Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 12. Capítulo 11
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12. Capítulo 11

Beck

L os días que transcurren entre el incidente de la piscina y la noche de partido pasan como un borrón de entrenamientos, baños de hielo y una cena de equipo en Breakers donde Mack amenazó a Finn con el bate de béisbol por intentar empezar una conga en plena hora punta.

He pasado cada segundo de ese tiempo haciendo dos cosas: prepararme para el partido más importante de mi carrera y pensar en la mano de Darcy Madden dentro de mi bañador.

Joder.

Me he hecho tantas pajas que estoy bastante seguro de que se me va a caer la polla.

Pero, curiosamente, ni siquiera es esa la parte que no dejo de rememorar.

Es Darcy riéndose en la piscina. Su pelo oscuro empapado, esa compostura perfecta completamente por los suelos. La forma en que se aferraba a mis hombros mientras me salpicaba en la cara y me llamaba gilipollas.

En ese brevísimo instante en que la tuve para mí solo, no era la analista que intentaba decidir si yo tenía cabida en este equipo. Ni siquiera era la Darcy Madden perfecta, con su ropa perfecta y su jodida postura perfecta.

Era solo Darce.

Y, joder, me gustaba así. Quizá más de lo que debería.

Pero ahora es sábado por la noche y estoy sentado en mi sitio del vestuario, con medio equipo puesto y con unas ganas locas de salir a jugar.

La Cueva de los Bears respira sobre nosotros. Doce mil personas han vuelto a agotar las entradas del estadio. Será el tercer lleno consecutivo, lo que significa que Josie está en algún despacho de arriba, marcándose un bailecito de satisfacción que se merece con creces.

Los graves de los altavoces del estadio retumban a través del hormigón como un latido, e incluso aquí abajo, todo el edificio parece vivo.

Dios, cómo me gustan las noches de partido.

Saco el móvil y abro la aplicación del calendario, porque, aunque esté a punto de patear unos cuantos culos en el hielo, soy, por encima de todo, un romántico que cumple sus promesas.

PARA: Darcy Madden

EVENTO: PRIMERA CITA DE VERDAD CON UN HOMbrE

Hora: Esta noche. Inmediatamente después del partido. Sin excepciones.

Lugar: Clasificado.

Descripción: La asistencia es obligatoria.

Este evento ha sido codificado en ROJO, lo que, según me han dicho, significa no negociable.

Código de vestimenta: lo que sea que te haga sentir ganas de saltarte las normas.

Se ofrecerán refrescos. Confirma tu asistencia no haciendo nada, porque vas a venir de todas formas, Hoja de Cálculo.

Pulso «Enviar» al correo del trabajo de Darcy y le sonrío al móvil como un idiota.

Tres segundos después, una notificación ilumina la pantalla: Darcy Madden ha aceptado tu invitación.

Luego, un segundo correo me vibra en la mano.

¿Has codificado una cita por colores? Creo que nunca me había sentido tan atraída por alguien. Buena suerte esta noche. Ve a ganar el partido.

Sigo sonriendo como un tonto cuando Declan se sienta con un golpe en el banco a mi lado, totalmente equipado y con pinta de haber nacido con las protecciones de hockey puestas.

La sala ya está llena de vida a nuestro alrededor: camisetas azul marino y doradas cuelgan de los casilleros, sticks nuevos se alinean bajo el escudo luminoso de los Bears en la pared.

Hay pilas de toallas blancas que desaparecen casi tan rápido como el personal de equipamiento puede reponerlas, y, al otro lado de la sala, el entrenador ataca la pizarra gigante con un rotulador mientras jugadores medio vestidos se mueven a su alrededor, cogiendo cualquier bebida deportiva carísima que Margot haya prometido que nos hará invencibles esta noche.

Declan busca el móvil en su bolsa, luego se endereza a mi lado mientras lee un mensaje.

—Zoey está arriba en el palco con Morgan —dice, dejando caer el teléfono antes de apretarse los cordones—. El vuelo de vuelta a Chilmore sale a las siete de la mañana, así que este será su último partido.

—Pues más vale que lo hagamos bien. —Me paso la camiseta azul marino de los Bears por encima de las hombreras, y el número diecinueve dorado se asienta sobre mis hombros—. Morgan quiere un gol. Me ha enviado una lista de exigencias por mensaje: un gol, una pelea y que la señale cuando marque.

Declan se ríe.

—A mí me ha mandado la misma lista.

—Seguro que a Mason también se la ha mandado —digo.

—Está cubriendo sus apuestas. Es una niña lista.

Asiento en dirección al techo.

—Además, los VIP de la gala de los Madden están aquí esta noche. La gente de los ciento doce mil pavos. El padre de Darcy ha montado la experiencia completa: un palco carísimo, acceso a pie de pista para el calentamiento, todo el tinglado.

—¿Eso significa que te vas a portar mejor que en la piscina la otra mañana? —pregunta Declan, mirándome de reojo.

Lo miro y, joder , lo sabe.

—Mase te contó lo que vio desde el balcón, ¿eh?

Declan se encoge de hombros.

—Solo dijo que cree que eres un monitor de natación de mierda.

—¿Perdona? Si nadó .

Declan sonríe de lado.

—Solo digo que tengo veintinueve años y nunca he necesitado ponerle la mano en el cuello a nadie para enseñarle a nadar de espaldas.

Se me escapa una carcajada mientras niego con la cabeza.

—Entonces a tus métodos de enseñanza les falta innovación.

—Claramente.

Ambos nos reímos, y por un momento, la sensación es agradable.

Como en los viejos tiempos.

De pequeño, solía pensar que Declan era invencible. No en el sentido tonto de los niños, sino en la forma en que él simplemente… se interponía. Entre lo que fuera que viniera a por mí y yo. Lo hacía sin dudar.

Odio que el ambiente haya sido raro desde lo del paseo marítimo. Desde que se supo la verdad sobre papá y me di cuenta de que el hombre al que había admirado toda mi vida me había estado mintiendo porque pensaba que era demasiado frágil para soportar la verdad.

Eso todavía duele.

Algunas mañanas me despierto y la rabia sigue ahí, y quiero zarandearlo y decirle: «Me mentiste durante diecisiete años, pedazo de pazguato».

Pero luego hay momentos como este.

Ahora mismo, tengo a mi hermano mayor sentado a mi lado antes de que juguemos juntos al hockey. Pinchándome y devolviéndome las puyas.

Sí. Que te mientan duele.

No creo que esa parte vaya a desaparecer pronto.

Pero al menos Declan sigue… aquí. Intentándolo.

Al otro lado del vestuario, Finn está reuniendo público con el móvil en la mano, con el pelo haciendo su típica rebelión irlandesa.

—¡Chicos, chicos! ¿Habéis visto esto? —Gira la pantalla. Un canal de deportes de Instagram tiene una imagen con mi cara, con las palabras «TRASPASO INMINENTE» tapándome groseramente mis mejores rasgos—. ¡Dicen que tres equipos han llamado por nuestro Beck!

Aguzo el oído. ¿En serio?

—¿Tres equipos? —interviene Sawyer desde su rincón—. Apuesto a que Winnipeg es uno de ellos.

—Sip. Winnipeg —asiente Finn, encantado—. ¿Sabes cuál es la temperatura media en Winnipeg en enero, Beck? Es negativa , chaval. Todo el número es negativo.

—Becky va a tener que comprarse un abrigo —grita Travis—. En plan, uno de verdad. ¡No esa chupa de cuero que llevas aunque vivamos en la puta playa!

La sala se ríe, y yo me río con ellos, porque ese es el trabajo. Ese es el papel. Beck Morrison, el que no se inmuta, el que es a prueba de balas, el que se ríe de su propia ejecución.

Pero algo se me engancha en la nuca.

¿Tres equipos han llamado?

¿Por qué no sé nada de esto?

Y, de repente, recuerdo a Darcy de pie al borde de la piscina la otra mañana, con ese bañador verde sexi a más no poder, preguntando con demasiada naturalidad: ¿Hablas mucho con tu agente últimamente?

Pensé que estaba intentando sacar conversación.

Pero ahora, echando la vista atrás, no puedo evitar atar cabos.

Darcy Madden no intenta sacar conversación sin más. Esa mujer tiene un calendario codificado por colores y revisa su trabajo tres veces antes de enviarlo. No hace preguntas ociosas.

Estaba comprobando si yo sabía algo.

¿Hay algo que Darcy sepa y yo no?

Le doy vueltas a eso por un segundo mientras Mason regresa con paso pesado al vestuario después de su ducha.

Declan se inclina hacia delante a mi lado, con los antebrazos apoyados en las protecciones.

—¿Tres equipos ya?

Finn asiente.

—Según esto.

—Joder —masculla Declan—. Esto se está poniendo serio.

—¿Estás bien? —pregunta Mason desde el sitio de al lado. Ya ha sacado el móvil y sus pulgares se mueven—. ¿Qué pasa?

—Estoy genial. Al parecer soy popular. Tres equipos enteros quieren ficharme y llevarme lejos de Beachside. —Señalo su móvil con la cabeza—. ¿A quién le escribes? ¿A Rose?

El cuerpo entero de Mason se pone rígido mientras el color se le va de la cara.

—Cállate la puta boca —sisea. Gira la cabeza hacia el entrenador Pearson tan rápido que de verdad me preocupa su columna—. ¿Cómo… cómo coño sabes…?

Me reclino, con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

—Tío. —Mantengo la voz baja, pero la petulancia está a pleno rendimiento—. ¿Crees que no tengo ojos ? Puede que tú veas lo que pasa en la piscina antes del amanecer… —Me inclino más cerca—. Pero yo veo lo que pasa en el baño de vapor después de que todo el mundo supuestamente se haya ido a casa.

La cara que pone mi hermano no tiene precio.

Es una mezcla de pánico, furia y esa marca tan específica de «oh, mierda» que solo aparece cuando alguien se da cuenta de que su relación altamente inapropiada con la hija del entrenador ha estado a la vista todo este tiempo.

—Tienes que cerrar la boca. —El cuello de Mason se llena de manchas rojas, y sus ojos van y vienen de mí al entrenador Pearson—. Ahora mismo. Su padre , que por cierto es el hombre que controla si juego al hockey o me quedo en el paro, está literalmente a diez metros de nosotros, Beck .

—Vale —digo, borrando la sonrisita—. Entonces, si no es a… ella … a quien le escribes, ¿quién es?

Mason resopla, mirando de nuevo su teléfono.

—Papá.

Parpadeo.

—¿Papá, papá?