Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 12. Capítulo 11 #2
45%

12. Capítulo 11 #2

—Sí. Ha preguntado si salimos por la tele esta noche.

Le he dado mi usuario para la plataforma.

—Mason sigue escribiendo, totalmente despreocupado, como si me estuviera diciendo que la pasta está lista—.

Pero primero he tenido que hablar con mamá.

Ella suele verlo, pero ha encontrado unas amigas para salir esta noche.

Por cierto, quiere que la llamemos el domingo. Para contarle qué tal nos ha ido.

—Para, para. —Levanto una mano—. ¿Hablas con los dos ? ¿Con mamá y con papá?

Mason se encoge de hombros.

—Alguien tiene que hacerlo.

Lo dice sin darle importancia, como si fuera un hecho, y se guarda el teléfono en el bolsillo.

Lo miro fijamente. Mi hermano, escribiéndole a nuestro padre infiel sus datos para ver el partido como si nada. Como si no hubiera un cráter en medio de nuestra familia con todos nuestros nombres grabados en él.

—¿Cómo? —pregunto, y me sale más sincero de lo que pretendía—. ¿Cómo puedes simplemente… hablar con él?

—No sé. —Mason se encoge de hombros mientras se pone la camiseta—. Son solo mensajes, Beck. No lo estoy absolviendo. Solo estoy dejando que nuestro padre nos vea jugar al hockey.

Y, de repente, la voz de Poppy resuena de nuevo en mi cabeza. Quizá aún no necesitas saber qué decirle a tu padre.

Quizá Mason ha encontrado su forma de lidiar con todo esto.

La mía, simplemente… es diferente a la suya.

Eso está permitido, ¿no?

—Guay —digo—. Bueno… Dile que le mando saludos.

Mason me mira, un poco confundido, pero luego asiente.

—Se lo diré.

Termino de vestirme y, en cuestión de minutos, ya no hay espacio en mi cabeza para padres, ni traspasos, ni nada que no sea el único idioma que he hablado con fluidez en mi vida.

Hockey.

El entrenador nos reúne en el túnel, con una mano en la pared y la otra agarrando su iPad.

—¡Venga, chicos! Escuchad. Este equipo es rápido, es físico y se cree que somos una simple artimaña —recorre con la mirada el círculo que lo rodea; entonces, sus ojos de acero se posan en mí y ahí se quedan cuando dice—: ¡Así que salid ahí fuera! Y demostradnos lo que valéis.

Los chicos golpean el hormigón con los palos. Yo me limito a sostenerle la mirada al entrenador.

Mensaje recibido, entrenador. Alto y claro.

El túnel nos engulle uno a uno, los patines resuenan contra el hormigón y las letras doradas de la pared me deslumbran.

VINIERON POR LA PLAYA. NOS QUEDAMOS POR LA PELEA.

Declan sale patinando primero y, después, Mason se coloca a su lado. El rugido es ensordecedor cuando saltamos al hielo juntos; la Bear Cave detona.

—¡Joder, sí! —grito, levantando el palo junto a mis hermanos, mientras me deslizo a toda velocidad por la pista.

Los tres nos quedamos en el centro del hielo para la ceremonia de apertura, uno al lado del otro, y el ruido se vuelve nuclear.

Declan a mi izquierda, Mason a mi derecha, y la Bear Cave temblando hasta desmoronarse a nuestro alrededor.

Tres hermanos de azul y oro, hombro con hombro, y cada uno de esos doce mil aficionados está de pie gritando por nosotros.

Los hermanos Morrison.

Esa es la marca.

Esa es la atracción que Josie creó y que ninguna hoja de cálculo del mundo puede fabricar.

Di lo que quieras de mis estadísticas, pon las cifras que quieras en la columna que te haga sentir inteligente, pero, cada vez que saltamos al hielo…, la Bear Cave explota .

El marcador electrónico estalla con gráficos, el rugido de oso grabado hace temblar el edificio con la fuerza suficiente para hacer vibrar todas las bebidas del recinto, y, en algún lugar del palco, Morgan Morrison sostiene un cartel casero que dice: «EL TÍO BECK ME DEBE UN GOL».

A pie de pista, los peces gordos de la gala de Madden están viviendo la vida padre detrás del cristal en la primera fila de la sección Frostline; uno de ellos lleva una camiseta nueva que probablemente aún tiene las etiquetas puestas.

Paso patinando durante los calentamientos y les lanzo un disco por encima del cristal, y toda la sección reacciona como si les hubiera entregado un billete de lotería premiado.

Esto. Esto es lo que no puede meter en una hoja de cálculo.

Localizo la ventana del palco, e incluso desde el hielo puedo distinguir la elegante melena oscura, la chaqueta de color azul marino, la tableta brillando en sus manos.

Darcy está de pie entre Josie y Rose, con una copa de vino blanco en una mano y la tableta en la otra.

Josie le está robando palomitas del cubo a Rose mientras esta le da manotazos en los dedos sin apartar la vista del hielo.

Darcy me ve mirándola y juraría que sonríe.

Mi pecho vuelve a experimentar esa estúpida sensación de calidez.

Joder, qué ganas tengo de verla.

No a la analista Madden. No a la mujer que vigila cada uno de mis movimientos esta noche para decidir si conservo mi trabajo.

Tengo ganas de ver a Darcy. La mujer que tuve empapada y envuelta a mi alrededor. Esos labios suaves contra mi boca antes de que todo entre nosotros se descontrolara por completo de la mejor puta manera posible.

Ahora está ahí arriba, con un aspecto impecable de nuevo.

Me encanta el puto contraste.

Y, después de este partido, Darcy Madden va a tener su primera cita de verdad.

Conmigo.

Pues claro que sí.

El disco cae y, durante la siguiente hora, juego el mejor hockey de la temporada.

En el primer tiempo, gano cada disputa en la banda que toco.

Absorbo un golpe en la esquina que me hace castañetear los dientes para que se abra un carril para Declan, y esta vez — esta vez —, cuando Declan le pasa el disco y Travis lo mete, el entrenador me da una palmada en el casco al pasar por el banquillo.

—¡Así se hace!

Miro a las gradas y le guiño un ojo a la mujer que tuve en mis brazos hace unas noches.

En el segundo tiempo, provoco una penalización sin recibir ninguna, aguantamos dos en contra nosotros y le preparo a Mason un tiro directo que resuena contra el poste.

Vamos 1-1 y cada turno que hago se siente limpio.

Disciplinado. Estoy jugando exactamente el partido que la auditoría quiere y lo más curioso es que ni siquiera lo siento como una atadura.

Lo siento como una prueba.

Una prueba de que pertenezco a este lugar. Una prueba de que quiero estar aquí.

Tercer tiempo. 2-2. Quedan seis minutos y la Bear Cave ruge más fuerte que nunca.

Estoy esperando a que se abra el hueco en la zona neutral. El disco viene hacia mí y lo leo a la perfección. Se lo robo limpio a su defensa y, de repente, tengo pista libre. Mucha pista.

Varias opciones se abren ante mis ojos.

Opción uno: podría lanzarlo profundo, cambiar de línea, vivir para luchar otro turno. Es la jugada disciplinada. La jugada a lo Declan . La jugada que adoran las estadísticas.

O…

Está la opción dos.

Respiro hondo. Su último hombre está plantado y hay un hueco entre sus patines que tiene exactamente el tamaño de una jugada memorable. Deslizo el disco hacia el hueco, pero el tipo que parecía plantado no lo está.

Su palo baja como un rayo y mata el disco al instante.

Para cuando he pivotado, ya ha golpeado el disco hacia el otro lado. Joder. Estoy en el lado equivocado de todo el mundo, persiguiendo una jugada que he creado para el equipo contrario.

En un abrir y cerrar de ojos, el equipo rival hace tres pases y, antes de que pueda siquiera frenar en seco, el disco está en la red detrás de Sawyer.

La Bear Cave se queda tan en silencio y tan rápido que es como si alguien hubiera quitado el tapón del océano.

3-2. Quedan cuatro minutos.

Presionamos. Dios, si presionamos.

Declan juega los dos últimos minutos como un poseso, Mason bloquea un tiro con una parte de su cuerpo con la que nadie debería bloquear tiros.

Pero perdemos.

Y, de pie en la línea azul mientras su banquillo lo celebra, un pensamiento cae sobre mí con el peso de todo el edificio.

He costado el partido. He costado el partido, y ella lo ha visto.

El problema es que… he jugado bien.

Durante cincuenta y seis minutos, he cumplido con mi parte para el equipo.

Pero ¿alguien se dará cuenta de eso?

Volvemos al vestuario y me siento en mi sitio con la cabeza apoyada en la madera.

Nadie me habla. Ni un alma.