Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 13. Capítulo 12 #2
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13. Capítulo 12 #2

El paseo marítimo sigue vivo a pesar de la hora.

Guirnaldas de luces de verbena brillan sobre nuestras cabezas, arrojando luces brillantes sobre las tablas desgastadas mientras la música llega desde algún lugar del muelle.

La noria gira contra el cielo nocturno, con cada cabina iluminada en rosas y azules de neón, y el aire huele a mar, a dónuts fritos y al azúcar caliente de la galleta que Beck ya ha robado de la bolsa.

Beck le da un bocado a su galleta y luego me acerca la otra mitad a la boca.

Le miro fijamente. —¿Sabes que tengo manos, verdad?

—Reglas de la primera cita.

Pongo los ojos en blanco, pero me inclino y acepto el bocado de todos modos.

Su sonrisa me dice que acabo de cometer un terrible error.

Para mi fastidio, la galleta está increíblemente buena.

—Y bueno. ¿Crees que a Luna le gusta que le den azotes? —dice Beck como si nada.

—¡ Beck ! —Casi escupo la galleta—. Eso no es lo que hemos visto. Hemos visto a un hombre con un arnés. Eso es todo.

Beck se ríe mirando al cielo nocturno. —Claro. Y donde hay un arnés, hay un…

—Beck, por favor . Es mi primera cita. No termines esa frase.

Beck sonríe y nos guía hacia la taquilla de fichas a la entrada del muelle, donde un adolescente aburrido nos entrega un vaso de fichas a cambio de un billete de veinte.

Los juegos de la feria brillan ante nosotros, hileras y más hileras de lanzamiento de aros, canastas de baloncesto e incluso esas máquinas de gancho trucadas que, por supuesto, están absolutamente repletas de productos de los Bears.

Beck introduce dos fichas en la máquina de skee-ball más cercana y se remanga aún más las mangas. —¿Así que vamos a hablar de hockey esta noche o eso está descartado?

—Iba a preguntarte lo mismo.

Lanza una bola por la rampa. Cae limpia en el círculo de cincuenta puntos. Chulito .

—Bueno, no sé. ¿Hay algo que deba saber? —Se vuelve para mirarme, como si esperara una respuesta que ya conoce.

Dios mío.

¿Se refiere a la fecha límite que Colin adelantó discretamente sin decírselo a nadie? ¿Esa de la que quizá solo saben tres personas en todo el edificio? ¿O es solo Beck buscando un cumplido, de la misma manera que lo busca todo?

Sea como sea, se me encoge un poco el estómago.

Sabe que me estoy guardando algo. ¿Verdad?

Lo veo en la forma en que su expresión acaba de decaer, en la forma en que su mirada se ha demorado medio segundo. Me está leyendo de la misma manera que yo le estoy leyendo a él y, sea lo que sea que esté encontrando, está eligiendo no insistir.

Pienso en la comida con Zoey el otro día, en cómo ella simplemente le pidió que hiciera cosas y Beck simplemente dijo «sí, claro».

Sin negociación. Solo obediencia instantánea. Como si sus planes no existieran hasta que alguien más se los trazara.

Y eso es lo que me hace sentir como la mayor cabrona del mundo.

Porque ya he visto esto antes.

Pienso en la forma en que habla de Declan.

Siempre con ese toque de humor que es demasiado mordaz para hacer gracia.

La forma en que menciona las opiniones de Mason como si tuvieran más peso que las suyas propias.

La forma en que cada historia que cuenta de los Morrison parece tener a Beck de fondo, reaccionando a la decisión de otro.

Nunca se opone.

A nada. Ni a nadie .

Y ahora estoy yo aquí, con información que afecta directamente a su carrera, su futuro, su vida entera…, y acabo de decirle que no vamos a hablar de eso esta noche.

¿Estoy haciendo yo lo mismo?

¿Soy solo la última de una larga lista de personas que deciden por Beck y lo llaman amabilidad?

—¿Has visto la ESPN? —pregunto, porque es más fácil que admitir lo que sé en realidad.

Una comisura de sus labios se contrae. —Finn ha mencionado algo en el vestuario esta noche. Algo sobre tres equipos que andan merodeando, al parecer. Muy halagador. Muy estresante.

Lo dice con un tono ligero, despreocupado. Y, por supuesto, eso hace que la culpa me pese aún más.

Profesionalmente, debería decírselo. Ese es mi trabajo.

Siempre ha sido mi trabajo.

Pero no quiero ser la mujer que le amarga la noche en el muelle con el cierre del mercado de fichajes.

No esta noche.

—Vale. Nada de hablar de hockey. Queda descartado por esta noche.

—Genial.

Nos vamos a las canastas de baloncesto, donde me da una paliza tan soberana que se forma un pequeño corrillo de gente; luego a los dardos con globos, donde descubro que tengo una vena competitiva feroz que no sabía que existía.

Hay una mesa de hockey de aire que casi pone fin a toda la velada, y en algún momento durante una partida de coches de carreras, él inclina todo su cuerpo en cada curva y yo me río tanto que nos despeño a los dos por un acantilado.

Es divertido.

Y en algún punto intermedio, dejo de darme cuenta de que, vayamos donde vayamos, su mano está en mi espalda, guiándome entre la multitud. Dejo de darme cuenta de que he empezado a agarrarle del brazo cada vez que me río.

He dejado de darme cuenta de lo fácil que Beck hace todo esto.

En el juego de lanzar aros, aparta a un niño de un codazo para coger el último juego y falla tan estrepitosamente que ni el encargado del puesto le mantiene la mirada.

—Ha hecho trampas.

—Me parece bien. Has quitado de en medio a un crío de doce años para jugar. Te mereces la derrota.

—Ha entrado en un entorno competitivo sin estar preparado. —Beck le da al niño un billete de veinte y le firma la gorra, lo que el chaval parece considerar un intercambio justo—. ¿Ves? Todos ganamos.

Beck me engancha dos dedos por la trabilla del cinturón y me aleja de allí antes de que el encargado pueda prohibirle formalmente la entrada al puesto de los aros de por vida.

De alguna manera, acabamos en otro juego de skee-ball .

Echa más fichas en la máquina y me da una bola. —¿Y bien? Hablemos de ti.

—Ah. Yo no he aceptado eso.

—Demasiado tarde. —Me observa mientras preparo mi lanzamiento, de pie, tan cerca que puedo oler su colonia—. Por ejemplo. En la piscina la otra mañana.

Mi bola rebota en el borde y cae a la canaleta. —¿Qué pasa con eso?

—Darcy.

— Qué.

—Cuando tenía la mano en tu cuello… —Su voz baja lo justo para que la familia de la máquina de al lado no pueda oírlo—, la agarraste. Sentí cómo tirabas de ella para apretarla más.

El calor me inunda las mejillas tan deprisa que me sorprende que el chico de la taquilla de las fichas no llame a los bomberos.

—Y en tu despacho la semana pasada, cuando te dije que me miraras.

—Lanza otra bola. Otros cincuenta puntos.

No me extraña que haya vuelto a este juego—.

No protestaste, no pusiste los ojos en blanco, simplemente…

lo hiciste. —Su mirada se desliza hacia la mía—.

Así que tengo curiosidad. ¿Qué le gusta a Darcy Madden?

La respuesta sincera es…

No lo sé.

He tenido sexo. Mucho. Sexo educado, programado, ejecutado correctamente con hombres que trataron mi cuerpo de la misma manera que yo trato todo lo demás: con eficiencia, precisión y sin mucha creatividad.

Pero nadie me ha puesto nunca la mano en el cuello.

Nadie me ha dicho nunca lo que tenía que hacer con una voz que me hiciera desear obedecer.

Nadie se ha plantado nunca en una cafetería cerrada con un arnés de cuero y ha mirado a la mujer que amaba como si fuera lo más interesante de la sala, a pesar de quién estaba allí para presenciarlo.

Nunca he experimentado ese tipo de pasión.

Ni siquiera sé qué pediría si alguien me diera la oportunidad.

—Creo —digo con cuidado, lanzando la siguiente bola (treinta puntos, respetable)— que he pasado mucho tiempo siendo buena en muchas cosas. Y no mucho tiempo averiguando lo que yo quiero de verdad.

Beck hace rodar la última bola entre sus palmas, pero en lugar de lanzarla, me mira.

—Me parece justo. —Me da un empujoncito con el hombro—. Ya lo averiguaremos.

¿Averiguaremos?

Abandona el skee-ball y se aleja por el muelle. Lo sigo como la niña buena que soy.

Oh, Dios.

¿Qué me está haciendo este hombre?

La madera se vuelve más vieja y desgastada a medida que avanzamos, y los viejos tablones crujen bajo nuestros pies.

El sonido de las olas rompiendo contra los pilotes vibra a través de mis talones y, al final, Beck se detiene junto a la barandilla cerca de la zona de los pescadores, con ambas manos aferradas al metal erosionado.

Su expresión se tensa durante medio segundo. Tan rápido que me lo habría perdido si no lo estuviera observando ya.

—Aquí es donde estabas —digo en voz baja—. Cuando ocurrió lo de la retransmisión en directo.

—Sí. Más o menos por aquí.

—¿Y aun así sigues viniendo?

—A veces. —Se encoge de hombros, pasando el pulgar por la barandilla desgastada—.

Normalmente, cuando necesito pensar. Es raro, supongo.

Aquí es donde todo se fue a la mierda, pero aquí se está tranquilo.

Nadie me pregunta nada. Nadie me dice lo que debería hacer a continuación.

—Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios—.

Solo yo, el océano y un puñado de viejos que se toman la pesca demasiado en serio.

Miro hacia el tramo vacío al final del muelle. —¿Así que aquí es donde viene Beck Morrison cuando quiere desaparecer?

—Más o menos. —Sus ojos se encuentran con los míos—. No se lo digas a nadie. Estoy creando un aura de misterio.

Se queda mirando el agua oscura por un momento, luego se vuelve hacia mí con algo más tierno en su expresión.

—Y mírame. Un mal partido, una familia complicada, una carrera que pende de un hilo. Y, sin embargo, me lo estoy pasando bien esta noche.

—Sí. Según todos los parámetros que entiendo, deberías estar hundido, Beck. —Me acerco más, posando las manos en su pecho—. ¿Cómo lo haces?

Inspira hondo y me rodea la cintura con un brazo para atraerme hacia él. —¿Hacer el qué? ¿Disfrutar de una cita con una mujer despampanante que ha metido tres bolas de skee-ball en la canaleta para empezar la noche?

—Beck.