Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 7. Capítulo 6 #2
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7. Capítulo 6 #2

—Lo sería, si no fuera porque nunca he visto a Zoey en persona y me aterra meter la pata. —La voz de Josie se vuelve más aguda —. Es su hermana, Darcy. La que prácticamente los crio. ¿Y si me odia? ¿Y si digo alguna estupidez? ¿Y si…?

—Josie, no lo harás.

—¿Y si cree que no soy lo bastante buena para Declan?

La miro, comprendiendo perfectamente adónde quiere llegar.

—Quieres que vaya, ¿verdad?

—Por favor —confirma, intentando poner una sonrisa dulce por si cuela—. Prometo que será divertido. Diego ha prometido preparar cócteles hasta que estos chicos vuelvan a sonreír.

Debería decir que no.

Debería controlar cuidadosamente mi proximidad a Beck Morrison. Sobre todo después de lo que pasó en mi despacho.

Mi evaluación para el traspaso debe seguir siendo profesional.

Y beber cócteles en una mansión junto a un acantilado durante todo el fin de semana no suena profesional.

—Sabes… —Josie se inclina hacia mí, con una expresión más astuta. Me da un codazo y su tono se tiñe de una intención maliciosa—. Si vienes, tendrás más tiempo para… evaluar al señor Morrison. Solo estarías haciendo tu trabajo, tía.

Levanto una mano para interrumpirla.

—Vale, de acuerdo. Pero que conste que acepto ir este fin de semana únicamente para apoyarte. No por… ningún otro motivo.

— Únicamente por mí —repite, dándome otro codazo—. Entendido.

La sonrisa de Josie se dibuja en su rostro como un amanecer y, por un segundo, olvido por qué dejé que nos distanciáramos.

—Cariño, ahí estás. —Mi madre aparece a mi lado, envuelta en seda azul glacial e irradiando una determinación elegante como si fuera un perfume.

Nos mira a Josie y a mí con evidente deleite—.

¿Estás lista? Tu padre ha vuelto a hacer de las suyas.

Parece que estos amigos tuyos del hockey se han presentado voluntarios.

Sigo su mirada por el salón de baile justo a tiempo de ver a un risueño Charles Madden entregándole a Beck una paleta de subasta.

Beck me mira y me guiña un ojo.

Ay, Dios.

—¿Voluntarios para qué? —pregunto con voz débil.

La sonrisa de mi madre se vuelve positivamente depredadora.

—Para la subasta, por supuesto.

El escenario de la subasta se encuentra bajo una proyección del logo de la Fundación Madden y está claro que mi madre se ha pasado toda la semana con la iluminación, porque todo el conjunto brilla a la perfección.

La gente se congrega alrededor; algunos, sentados; otros, de pie con una copa de champán en la mano. Para cuando el subastador anuncia el premio principal, llevo tanto rato de pie en el mismo sitio con estos tacones que los dedos de los pies se me han quedado oficialmente insensibles.

—Y, por último, nuestro premio más importante de la noche. Lote catorce —anuncia el subastador—. La Experiencia Definitiva con los Beachside Bears. Un palco privado para el partido en casa de este fin de semana, camisetas firmadas, acceso a pie de pista…

—Y —interrumpe mi padre con suavidad desde la primera fila—, una estancia de dos noches en la Suite Presidencial del Madden Coastal, con chef privado y servicio de chófer.

Porque después de un gesto tan maravilloso por parte de los Beachside Bears, nos parecía de mala educación mandar a nuestros invitados a casa sin más.

La sala aplaude como siempre. Mi padre nunca ha dejado que una buena oportunidad de marketing se quede en simplemente buena. Por eso ha tenido tanto éxito.

En el escenario, los hermanos Morrison suben por la escalera lateral y estoy segura de que todo lo que mi madre ha estado planeando durante ocho meses está a punto de desmadrarse gloriosamente.

Declan parece que va camino de una ejecución. Mason saluda a las mujeres mayores de la mesa nueve y ellas chillan . Y Beck…

Beck simplemente coge el micrófono antes incluso de que puedan empezar las pujas.

—Antes de empezar —dice—, creo que es importante que los pujadores entiendan lo que se llevan.

Oh, no. Esto no es bueno.

—Beck. —El tono asesino de Declan se oye perfectamente—. Ahora no.

Beck lo ignora.

—Damas y caballeros… Lo primero es lo primero. Solo por mi personalidad ya valgo dos mil dólares. Y es una estimación conservadora. Declan solo está incluido porque toda experiencia de lujo necesita un tipo que sepa dónde están las salidas de emergencia de la decencia humana básica.

El salón de baile ríe divertido y la mujer a mi lado escupe el champán en su servilleta.

—Y Mason. Viene con un pelo excelente —continúa Beck—, pero no está disponible emocionalmente, así que controlad vuestras expectativas en ese aspecto, señoras.

—Eso no es verdad —dice Mason, sonriendo directamente a tres cámaras de móvil—. No le hagáis caso.

Josie está grabándolo todo para sus redes sociales, con el teléfono en alto. Y justo cuando empiezan las pujas, Rose aparece a su lado con una cámara profesional y un objetivo del tamaño de mi antebrazo.

Las pujas suben rápidamente. Cuarenta mil. Sesenta.

Con cada aumento, Beck sigue mejorando la oferta.

—¡Joder! ¡Qué oferta! Por esa cifra, hasta cocinaré la cena —ofrece con una sonrisa radiante—. ¡Sin camiseta!

—De eso nada —dice Declan.

—Setenta y cinco mil —anuncia una mujer vestida de dorado, guiñándole un ojo a Mason.

Al final, el paquete del día de partido con los Bears se vende por ciento doce mil dólares. Mi madre casi llora de la emoción.

Y, de pie aquí, con el champán calentándose en mi mano, por fin veo lo que mis hojas de cálculo nunca han sido capaces de reflejar.

Beck Morrison no se ha limitado a subir ahí arriba a hacer el ridículo. Estaba trabajando . Todo el ambiente en la sala es más ligero que hace una hora, y él lo ha conseguido.

Llevo toda la vida en este mundo. He asistido a innumerables galas de la alta sociedad y eventos de lujo donde el dinero no importa. He visto a mil hombres intentar dominar una sala así y fracasar.

Pero a Beck Morrison lo he puesto yo en la lista de traspasos de una franquicia moribunda.

Mierda. ¿Habré cometido un error garrafal?

Beck baja los escalones entre un enjambre de flashes de cámaras y voces estruendosas, y un hombre con una acreditación de prensa y una grabadora le corta el paso antes de que llegue abajo del todo.

—Morrison. ¿Hay algo de cierto en los rumores de traspaso? ¿De verdad va a dejar los Bears tan pronto?

Dejo de respirar.

Beck no se inmuta.

—He oído que soy terriblemente guapo y un encanto en el vestuario. —Se encoge de hombros—. No puedo confirmar ninguna de las dos cosas, pero, por ahora, solo estoy deseando que llegue el partido del fin de semana.

El periodista se ríe, anota algo y se dirige hacia Declan.

Los ojos de Beck encuentran los míos mientras la multitud se arremolina a su alrededor, ofreciéndole un apretón de manos o una palabra amable, hasta que por fin se pone a mi lado.

—Siento haber tardado tanto. —Se acerca a mí y, entonces, su mirada baja hacia mis pies y frunce el ceño—. ¿Te están saliendo ampollas, Hoja de Cálculo?

—Por favor. Soy de la alta sociedad. Estoy acostumbrada a llevar este tipo de zapatos.

—Eso no son zapatos —dice riendo, con los ojos chispeantes—. Son diminutos aparatos de tortura con una etiqueta de diseño.

Me río sin poder evitarlo, y él parece exageradamente complacido por ello.

Entonces su atención se desvía más allá de mí y algo en su rostro cambia.

Al otro lado de la sala, mis padres están de pie cerca de la mesa del ganador de la puja; mi madre, en plena ronda de agradecimientos a todos los ganadores, pura calidez y diamantes. Mi padre está detrás de ella, con una mano en su cintura y la otra dando apretones de manos.

Mamá se reclina contra él sin mirar. No necesita mirar, lleva treinta y un años sabiendo dónde está, pero cuando termina de hablar, él se inclina y le besa el pelo.

Beck los observa. No dice nada, lo que para Beck Morrison es prácticamente una señal de alarma.

Pienso en lo que dijo Josie, en que el ambiente de la mansión es tenso y peligroso en este momento. Así que me acerco más.

—¿Todo bien? —pregunto.

—Sí. Esta noche ha sido divertida. Tus padres molan, Madden —dice por fin—. Están totalmente enamorados. Es bonito.

—Desde luego, no tienen miedo de demostrarlo.

—No. —Niega con la cabeza lentamente, sin dejar de mirarlos mientras cruzan la sala—. Eso es simplemente… lo que pasa cuando dos personas siguen queriéndose durante tanto tiempo. Por eso es tan especial.

Su voz se ha vuelto queda y, de repente, no hay ningún chiste como los que había en el escenario.

—Beck…

—Los míos solían hacer eso. —Me lanza una mirada—. O eso creía yo, al menos. Resulta que todo era una gran mentira.

Se me hace un nudo en la garganta.

Quiero decir algo útil. Algo que diría una amiga .

Pero, antes de que pueda, vuelve a mirar mis pies y luego mi cara. La sombra ha desaparecido como si nunca hubiera estado ahí, reemplazada por esa sonrisa que me atrae cada vez más.

—Vamos —dice, tirando de mi brazo.

—¿Q-qué? —exclamo mientras un hombre enorme me arrastra por la sala—. ¡Beck! ¿Adónde vamos?

—A un lugar donde puedas dejar de fingir que no te duele nada.

Me coge la mano y me arrastra entre la multitud hacia el pasillo de servicio que hay detrás del salón de baile.