Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 9. Capítulo 8
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9. Capítulo 8

Beck

L a consulta de la doctora Poppy Sinclair no se parece en nada a lo que me había imaginado que sería la consulta de una terapeuta.

No hay ningún diván de cuero, ni diplomas enmarcados en la pared, ni una caja de pañuelos de papel colocada a una distancia prudencial para llorar.

En su lugar, hay un sillón tan cómodo que casi me estoy quedando dormido, con vistas a una ventana que da al océano y que bien podría competir con la que he visto al despertarme esta mañana en la mansión.

Poppy sigue tecleando en su portátil, con las gafas en la punta de la nariz, tan tranquila como un monje.

Lo que me deja a solas con mis pensamientos mientras examino el cuenco de caros bombones de chocolate negro que tiene sobre el escritorio.

Y mis pensamientos, damas y caballeros, giran exclusivamente en torno a la boca de Darcy Madden.

Joder.

Ese beso en la cocina se me ha estado repitiendo en bucle desde que nos fuimos de la gala anoche. La forma en que me agarró la camisa. El sonidito que hizo contra mis labios. Su puto sabor.

Mierda.

Besar a Darcy Madden podría ser, de verdad, lo mejor que he hecho en mi vida, y eso que una vez marqué un gol entre las piernas en la televisión nacional.

Cristo. ¿Es raro que me ponga más la mujer que intenta acabar con mi carrera que cualquier otra mujer en mi vida? ¿Es eso lo que los expertos llamarían una obsesión enfermiza?

¿Debería confesarle este flechazo a mi terapeuta?

Me paso una mano por el pelo.

Mierda.

Ahora tengo terapeuta. Una terapeuta de verdad.

¿Cuándo se convirtió mi vida en… esto ?

Hace seis meses, mi mayor problema era salir de mi cama gigante en mi mansión igualmente gigante y bajar a convencer a Mason de que me preparara mi desayuno favorito.

Ahora estoy sentado en un sillón que me abraza, esperando a que una diminuta terapeuta me diseccione el cerebro, mientras la mujer que intenta traspasarme vive gratis en él.

Vale. Puede que el entrenador tenga razón. SÍ que necesito ayuda.

Poppy cierra su portátil y se quita las gafas, dejándolas a un lado antes de mirarme con los ojos más serenos que he visto en un ser humano.

Mi cuerpo se pone raro y tembloroso mientras se levanta de su escritorio. Trago saliva mientras cruza la habitación y se acomoda en el sillón de enfrente. La doctora Sinclair medirá, como mucho, uno sesenta, y se mueve como alguien que nunca en su vida ha tenido prisa.

—Muy bien —dice con una sonrisa—. Beck. Gracias por venir.

—A ver, era obligatorio, pero de nada.

—La asistencia obligatoria sigue contando como asistencia. —Junta las manos en su regazo—. ¿Te apetece algo? ¿Agua? ¿Chocolate?

Poppy mira hacia esos cuadraditos de tentación envueltos en brillante papel dorado que hay en su escritorio.

Para ser sinceros, parecen pertenecer a la caja fuerte de un multimillonario, no a la consulta de una terapeuta.

Elegantísimos, probablemente rellenos de caramelo de importación o de algún suero de la verdad secreto diseñado para que suelte toda la sopa.

Un bocado y probablemente confesaría todas mis inseguridades infantiles, como la vez que Declan me ganó al Monopoly y lloré porque pensé que significaba que sería pobre para siempre.

—¿El chocolate es una trampa?

Poppy levanta una ceja. —¿Cómo podría el chocolate ser una trampa, Beck?

—No sé. Cojo un bombón y, de repente, te debo mi trauma infantil. La clásica táctica del cebo y el cambiazo, ¿no?

Una sonrisa paciente cruza su rostro. —Es solo chocolate, Beck.

Me cruzo de brazos y me hundo en el sillón. —Eso es exactamente lo que diría una trampa de chocolate.

Poppy no se ríe, pero tampoco frunce el ceño. Simplemente… espera.

Es desconcertante.

Estoy acostumbrado a que la gente reaccione ante mí. Riendo, quejándose, tirándome guantes de hockey a la cabeza para que me calle. Pero Poppy Sinclair reacciona ante mí de la misma manera que el océano reacciona ante un guijarro lanzado a sus profundidades infinitas.

—Entonces, ¿cómo va esto? —pregunto, extendiendo los brazos por el sillón—. ¿Me tumbo mientras me hipnotizas? ¿O esta es la parte en la que balanceas un reloj de bolsillo y me haces cacarear como una gallina? Porque, que conste, ya sé cacarear a la orden.

De nuevo, Poppy está tranquila como la que más.

—Solo hablamos. —Vuelve a aparecer esa diminuta sonrisa.

¿Qué le pasa a esta mujer?

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Ah. —Tamborileo con los dedos en el reposabrazos—. Hablar. De acuerdo… por suerte para ti, hablar es mi especialidad. Esta va a ser la hora más fácil de tu carrera, doctora. Deberías haberte traído un libro.

—Tomo nota. —Ladea la cabeza y coge un bloc de notas de la mesa que hay entre nosotros—. Entonces, ¿cómo te encuentras hoy?

¿Esa es su primera pregunta? Mierda. Esto va a ser pan comido.

—Genial, la verdad. —Y ni siquiera estoy mintiendo—. Mi hermana, Zoey, llega hoy de Chilmore. Se queda todo el fin de semana. Josie lo ha organizado todo. Gran reunión de hermanos, casa en la playa, Diego haciendo su magia en la cocina. El lote completo.

—¿Tienes una relación muy estrecha con tu hermana?

—Ah, sí. Zoey prácticamente nos crio. Es la única persona viva que puede mirarme a mitad de una frase y saber exactamente qué partes son mentira. —Sonrío—. Es un superpoder aterrador.

—Así que te hace ilusión verla.

—Supongo —digo, encogiéndome de hombros y moviéndolos en círculos—. A ver, se va a meter con mi pelo a los noventa segundos de aterrizar, pero he echado de menos ese tipo de cariño.

Poppy asiente lentamente, escribiendo en su bloc con un bolígrafo de los Bears . —¿Y el resto de la familia? ¿Estarán todos allí este fin de semana?

—La rama de la playa, sí. Declan, Mason, yo. El circo Morrison al completo, menos el director del circo y… —Me detengo para recalibrar—. Menos los padres.

—Menos los padres —repite ella suavemente, observándome con atención—. ¿Por qué no vienen, Beck?

—Bueno, están un poco liados ahora mismo —digo—. Divorciándose. Repartiéndose la colección de toda una vida de cosas que ni siquiera se habían dado cuenta de que tenían hasta ahora. Ya sabes, las típicas mierdas de padres.

La expresión de Poppy no se inmuta. Sus cejas se quedan donde están, impasibles. En serio, esto es como intentar encandilar a una puta estatua de Buda.

—¿Y cómo te sientes con eso? —pregunta en voz baja, bajando el bolígrafo.

—¿Que cómo me siento ? —Me río, con una risa cortante y sin humor—. Siento que mi padre está buscando un descapotable mientras mi madre compra suficiente chardonnay como para mantener a su terapeuta con trabajo hasta Navidad. Ya sabes cómo va.

El bolígrafo vuelve a estar en su mano, golpeando el bloc como si estuviera esperando a que se me acabaran las gilipolleces.

¿Lo peor? Que sentado en esta habitación, en este sillón, con ella mirándome con toda la paciencia del mundo, puede que se me acaben.

Joder.

Lo único que quería hacer al despertarme esta mañana era trazar un plan sobre cómo iba a encontrar la manera de volver a besar a Darcy Madden.

Quizá planear una colisión accidental en el pasillo.

O una maniobra casual del tipo: «Oye, ven a ayudarme con mis estadísticas…

¡oh, mierda, nos estamos besando otra vez! ».

Pero no. Estoy aquí.

Bajo el asalto verbal de la doctora Paz y Amor, que a los pocos minutos de nuestra primera sesión, de alguna manera, ha conseguido que saque a relucir mis traumas infantiles.

No es exactamente el resplandor posbeso al que aspiraba.

—Entonces, Beck —continúa Poppy—. El divorcio de tus padres… ¿cómo te hace sentir?

Hago un gesto con la mano. —¿Te has leído el expediente, no? ¿Colin te ha enviado un expediente? Me da que hay un expediente.

—Prefiero oírlo de ti.

—Es un halago, pero seguro que el expediente es más divertido.

Ella solo espera. Dios, la espera. Me está matando .

—Vale, versión rápida. —Me inclino hacia delante, con los codos en las rodillas—. Mi padre tuvo una aventura. Declan lo supo todo el tiempo, pero nunca dijo ni una palabra. Yo me enteré de todo en una retransmisión en directo, rodeado de extraños comiendo churros. Fin. Que salgan los créditos.

Hago el amago de levantarme del sillón, odiando que esto no sea tan fácil como esperaba y completamente listo para una de las margaritas de doble carga de Diego que me esperan en la mansión.

Pero Poppy simplemente continúa el asalto. —Es mucho que descubrir de golpe.

—Sí, bueno. Aprendo rápido.

Eso es. Respuesta simple y agradable. Que esto sea corto y conciso.

—Y tu padre… ¿has hablado con él desde entonces?

—Llamó. —Me encojo de hombros—. Dejó un mensaje de voz. Algo sobre que quería que escuchara su versión.

—¿Lo has escuchado?

—Sí.

—¿Le has devuelto la llamada?

La pregunta queda flotando en el aire un momento.

Y aquí está la cosa: tengo un chiste preparado. Siempre tengo un chiste preparado. Quizá uno sobre filtrar llamadas, o sobre cómo mi buzón de voz ya está lleno de las pullas de Finn.

El chiste está cargado. Justo ahí.

Pero a pesar de querer largarme de aquí lo más rápido posible…

No sale.

En lugar de eso, miro el cuenco de bombones en su escritorio, luego la ventana con vistas al agua, y mi cuerpo se hunde en el sillón con un profundo suspiro.

—No sé, doctora. —Miro fijamente al océano—. Supongo que no le he devuelto la llamada porque, quizá, por primera vez en mi vida… no sé qué decir.

La consulta está en un silencio sepulcral.

He pasado veinticuatro años sin quedarme nunca sin palabras. Es lo único que tengo. Me metes en un vestuario, en un escenario, en la televisión en directo…

Demonios, haz lo que hizo Charles Madden anoche y ponme delante de cien personas en una subasta benéfica con un micrófono en la mano y llenaré cada segundo .

Pero en cuanto llama mi propio padre, sin querer nada más que la oportunidad de que lo escuche, me quedo sin nada.

Poppy me estudia un segundo más y luego dice, con una suavidad pasmosa:

—Has dicho algo interesante nada más sentarte.

—He dicho varias cosas interesantes. Vas a tener que concretar.

—Has dicho que te sientes genial.

Parpadeo, mirándola.

—Sí. Bueno, es que es así.