9. Capítulo 8 #2
—Pero tus padres se están divorciando. Acabas de descubrir que tu padre tuvo una aventura y que tu hermano te mintió —hace una pausa—. Pero ¿sabes lo que he visto yo? Que has entrado aquí sonriendo .
Vaya.
Joder.
Me acomodo en el sillón.
—A lo mejor soy resiliente por naturaleza.
—A lo mejor.
—Excelente. Terapia terminada.
Hago ademán de escaparme de nuevo, pero esta mujer diminuta me tiene totalmente atrapado.
—O a lo mejor hay otra cosa que ha captado tu atención.
Me dejo caer otra vez en el sillón.
Otra cosa.
¿Le cuento a mi flamante terapeuta que anoche besé a la analista del equipo?
¿Le cuento que he pasado todas las noches desde que Darcy Madden amenazó con traspasar mi culo a la otra punta del país con la mano en la polla porque, al parecer, no hay nada que ponga más a Beck Morrison que el rechazo profesional y una mujer que lo mira como si fuera un error particularmente irritante en la plantilla?
Probablemente no.
Hay ciertas cosas que deberían quedar entre un hombre, su ducha y cualquier poder superior que se lo esté pasando de puta madre con su vida.
Pero Poppy vuelve a observarme.
Esperando.
Dios, cómo odio que esperen.
—Puede que haya una mujer.
Su expresión no cambia.
—¿Puede que…?
—Vale…, sin duda hay una mujer. —Me muevo en el sillón y me paso una mano por la cara—. Y antes de que preguntes, sí, es la misma mujer que en estos momentos está evaluando si merezco seguir jugando en los Bears.
—La analista del equipo.
Entrecierro los ojos.
—De verdad que te dieron un expediente.
—Trabajo para el equipo, Beck.
—Ya. —La señalo—. Aun así, me parece una invasión de la privacidad.
A Poppy le tiembla la comisura de los labios antes de bajar la vista a sus notas.
—¿Y ha pasado algo con Darcy?
El recuerdo de estar besando a Darcy contra la encimera de la cocina me golpea al instante.
Siento un calor por todo el cuerpo.
—Sí. —Me aclaro la garganta—. Nos besamos.
—¿Y cómo te sientes al respecto?
—Como que me gustaría repetirlo con bastante entusiasmo.
Esta vez, estoy casi seguro de que se le ha movido la comisura de los labios.
—Pero sientes que se supone que debería caerte mal.
—¡Exacto! —Me inclino hacia delante, aliviado de que alguien por fin entienda el puto problema—. Está intentando traspasarme. Me sigue a todas partes. Juzga mis decisiones vitales.
—¿Y, sin embargo…?
—Y, sin embargo… —suelto un bufido y miro hacia el océano—. No sé. Cuando estoy con ella, no pienso en papá. Ni en mamá. Ni en que Declan sabía lo de la aventura. No pienso en nada de eso. —Hago una pausa, porque, por lo visto, he decidido que la sinceridad es contagiosa—. Solo pienso en ella .
Poppy me estudia un momento.
—A lo mejor no pasa nada.
Mi mirada vuelve a encontrarse con la suya.
—Tienes derecho a disfrutar de algo bueno que te está pasando en la vida mientras algo difícil ocurre en otra parte.
Y a lo mejor no necesitas saber qué decirle a tu padre todavía.
—Deja su bloc a un lado—. Puedes darte tiempo, Beck.
Con él. Con Darcy. No tienes que decidir hoy lo que significa ninguna de las dos relaciones.
Bueno.
Eso es sorprendentemente razonable, joder.
—Eh. —Me acomodo en el sillón, que es ridículamente cómodo—. Sabe, doctora, pensaba que la terapia iba a implicar bastantes más deberes que esto.
—Siento decepcionarte.
—¿Significa eso que puedo ir a besar a Darcy otra vez?
—Significa que estamos progresando. —Poppy coge el cuenco y me lanza un bombón envuelto en papel dorado—. Venga, vete. Nos vemos la semana que viene a la misma hora.
Lo cojo al vuelo contra el pecho y sonrío al ver que por fin se le escapa una pequeña risa.
Joder.
He hecho reír a Buda.
Para cuando entro en el camino de entrada de la mansión, me he comido el bombón carísimo de Poppy y he decidido que la terapia, después de todo, quizá no sea una soberana gilipollez.
No tengo que llamar a papá hoy. Tampoco tengo que averiguar qué demonios está pasando con Darcy.
Por lo visto, por una vez, tengo derecho a disfrutar de algo bueno.
Así que, como es natural, aparco el Bronco torcido al lado del impecable Range Rover de Declan porque su tic en el ojo me da la vida, y entro por la puerta principal.
—¡BECK!
Un misil moreno se estrella contra mí a toda velocidad. Zoey me rodea el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, y el impulso nos hace caer a los dos en la alfombra.
Biscuit se vuelve loco. Ladra, da vueltas en círculo, con una oreja tiesa y la otra caída, totalmente convencido de que o bien es el mejor juego que se ha inventado jamás o un allanamiento de morada por el que merece la pena morir.
—Hola, Zo.
—Te he echado de menos, pedazo de idiota.
—Me estás aplastando el bazo.
—Mejor. Eso forja el carácter.
Se levanta y entonces hace lo suyo. Lo de Zoey. Me coge la cara con las dos manos y la examina como si estuviera leyendo la letra pequeña.
—Vale. ¿Qué pasa?
—No pasa nada…
—Tienes esa cara.
—Tengo una cara. Es esta.
—Hoy tenía terapia —anuncia Declan desde la cocina, sin ni siquiera levantar la vista de la tabla donde está cortando limas.
—Ah, sí. Gracias, Capitán Confidencialidad.
Zoey se da la vuelta mientras cierro la puerta y lanzo las llaves al cuenco.
—¿ Terapia ?
—Orden del equipo —dice Declan—. Parte de la evaluación.
Zoey se vuelve hacia mí y me aprieta el brazo, con los ojos enternecidos y con mirada de hermana mayor.
—Ay, cariño. ¿Ha sido horrible? Por favor, dime que ha sido mejor que la de mamá.
—¿Qué le pasa a la de mamá?
— ¡Tío Beck!
Antes de que Zoey pueda responder, una vocecita atronadora resuena desde las escaleras. Morgan Morrison tiene diez años y ni una pizca de voz de interior. También es la mocosa más lista que he conocido.
Baja las escaleras como una bala y se estrella contra mí para darme un abrazo.
La cojo en brazos y doy una vuelta completa.
—Ahí está mi sobrina favorita.
—Mamá tiene razón —dice Morgan, sonriendo en mis brazos—. Desde que la abuela fue al loquero, ha empezado a poner pósteres de tíos sin camiseta en mi antigua habitación. Es un poco asqueroso .
—Eso es asqueroso —convengo.
—La abuela dice que los pósteres son su viaje de sanación —me informa Morgan, muy seria—. En uno de ellos hay un sombrero de vaquero que le tapa sus partes de hombre…
—Vale, se acabó este tema —anuncia Zoey, guiándome hacia la cocina—. Vamos. Diego se ha vuelto loco con la fiesta de bienvenida. Ha montado un festín en la terraza.
Me guía a través de las puertas de cristal abiertas hacia la terraza, donde el sol de la tarde está convirtiendo la piscina en una lámina de cristal azul. El océano se extiende más allá del borde infinito como si de alguna manera hubiéramos comprado también el horizonte.
No exageraba.
La mesa exterior parece un anuncio de margaritas con un presupuesto ilimitado.
Una cesta de mimbre con totopos de maíz, salados como si los hubiera bendecido alguien que me quiere.
Cuencos de guacamole, verde y con trozos, con pequeños lagos de zumo de lima brillando en la superficie.
Hasta la salsa está rebosante de tomate y hierbas frescas.
Mason está sirviendo las margaritas en vasos escarchados con los bordes cubiertos de sal, con el hielo sudando por los lados bajo el sol como si toda la bandeja acabara de darse un baño.
—Tú siempre apareces justo cuando las bebidas están listas —dice Mason, sonriendo desde el otro lado de la mesa.
Diego está de pie, supervisándolo todo con su impecable polo negro, ajustando una rodaja de lima con unas pinzas de verdad.
—Que nadie toque nada hasta que le haga una foto —dice—. Y que nadie vuelva a mojar. Eso va específicamente por ti, Beck.
—Tu fe en mí es sanadora, Diego.
Entonces Zoey se pone rara a mi lado. Hace esa especie de mueca-sonrisa.
—Bueno. Un aviso rápido. Josie… como que ha invitado a gente.
Miro más allá de ella.
Josie está repantingada en una tumbona, con las gafas de sol puestas, mientras Declan se acerca para darle un cóctel del color de un flamenco. Ahí sentada, parece una mujer que no ha estado estresada ni una sola vez en su vida.
Pero a su lado…
Oh, vamos.
Darcy Madden está en mi terraza.
Pero, es más…
Lleva unos diminutos pantalones cortos vaqueros y un top blanco por el que sus padres organizarían una intervención.
Tiene las gafas de sol subidas en esa melena corta y oscura, y esas piernas tentadoras y suaves que parecen kilométricas mientras teclea en una tableta que descansa en su regazo bajo el sol de la tarde.
Esta es una mujer cuya vestimenta habitual consiste en impecables blazers de trabajo. Ahora está sentada en mi jardín con el sol en la piel, con el aspecto de ser la mismísima razón por la que se inventó el verano.
Me he pasado toda la puta mañana intentando no contarle a una terapeuta licenciada que me he obsesionado clínicamente con esta mujer.
Y ahora, así como así, el descapotable de papá, el chardonnay de mamá y todos los demás desastres de la familia Morrison han desaparecido de mi cabeza.
Porque estoy mirando a Darcy Madden.
Sentada en mi terraza.
Las palabras de Poppy resuenan en mi cabeza.
Tienes derecho a disfrutar de algo bueno que te está pasando en la vida.
Bueno.
Eso sí puedo hacerlo.