10. Capítulo 9
Darcy
L levo ya más de una hora en la mansión y, de momento, he conseguido evitar a Beck Morrison.
Tumbada al borde de la piscina más ridícula junto a la que he estado en mi vida, doy un sorbo a mi segundo margarita y dejo que el sol me caliente la cara, mientras intento adelantar algo de trabajo tecleando en la tableta.
En algún lugar dentro de la enorme mansión acristalada, la familia Morrison está armando tanto ruido que parece que la llegada de Zoey ha provocado una reunión familiar o un pequeño derrumbe estructural.
O eso, o que Beck por fin ha vuelto del pabellón.
Me hundo de nuevo en la tumbona porque aquí fuera, junto a esta piscina ridícula, todo es brisa marina, el guacamole perfecto de Diego y margaritas lo bastante fuertes como para resetearme el cerebro.
Debería ser relajante, ¿verdad?
Solo que Josie está a mi lado, en plena espiral de pánico por séptima vez en quince minutos.
—¿Estoy sudando? Creo que estoy sudando. —Se baja las gafas de sol y me mira fijamente, con sus ojos verdes entre el pánico y la desesperación—. ¿Se nota?
—Estás perfecta —la tranquilizo, ajustando la tableta que descansa en mi regazo. En la pantalla, «Evaluación de Beck Morrison» me mira con reproche junto a un correo electrónico de Colin que solicita una actualización urgente. Signifique eso lo que signifique—. Bébéte otro margarita.
—¡Eso no responde a mi pregunta! —El tono de voz de Josie se agudiza—. Perfecta también puede significar sudorosa. O como… reluciente, que Declan cree que es sexi, pero yo desde luego…
—Bébete. El margarita —repito con firmeza, sin levantar la vista de la pantalla.
Josie gime y se deja caer dramáticamente de nuevo en la tumbona. El vaso se le inclina peligrosamente, a punto de derramarse. —¿Es mucho pedir que le caiga bien a Zoey?
—Ya le caes bien.
—¡Qué va! ¡Lo que le gusta es que le he dado a todo el mundo la oportunidad de comer aperitivos y beber margaritas!
Suelto un suspiro y repaso mis notas sobre Beck por cuarta vez.
Llevo tanto retraso con este informe que no me queda más remedio que intentar trabajar un poco mientras «apoyo» a mi mejor amiga en su intento de camelarse a su futura cuñada.
Vuelvo a teclear la misma línea en la que llevo trabajando diez minutos.
El sujeto muestra un fuerte compromiso con la comunidad. Mis pulgares se detienen sobre la pantalla mientras mi cerebro interviene inoportunamente: También tiene la mejor boca que he besado nunca.
Siento que se me sonrojan las mejillas y borro el pensamiento con saña. Otra vez.
Profesional. Sé profesional.
—Ay, Dios mío, ¿estás borrando algo otra vez? —La brusca inspiración de Josie me saca de mi espiral mental.
—No —miento rápidamente, mientras la pantalla se atenúa como si se uniera a la traición.
Josie se gira hacia mí como un resorte. —¿Qué? ¡No! Déjame ver tus notas de empollona. ¿Era algo escandaloso? ¿Era sobre él ?
Se oye más ruido procedente del interior de la mansión. Mierda. A lo mejor Beck sí que ha llegado por fin. Se me revuelve el estómago, seguido de una palpitación mucho menos respetable entre los muslos al pensar en besarlo de nuevo.
Ay, por el amor de Dios.
—¡Déjame en paz! Es trabajo —le espeto, apartando la pantalla de sus ojos curiosos—. ¡Tengo que actualizar esta evaluación antes de que Colin me despida!
—Oh, no, no, Darcy Madden —dice Josie con una cantinela lenta y acusadora. Se endereza y las gafas de sol se le caen al regazo—. ¿Pasó algo entre vosotros dos? No fue tu madre quien te corrió el pintalabios anoche, ¿verdad?
La miro.
—No. —Trago saliva con dificultad, negándome a perder a mi amiga de nuevo por no ser sincera—. No, no fue ella.
—¡Lo sabía! —Josie sonríe con malicia—. ¡Dios mío, besaste a Beck Morrison , ¿a que sí?!
—¡ Chsss! —Me pongo de pie de un salto, casi tirando la tableta y el margarita. Le lanzo una mirada que espero que grite « deja de hablar» , mientras Mason y Diego estallan en una carcajada junto a la mesa que tenemos detrás—. ¡¿Quieres hablar más bajo?!
Su jadeo es más fuerte de lo que debería. —LO HICISTE.
Gimo, bajando la tableta a mi regazo. —Josie…
—¿Cuándo? ¡¿DÓNDE?! —Deja su bebida a un lado—. ¿Empezó él? ¿Hubo lengua? Darcy Madden , más te vale no saltarte los detalles.
Esto es una tortura. Una auténtica tortura.
—No pienso hablar de esto aquí.
—Oh, claro que vas a hablar. —La amplia sonrisa de Josie ha vuelto—. ¡Venga ya, estoy de los nervios! ¡Apóyame! ¡Distráeme con los detalles!
Aprieto la mandíbula, mirando fijamente la tableta en mi regazo.
—No tengo detalles —miento. Otra vez.
—A la mierda —canturrea—. Se te da fatal mentir. Tienes que practicar antes de acabar consiguiendo el puesto de directora general de los Bears.
Mi cerebro se detiene en seco.
Un momento.
—¿Crees que podría ser directora general? —Miro a Josie, con una expresión repentinamente seria.
La expresión de Josie se queda en blanco por un segundo, como si estuviera realmente confundida por qué parte de esa frase ha captado mi atención.
—Darcy, claro que podrías ser directora general.
Mi estómago siente un ridículo aleteo que, por una vez, no tiene nada que ver con Beck Morrison.
—¿En serio?
—Bueno… —Se levanta las gafas de sol un segundo para mirarme—. ¿Desapareces medio día para irte a hacer surf en lugar de hacer tu trabajo?
—No.
—Entonces ya superas a Colin Holden.
Se me escapa una carcajada. —Así no es como funciona la contratación de directivos.
—Pues debería. —Recupera su margarita y le da un sorbo con aire de suficiencia—. Aunque Colin probablemente no se lía con los jugadores a los que está evaluando, así que supongo que en eso te gana.
—¡Josie!
—¿Qué? Estoy intentando darte una evaluación de rendimiento equilibrada.
Abro la boca, dispuesta a protestar, dispuesta a desmontar toda esta teoría de la conspiración, pero una sombra alargada cae sobre nuestras tumbonas antes de que pueda pronunciar una segunda palabra.
Levanto la vista, y ahí está. Todo un metro ochenta y ocho de tentadora y musculosa calamidad.
—Ah, bien —comenta Beck con naturalidad, inclinándose entre nosotras.
Lleva una camiseta blanca básica, suave y ceñida a la perfección sobre su ancho pecho, con un pequeño logo de los Bears justo sobre el pectoral que la hace aún más apetecible. Lleva unos vaqueros negros que son sorprendentemente ajustados para un hombre de su estatura.
¿O son… demasiado ajustados?
Qué va. Nunca son demasiado ajustados cuando tienes un culo como ese.
Su colonia inunda el aire a mi alrededor, y cuando levanto la vista, esa traviesa mirada azul de los Morrison se posa directamente en mi tableta.
—¿Qué pasa, chicas? —Beck sonríe—. Odiaría pensar que mi lengua pudiera estar influyendo en la integridad del departamento de análisis de los Bears. ¿Pensando en mí otra vez, Sra. Excel?
Le lanzo a Josie la mirada más asesina del mundo.
Parece que está a punto de estallar de la risa. —Y yyy esta es mi señal para irme. Suerte, Darce.
Josie casi se va dando saltitos, lo que me parece una traición hasta que veo hacia dónde se dirige. Directa a los brazos de Declan, que la envuelve como si fuera lo mejor que ha tocado en toda la semana.
Vale. Qué monos. Lo que sea.
Beck se acomoda en la tumbona vacía que ha dejado Josie, desparramándose con esa confianza perezosa que hace imposible apartar la mirada.
Su cuerpo largo y esbelto se estira, los músculos se mueven bajo su camiseta, y juro que puedo ver cada flexión, como si hubiera sido esculpido específicamente para destrozar mi concentración.
El sol se refleja en las puntas de su pelo, aclaradas por el sol, que caen desordenadamente sobre su frente de una manera que suplica que mis dedos las aparten.
Se queda ahí sentado, completamente a gusto, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Y yo solo puedo pensar en lo injusto que es que un hombre pueda estar tan bueno sin hacer absolutamente nada.
Me mira de reojo, frunciendo el ceño ante la tableta que ahora yace ignorada en mi regazo.
—No estarás trabajando de verdad, ¿no? —Su voz está llena de un falso horror, impregnada de incredulidad—. Darcy, estamos de relax junto a una piscina infinita de verdad. Tu madre estaría decepcionada.
—Estoy haciendo mi trabajo —respondo con firmeza, incorporándome y forzando mi concentración de nuevo en la tableta con una intensidad fulminante.
Tienes límites, Darcy. Los límites son buenos.
Se inclina perezosamente, su brazo rozando el mío mientras echa un vistazo a la pantalla.
—Pero ¿acaso observarme no es tu trabajo? —pregunta lentamente, sonriendo con suficiencia todo el tiempo—. ¿O es posible que solo estés evitando afrontar el hecho de que me besaste anoche y lo disfrutaste a fondo?
Giro la cabeza bruscamente hacia él.
—Yo… no. Eso no es… —Tartamudeo y me odio por ello.
Parece tan jodidamente satisfecho de sí mismo.
—¿No es qué? —Su mirada desciende hasta mi boca durante un segundo demasiado largo antes de volver a encontrarse con mis ojos.
—Ese beso —consigo decir con más aplomo— fue un error. Y lo sabes.
—Interesante. —La sonrisa de Beck se acentúa—. Porque recuerdo claramente a alguien besándome como si… —Se acerca un poco más, mira por encima de su hombro antes de que su voz baje a ese tono grave y ronco que casi me quita las bragas por sí solo—. Como si no pudiera parar.
Miro hacia la mansión, desesperada por una distracción, pero es inútil.
Beck es implacable. Implacable y bueno.
En serio.
Puede que tenga razón.
No sé cuánto tiempo más podré resistirme a este hombre.
Primero me acorrala en mi despacho, murmurando cosas peligrosas sobre hacerme hacer cosas que nunca había soñado. Luego me besa después de sacar a relucir lentamente cada deseo que ni siquiera había anhelado antes.
¿Qué pasaría si pudieras elegir con quién sales?
La cuestión es… ¿quiero salir con Beck? ¿O solo quiero probar cómo sería eso ?