita.

—No creo que eso sea una regla.

—Nunca has tenido una. ¿Cómo ibas a saberlo?

Me le quedo mirando un instante más de lo que probablemente debería antes de ponerme de pie. —Vale. De acuerdo. Vamos.

Las palabras suenan ridículas incluso al salir de mi boca, pero ya estoy avanzando hacia la puerta, porque la alternativa es quedarme sentada detrás de mi escritorio, dándole vueltas a la noche hasta la extenuación.

Cojo el bolso del borde de la mesa, pero cuando intento pasar junto a Beck, su brazo me rodea la cintura y me pega contra él.

—Espera un poco, Hoja de Cálculo. La mejor cita de la historia, ¿recuerdas? Empezando por…

Sus labios se encuentran con los míos en un beso fugaz que me provoca un cálido aleteo por todo el cuerpo y, cuando se aparta, sus ojos estúpidamente perfectos se clavan en los míos.

—Estás preciosa, por cierto.

Vale. ¿Así que por lo visto los cumplidos también están incluidos en el itinerario de esta noche?

Maravilloso .

Voy a estar muerta antes de que lleguemos al aparcamiento.

En serio. ¿Es este el mismo hombre que ha echado a perder la jugada que podría haberles dado la victoria esta noche?

Y ahora aquí está, desequilibrándome por completo antes de guiarme hacia la puerta.

Mientras la sujeta abierta, consigo preguntar: —¿Así que ya está? ¿No vas a preguntarme qué he escrito en el informe?

—No. —Beck sonríe con suficiencia por encima del hombro.

—Beck…

—Has escrito que la he cagado.

Se me tensa todo el cuerpo. Porque sí. Lo he hecho.

Odié escribirlo. Odié ver a Beck Morrison jugar un hockey realmente bueno toda la maldita noche, solo para quedar reducido a los cuatro segundos que todo el mundo recordará.

Pero mi trabajo no es proteger a Beck de la verdad. Incluso cuando estoy empezando a desear desesperadamente protegerlo de todo lo demás.

—Sí —admito—. Lo he hecho.

—Bien.

Dejo de caminar. —¿Bien?

—Sí. Porque la he cagado. —Se encoge de hombros con naturalidad.

Como si su vida no dependiera de los próximos partidos—.

Tenía la jugada inteligente ahí mismo y he ido a por la espectacular.

Nos ha costado el partido. Si hubieras escrito cualquier otra cosa, me preocuparía la integridad del departamento de análisis.

Que, como ya hemos establecido, mi lengua ya ha puesto en entredicho.

Le miro fijamente. —¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—¿No estás enfadado?

—¿Contigo? ¿Por hacer tu trabajo? —Ladea la cabeza—.

Darce, estoy furioso. Pero no contigo. Mañana a las seis estaré en la pista viendo esa grabación una y otra vez hasta que me sangren los ojos.

Pero ese es un problema de mañana. Esta noche tengo una cita con una mujer que nunca ha tenido una.

—Se inclina y me besa de nuevo—. Y, por suerte para ti, me tomo esa responsabilidad muy en serio.

Dios mío.

No entiendo a este hombre. De verdad que no.

Me he pasado toda la vida viendo a gente desmoronarse por errores diez veces más pequeños, y Beck acaba de asimilar la peor noche profesional de su temporada y ha pasado página como si fuera una multa de aparcamiento.

—¿Cómo lo haces?

—¿Hacer qué?

—Simplemente… dejarlo estar. Dejar tus problemas a un lado y… seguir adelante.

Se lo piensa. —Bueno, cuando creces en una familia como la mía, te acostumbras a pasar página rápido. Ahora, a menos que tu informe también diga que se me da fatal el skee-ball , me gustaría hacer exactamente eso.

—¿ Skee-ball ?

Me tiende la mano.

—Venga, Hoja de Cálculo. Estás a punto de pasar la mejor noche de tu vida.

Para cuando nos subimos al Bronco de Beck, sorteamos lo que queda del tráfico pospartido alrededor del pabellón y finalmente llegamos al paseo marítimo, Beck está maldiciendo a los cuatro vientos porque el Goldie’s está a oscuras.

El cartel de ABIERTO ha pasado a CERRADO y las sillas ya están apiladas sobre las mesas. Beck llama de todos modos, porque por lo visto los jugadores de la NHL no creen en los horarios de apertura.

—Beck Morrison, llegas en el peor momento. —Luna aparece desde la trastienda, con la cara roja y acalorada mientras abre la puerta de un tirón.

—Luna Reeves, tienes un corazón de oro y las mejores galletas de mantequilla tostada del hemisferio occidental.

Le dedica esa sonrisa y mi estómago da el estúpido vuelco que, por lo visto, ha decidido dar cada vez que Beck Morrison parece satisfecho consigo mismo.

Empieza a ser vergonzoso.

Pero sí que estoy empezando a entender cómo este hombre se ha pasado la mayor parte de su vida adulta saliéndose con la suya en chorradas de campeonato.

Porque es absolutamente adictivo .

—Estoy en una cita —continúa Beck, con total naturalidad—. La primera cita de Darcy, de hecho. Así que, por favor, sé que llego tarde, pero no me harás explicarle a esta mujer que la mejor cafetería de Beachside ha cerrado antes de que pudiera demostrarle que tengo buen gusto.

La mirada de Luna salta de mí a Beck, cuya cara ahora se parece a la que ponía Biscuit el otro día cuando yo me estaba zampando tacos junto a la piscina.

Solo que con menos babas. Más o menos.

Luna suspira y nos hace un gesto para que entremos. —Cinco minutos. Y solo porque sois vosotros. Tendréis que elegir de entre las sobras.

Se dirige hacia la vitrina de los dulces cuando una voz llega desde la trastienda. —Cariño, ¿has conseguido que la cámara…?

Kai aparece a través de la cortina que separa la parte delantera de la trasera.

Y no lleva nada más que un arnés de cuero .

La jodida cosa tiene tiras que le cruzan el pecho y un collar alrededor del cuello.

Su pelo alborotado está revuelto, su piel bronceada brilla como si lo hubieran embadurnado de aceite por todas partes, y en una mano sostiene lo que estoy bastante segura de que es una fusta.

A ver, no sé mucho de juguetes sexuales, pero estoy razonablemente convencida de que nadie usa eso para quitarle el polvo a la vitrina de los dulces.

Todos nos quedamos helados.

El silencio dura exactamente un segundo antes de que la cara de Kai se parta en la sonrisa más despreocupada que he visto en mi vida.

—Ah. Hola, colega. No sabía que teníamos compañía.

—Kai. —La cara de Luna se ha puesto del color de un tomate maduro—. La tienda. Está cerrada. Dije que yo cerraba.

—Eso dijiste. —No hace ningún movimiento para cubrirse. Simplemente se queda ahí, con el arnés, el collar y una ropa interior de cuero ajustada, como si estar en su cafetería con atuendo de sadomasoquismo fuera una forma completamente normal de recibir a los clientes—. Fallo mío.

Beck se está partiendo de risa a mi lado.

Le tiemblan los hombros y tiene la mano apretada contra la boca, tapando los sonidos ahogados de un hombre que se esfuerza mucho por no desternillarse a gritos en público.

—Eh… Deberíamos irnos —digo rápidamente.

—No, no. —Kai gesticula con la mano, provocando que las colas de la fusta se agiten frenéticamente—. Quedaos. Probad el cold brew . He preparado una nueva tanda esta mañana y estoy…

— Kai . —La voz de Luna podría cortar el cristal—. Vete. Ahora .

—Sí, mi señora. —Le guiña un ojo y luego se vuelve hacia mí—. Nos vemos, tortolitos. Espero que os gusten las galletas.

Desaparece de nuevo tras la cortina y le oigo tararear. Al menos, espero que sea él tarareando. Podría ser algo que… vibra .

A mi lado, Beck finalmente se rinde. Se dobla por la mitad, con una mano apoyada en el mostrador, riendo tan fuerte que no emite ningún sonido.

Luna le tiende una bolsa de papel. —Coge las galletas y no hables de esto nunca.

—Nunca —resuella Beck—. Me lo llevaré a la tumba.

—Gracias.

Señala hacia la cortina. —La palabra de seguridad es latte de caramelo , ¿no?

— Fuera .

Salimos antes de que a Luna le dé por asesinarnos a los dos y volvemos a la cálida noche de Beachside con una bolsa de papel de galletas de mantequilla tostada y absolutamente ningún late de caramelo.