8. Capítulo 7
Darcy
— Más despacio. ¡Esto no me está ayudando con el dolor de pies, Morrison!
Beck me arrastra por un pasillo que huele a detergente industrial para lavavajillas y, por lo visto, esto es algo que hago ahora.
No es el tipo de sitio en el que la mayoría de la gente pasaría el rato voluntariamente durante una de las galas de mi madre, pero Beck me lleva a través de él como si fuera una sala VIP.
Su mano es cálida alrededor de la mía, y su zancada, tan larga que voy medio trotando con mis ridículos tacones para seguirle el ritmo.
—Pronto te lo compensaré —dice, echando un vistazo por encima del hombro—. Pero que conste que la palabra «lento» no debería aparecer en mi evaluación, ¿verdad?
Pongo los ojos en blanco mientras salimos disparados por las puertas dobles del final del pasillo. Me detengo en seco, tambaleándome peligrosamente.
Beck me sujeta por el codo para estabilizarme mientras asimilo nuestro nuevo entorno.
La cocina de servicio es la perfección en acero inoxidable: las encimeras relucen como si las hubieran pulido hasta la extenuación, hay estanterías con platos apilados ordenadamente y un leve eco a ajo y mantequilla flota en el aire.
Es enorme, está impecablemente limpia y, aparte de la única figura con delantal que friega el suelo aparatosamente a lo lejos, también está completamente desierta.
—Beck…, la cocina está cerrada —señalo, como si no se hubiera dado cuenta ya.
—Un contratiempo menor. —Beck despacha mi observación con un gesto displicente de la mano, flexionando el brazo lo justo para atraer mi mirada—. Créeme, nadie en este edificio ha soñado jamás con negarme a mí unas patatas fritas.
—Seguro que al personal de cocina esa lógica le parece irrebatible.
Como si lo hubiera invocado, Beck suelta un silbido, tan fuerte que el único cocinero que está limpiando se gira con los ojos como platos.
Apenas ha salido de la adolescencia, tiene pecas y una energía nerviosa inagotable, y probablemente está intentando calcular cuántos problemas estamos a punto de causarle.
—Eh, el servicio ha terminado —tartamudea el cocinero, agarrando la fregona como si tuviera que usarla para defenderse.
—Tranquilo, tío. —Beck le dedica una sonrisa—. Solo queremos unas patatas fritas. ¿Tienes algunas que puedas prepararnos a mi chica y a mí?
¿Pero qué coño acaba de decir? ¡¿Mi chica?!
Ningún hombre me ha llamado nunca su… chica .
El cocinero niega con la cabeza mientras siento que mis entrañas se derriten lentamente y se esparcen por el suelo. —Se supone que no debo…
—Tienes pinta de ser aficionado al hockey. —Beck lo interrumpe, rodeando la encimera y adentrándose en la cocina—. ¿Me equivoco?
El chaval asiente tímidamente mientras Beck se apoya en la encimera. —Sí. Soy muy aficionado.
—Te diré una cosa. Llevo toda la noche metiéndome a la fuerza espuma de marisco y pretenciosidad con sabor a trufa. Así que este es el trato: si nos consigues unas patatas fritas, te firmo lo que quieras y te dejo etiquetarme en Instagram. Venga, ¿cómo te llamas?
El chico traga saliva. —Porter.
—Porter. Un nombre fantástico, hermano. Muy de chef. —Beck coge una servilleta y un rotulador de la encimera y garabatea su firma como si estuviera firmando un cheque de un millón de dólares—. Si me ayudas, me aseguraré de que tus quince minutos de fama vengan con sal extra.
La determinación de Porter se rompe como un tenedor de plástico barato y, cinco minutos después, estamos encaramados a la encimera junto al horno industrial mientras él saca del aceite cestas humeantes de patatas doradas.
Nos sentamos a observar cómo espolvorea sobre ellas una generosa cantidad de sal. El olor es suficiente para que me flaqueen las rodillas.
—Te das cuenta de que ahora mismo estás rompiendo unas tres reglas de la alta sociedad, ¿verdad? —le digo mientras Beck coge la primera patata frita y se quema los dedos.
—Cuatro, si cuentas el soborno. —Sopla ruidosamente sobre ella y luego me la tiende a mí en lugar de darle él el primer bocado—. Pero estás a punto de ver que merece la pena. Confía en mí.
Por supuesto, Beck tiene razón.
La patata está caliente, salada y perfecta.
Dejo escapar el tipo de suspiro involuntario que no sabía que la comida podía provocar.
—¿Ves? Las mejores patatas fritas de tu vida. —Beck me observa con evidente satisfacción—. Debería empezar a cobrar por mi pericia.
Cojo otro puñado, empapándome de la ausencia de sonrisas blanqueadas y aplausos educados. Durante unos maravillosos minutos, solo estamos nosotros, las patatas fritas y el ruido de Porter, el cocinero, terminando su jornada laboral.
Porter se saca un selfi rápido con Beck de camino a la puerta, sonriendo mientras teclea en su teléfono, y pronto nos quedamos completamente solos.
Beck se vuelve hacia mí, su sonrisa es pura travesura.
—Bueno, Cenicienta, quitémonos esas trampas mortales de los pies —dice, arrodillándose ante mí.
—Estoy bien —miento, haciendo una mueca cuando me desabrocha un zapato y me lo quita por completo.
—Estás bien y mintiendo, lo cual es impresionante, pero voy a hacerlo de todos modos.
—Beck… —Mi protesta muere en cuanto sus manos presionan el arco de mi pie, firmes pero con cuidado, como si intentara reparar el daño—. Oh, Dios mío.
—¿Ves? —dice con aire de suficiencia, sus pulgares dibujando círculos mágicos en mi pie—. Un héroe sin capa. No te muevas, Madden.
Casi gimo. Es insufriblemente bueno en esto, y lo sabe.
—Así que dime. ¿Te han lavado el cerebro para que quieras lo que tienen tus padres?
El matrimonio largo, que se te ilumine la cara al veros.
Todo el paquete. —Su voz es despreocupada, pero sus ojos observan mi cara con atención—.
¿O eres más del tipo «el amor es una reacción química que se desvanece a los once meses»?
—Eso es muy específico.
Se encoge de hombros. —Me lo dijo una exnovia una vez.
Estudio su rostro, intentando averiguar de dónde viene esto. —¿Por qué lo preguntas?
—Solo siento curiosidad por la mujer que quiere que me vaya. Así que dime… ¿algún ex loco que volviera locos a tus padres?
Meneo los dedos de los pies entre sus manos. —¿Ex locos, eh? Bueno, estuvo Charles. Nuestras madres nos lo arreglaron justo después de que terminara la universidad. De hecho, me pidió matrimonio después de tres citas.
—¿Tres citas? —Las cejas de Beck se disparan—. Qué decisión tan audaz.
—Sí, era parte de su plan de cinco años. Le dije que no, obviamente.
—Obviamente —repite Beck, acercándose más con una sonrisita—. ¿Qué tal otro? Cuéntame el peor.
—Oh… —Una sonrisa asoma a mis labios—. Ese tendría que ser Edwin.
—¿Edwin? —Arruga la frente en señal de aprobación—. Un nombre ridículamente pijo. Sigue.
—Oh, era muy pijo —convengo—. Tan pijo, de hecho, que el sexo convencional no era suficiente para él. Tenía una… fuerte afición por, eh… —Miro hacia donde estoy recibiendo el mejor masaje de pies de mi vida—. …los pies.
Beck suelta mi pie como si fuera radiactivo.
— Espera. —Me mira boquiabierto, escandalizado y visiblemente horrorizado—. Darcy, ¿me estás diciendo que acabo de seguir el asqueroso y espeluznante fetiche de pies de Edwin sin saberlo?
Me río tan fuerte que me duelen las costillas. —¡Qué horror!
—No. Nunca más. —Levanta las manos, frotándoselas aparatosamente antes de cruzarse de brazos sobre el pecho con un resoplido exagerado—. Olvida la evaluación. Que le den a los Bears. Esto es una dimisión. Lo dejo.
—Oh, vamos. —Avanzo un poco sobre la encimera, balanceando mis piernas ahora libres para menear los dedos de los pies juguetonamente frente a su cara—. ¿Eso significa que te niegas a participar en mi indudablemente tóxico pasado relacionado con los pies?
—Vale, quieres hablar de cosas raras. Bien.
He tenido novias que lo preferían por el culo porque, y cito textualmente, «me ayuda con la alineación» —anuncia Beck, contando con los dedos como si estuviera haciendo una lista de la compra—.
He estado con mujeres que querían embadurnarme el pecho con salsa de caramelo.
¡Ah! Y hubo una chica que solo podía correrse si llevaba puesto el casco de hockey durante el sexo, lo cual, sinceramente, era un poco excitante.
Joder, incluso me lié con una mujer que quería que le hablara sucio exclusivamente en francés, lo cual fue un desastre porque lo único que sé de francés es «oui, oui, baguette» y algo sobre queso.
Hace una pausa dramática, señalando con un dedo acusador mis pies descalzos.
—¿Pero los pies? Los pies son donde trazo el límite, Madden. Ahí es donde Beck Morrison dice «ni de puta coña». Me da igual si Edwin era el príncipe heredero del Reino Chupadedos. Mis manos tienen principios.
Me río tan fuerte que casi me resbalo de la encimera. —Estás siendo ridículo.
—¿Ridículo? Estoy siendo razonable . Hay una diferencia.
Ya no estoy segura de qué está pasando. Ni de por qué me río tanto que apenas puedo ver.
La risa se desvanece lentamente mientras su voz baja, su rostro se suaviza al abandonar el ceño fruncido y se acerca, con las manos ahora apoyadas en la encimera a mi lado.
—Así que dime, Darce —dice Beck, con la voz más baja ahora—. ¿Siempre sales con hombres que les gustan a tus padres?
Mi risa suena débil. —Esa es una pregunta muy peligrosa para hacerla mientras estás de pie entre mis piernas.
—Bueno, es verdad, ¿no? —dice Beck, en voz baja y con certeza—. Llevas años viviendo esta vida. Haces lo que se espera de ti. Tomas las decisiones correctas todo el tiempo. ¿Nunca te… aburres? ¿Como si solo quisieras hacer algo para ver qué pasa?
Bajo la mirada hacia él, hacia su rostro estúpidamente perfecto inclinado hacia mí.
—Nunca me han permitido pensarlo —digo—. Porque salirse de la norma… en mi mundo… no es una opción.
Sus manos permanecen apoyadas a ambos lados de mí, su cuerpo me encierra.
—¿Y si te diera a elegir?
A mis pulmones se les olvida cómo funciona el aire.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno… ¿tus padres siempre deciden con quién sales?
—Históricamente, sí.
Su mirada baja de mis ojos a mi boca, y mis muslos se aprietan por instinto, el calor acumulándose en mi vientre.
—¿Y qué pasaría si eligieras a alguien que no les gusta?
Mi mirada baja a su boca. —¿Te refieres a alguien como tú?
—Exacto.
Beck se inclina, tan lentamente que podría detenerlo si quisiera.
Pero, por alguna razón, esta noche, no lo hago.
Cierro la distancia por completo, inclinándome hacia delante mientras sus labios rozan los míos, suaves y vacilantes al principio, como si me diera la oportunidad de cambiar de opinión.
Lo único que consigue es que desee más.
Mis manos se aferran a su camisa para retenerlo mientras él profundiza el beso, su lengua deslizándose sobre la mía. Es cálido, infinitamente adictivo, arrastrándome como la marea y sin dejar espacio para el oxígeno.
Sabe a todo aquello de lo que no sabía que estaba hambrienta hasta este preciso instante.
Beck Morrison es salvaje, despreocupado y la persona que se supone que debo eliminar de mi vida. Pero cuanto más tiempo paso con él, más se convierte también en el hombre que me hace sentir más libre de lo que me he sentido nunca.